CARLA SIMÓN: “MI NECESIDAD DE HACER CINE SURGIÓ DE LAS HISTORIAS TAN INTENSAS DE MI FAMILIA”

Carla Simón

Estiu 1993, ópera prima de la catalana Carla Simón, se estrenó la pasada Berlinale sin mucho ruido, en la sección Generation, destinada a las películas con temática infantil o juvenil, y en principio dirigidas a ese público. Se reveló para todos los que pudimos asistir al primer pase, como otras en secciones paralelas, de una relevancia que la destinaba al juicio de estos primeros espectadores a un espacio de más visibilidad. Al final la jugada salió bien al equipo. El filme sale reforzado del certamen alemán tras llevarse el premio de su categoría y ser reconocido además como el mejor debut de esta edición. Viajará en breve a Málaga, y en la primavera tendrá su estreno en salas españolas.

Estiu 1993 cuenta la historia de Frida, una niña que se queda huérfana y debe mudarse con sus tíos de Barcelona a un pueblo de la Garrocha. Historia íntima de un duelo, en la línea de las historias personales que ya contara en cortometrajes como Lipstick (2013) y Las pequeñas cosas (2014), el primer largometraje de Simón huele mucho a los primeros trabajos de Erice, y destaca por dibujar con sutil intensidad el recorrido psicológico de la niña, dibujando un contexto que se muestra casi tan importante como su contenido. En Berlinale pudimos mantener una breve conversación con ella, que esperamos pueda ampliarse en el futuro próximo.

¿Por qué precisamente el verano del 93?

Para mí era muy importante que fuese ese verano porque la película cuenta mi historia y ese fue mi primer verano con mi nueva familia. Como retrato de infancia, era muy importante capturar esa época y generación. Los personajes se sienten muy de ésta, tanto los padres de Frida como la propia niña o los abuelos.

¿Cómo fue el proceso de selección para la protagonista Frida hasta dar con Laia Artigas?

Muy largo. Nos llevó alrededor de cinco meses, y la directora de casting, Mireia Juárez, entrevistó a un total de mil niños para los protagonistas. En una primera ronda yo no acababa de estar cómoda. Era consciente de que estábamos buscando algo muy difícil, una niña que me representara a mí, no tanto físicamente pero sí en esencia. Yo no lo veía claro y seguimos buscando. Laia fue la penúltima niña que vimos.

Para mí era muy importante que fuese urbana y de la zona de Barcelona para marcar la diferencia de acento entre una chica de ciudad y otra de la Garrocha, donde se habla muy cerrado. También quería que no estuviese acostumbrada al campo. Por eso el casting fue en Barcelona y alrededores y sobre todo en escuelas. No buscábamos a niñas de agencias con experiencia, sino que se pareciesen a los personajes que había escrito porque así ya tienes un poco de trabajo hecho.

La película estudia el ámbito de las relaciones familiares, que es algo que ya estaba presente en tus cortometrajes previos. ¿Es algo en lo que deseas centrarte?

Sí, tengo la suerte de tener una familia muy grande, con muchas historias dentro. Creo que mi necesidad de hacer cine surgió de sus vivencias tan intensas. También está el hecho de que, al haber estudiado en Londres, allí te encuentras rodeado de gente de todas partes y piensas: “¿qué me hace particular?” También echas de menos tu casa, así que me di cuenta de que me interesaba hablar de lo cercano, lo que conozco y es importante para mí, como mi familia.

El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) es una de las referencias que pareces tener en cuenta en varias escenas. No sé si hay otras.

La primera vez que vi El espíritu de la colmena fue en una pantalla pequeña de ordenador y fue un descubrimiento absoluto. Desde entonces la he visto muchas veces y tanto esta como Cría cuervos (Carlos Saura, 1976) las he tenido muy presentes, no tanto por la narrativa sino por cómo tratan el contexto. Creo que lo hacen de una manera muy sutil, está ahí detrás sin ser muy evidente, pero es fundamental, y eso me parece muy bonito. También me gusta mucho Lucrecia Martel porque creo que tiene esta misma forma muy sutil de contar las cosas, que interactúa mucho con el espectador. Hay que estar muy atenta para entender bien la película, el espectador tiene que rellenar la trama.

Aquí pasa un poco lo mismo con un nudo de trama que tiene que ver con tu historia personal y que está muy ligado a los noventa. Se trata de una posible dolencia de Frida, que dificulta aun más su integración. Realmente no sé cómo hacerte esta pregunta sin echar a perder la experiencia para un espectador que no la haya visto, así que me centraré en otro aspecto no explicitado, pero también muy presente en la cinta. Es un filme de mujeres, son las activas y las que salvan las situaciones. Es como si el hombre, el supuesto nuevo padre de Frida, que es quien curiosamente tiene los vínculos sanguíneos con ella, no estuviese presente, mientras su pareja se lleva toda la carga.

Yo siempre digo que me siento más cómoda escribiendo sobre personajes femeninos y me sale de forma natural al pensar los guiones. Al final acaban siendo más complejos. Pero en este caso concreto sí que quise que el padre estuviese más ausente por dos motivos. El primero es la dinámica que hay en casa, cómo se establecen las cargas familiares, digamos, y él está fuera mucho tiempo. Por otro lado, Frida ha perdido a una madre, y al padre ya lo perdió hace tiempo; por lo que tiene lógica que deba establecer una relación con esta nueva madre, y que ese conflicto esté más presente en la película.

Y ten en cuenta que el padre está también viviendo su propio duelo sin mostrarlo, porque la película adopta el punto de vista de la niña, pero él también ha perdido a una hermana. El duelo de los adultos no se enseña mucho, pero es precisamente por su ausencia que podemos percibir que existe.

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FOTO: Agustí Argelich

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