COLOSSAL, de Nacho Vigalondo

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Producida en el 2016, Colossal (Nacho Vigalondo) tardó un año en conseguir distribución en España a pesar de los más de 3 millones de dólares recaudados en Estados Unidos y de contar con una estrella de la talla de Anne Hathaway entre el elenco. La historia, que combina romance y trazos que recuerdan a películas de la saga Godzilla, esconde en su interior una realidade monstruosa y dura que es preciso digerir y analizar.

Cuando Gloria rompe con su novio, volver al hogar de su infancia parece la mejor opción para distanciarse de los excesos de la noche neoyorquina que causaron todo ésto. Esta vuelta a los orígenes hace que se reencuentre con Oscar, un amigo de la escuela que no veía desde hacía años. Los dos conectan de forma inmediata y comienzan una amistad que lleva de nuevo a Gloria a las largas noches alcohólicas.

Una mañana de resaca, Gloria se reconoce en el televisor convertida en monstruo-árbol aterrorizando a la ciudad de Seul. El monstruo, metáfora de la vida de excesos de Gloria, obliga a que la protagonistas cambie su estilo de vida y tome responsabilidades. Además, los astros parecen alinearse cuando Oscar, el único que parece conectar con Gloria, aparece también convertido en monstruo (en este caso monstruo-robot) en Seul.

Cuando, más tarde, Gloria se acuesta con uno de sus nuevos amigos de fiestas (Joel) y no con Oscar, nuestro cerebro cargado de clichés nos grita: “otra historia en la que ella no se da cuenta de que su verdadero amor es su amigo de la infancia y no este otro”. Nada más lejos de la realidad.

Este ‘polvo de una noche’ provoca que Oscar muestre su verdadero rostro: el de un hombre controlador, acosador y absolutamente tóxico. La película nos golpea con el estereotipo del príncipe azul y nos enseña la realidad que vemos una y otra y otra vez (hasta 48 veces según el Ministerio de Sanidad). Lo que parece un giro de la trama sorprendente resulta no serlo si uno revisa las pistas esparcidas por la película: el hecho de que Oscar la haya buscado por internet, la decisión de llevarle los muebles a su casa por sorpresa, la necesidad de que ella se divierta solo con el… De nuevo, como en la vida real, todo estaba ahí, a la vista: y nadie lo vio.

Colossal apunta a las dos partes del problema: a los verdugos, pero también a los que miran y callan. En la secuencia de la pelea entre Gloria y Oscar (que se replica en Seul con sus avatares monstruosos), Joel asiste a los abusos pendiente de las consecuencias de la lucha en Seul a través de la pantalla de su tablet en lugar de intervenir. Vigalondo, de nuevo, como ya hizo en 7:35 de la mañana (2003), critica a una sociedad que solo se lamenta a posteriori, que no interviene ante situaciones donde el sentido común parece una ‘rara avis’.

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A pesar de todo esto, la película tropieza en la escasa, por no decir ninguna, importancia que se le da a las víctimas de estos monstruos. Los surcoreanos son aquí mero atrezzo para la lucha que está teniendo lugar a miles de kilómetros. Con todo, me niego a pensar que este error es algo premeditado y me inclino a creer que la elección de la ciudad de Seul como escenario de las apariciones de estos monstruos es, en primer lugar, un homenaje de Vigalondo a las ‘kaiju movies’ de su infancia y adolescencia y, en segundo lugar, una forma de mostrar que las acciones tienen consecuencias globales: lo personal es político.

La acogida de la película fue, en general, muy positiva. Fueron muchos los halagos a Vigalondo por incluír en su película una trama que tratase la violencia de género y el machismo, algo que le hizo ganar el apelativo de empoderador y fue llamado por muchas críticas ‘la película que ningún gran estudio haría’. Pero, también fueron algunas las voces, masculinas, que sorpresa, que calificaron la película como ‘lagarto del tres al cuarto’ o que, directamente, dijeron que los personajes de la película “no les importan”. Quizá la existencia de estas voces, ignorantes y peligrosas al banalizar una película que abre un debate muy necesario, estas voces más propias de una etapa de rebeldía adolescente que la de la profesionalidad que la crítica de cine merece, son las que justifican por si solas la película. Más allá de la película en sí, de su calidad o del gusto personal de cada uno respecto a ella, no encontrar en Colossal una lectura crítica y un punto de partida para reflexionar sobre nosotros mismos es un error de “tres al cuarto”.

Finalmente, y por volver a las virtudes de la película de Vigalondo, es necesario señalar el excelente trabajo interpretativo de Anne Hathaway y Jason Sudeikis. Dos intérpretes que cargaban con las etiquetas de otras películas anteriores y que, gracias a su excepcional trabajo, consiguen ampliar su horizonte más alá de aquel más estereotípico de las comedias más tradicionales.

La gran bondad que tiene Colossal es que sobrevive al primer visionado y queda en la memoria. El monstruo que copa los pósters y los trailers funciona como gancho y como hilo narrativo para hacer una película que dibuja una sociedad sexista, totalmente absorta en una dinámica de memes, ‘favs’ y ‘likes’ que parece estar estancada, detenida frente al futuro con el móvil en la mano grabando. Colossal funciona como película no solo por su buena factura y originalidad, sino por su capacidad para generar un debate, una conversación, posterior al visionado sobre un tema del que no se habla nunca lo suficiente.

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