CURTAS 2016: POLÍTICAS DE REPRESENTACIÓN

 

'From the Diary of a Wedding Photographer', premio principal en Curtas 2016.

‘From the Diary of a Wedding Photographer’, premio principal en Curtas 2016.

Como cada año, el Curtas Vila do Conde estrenó en Portugal una variada selección de filmes de baja duración, que recogen todas las tendencias del cine contemporáneo más audaz. Ante tal reto, construir una competencia internacional diversa y coherente no es una tarea sencilla, pero una vez más, lo han logrado. Y lo han hecho alrededor de una pregunta que parecía quedar suspendida en todas las sesiones, con filmes que dirigían al público una cuestión: ¿cómo representar? Puede parecer ridículo o naif que el cine pregunte esto a estas alturas, pero es precisamente por la larga tradición que tiene ya detrás, que puede cuestionar la idoneidad de los códigos cinematográficos establecidos. Toda una serie de películas en Vila do Conde buscaron formas alternativas a la representación tradicional, haciendo partícipes a los espectadores del juego formal que llevaban a cabo.

Es por eso que From the Diary of a Wedding Photographer (Nadav Lapid, 2016) supone un premio muy representativo de esta lectura que hemos querido hacer de un festival tan multifacético. La nueva obra del israelí sigue a un profesional de los vídeos de boda, área en la que ha trabajado, en una jornada de trabajo cualquiera. Al mostrar a diversas parejas posando ante su cámara, funcionando el montaje del filme por acumulación de trabajos – aunque todos podrían tener lugar en la misma jornada – Lapid esta preguntándose sobre la singularidad de un evento supuestamente único, y cómo éste viene siendo representado en el cine casero. ¿Qué son si no los vídeos de boda? Y, en efecto, constata cómo estas celebraciones son una puesta en escena, dirigida por un realizador alter ego de él que afronta con cinismo y piloto automático las representaciones más rancias y kitsch del amor romántico. Admitámoslo, somos unos horteras y, por mucho que intentemos huir en nuestros propios casamientos de la reproducción de las imágenes más rancias y tradicionales – los que lo intentan, es lícito no hacerlo – cuando estás dentro, acabas por caer preso de las cadenas del rito, de la tradición. Todo se ejecuta para no molestar a nadie, y todo el mundo se siente molesto, porque no hay nada más artificial que un vídeo de bodas.

También con cachondeo y esperpento afronta el canario David Pantaleón su última obra Fiesta de pijamas (2015). Una azotea con personas que bailan enmascaradas. ¿Qué representan las caretas? Son todos políticos de la escena española, de la Transición a esta parte. El realizador divide el filme en sencillos planos alegóricos que simbolizan cada una de las legislaturas por las que ha pasado España. Finalmente, se vive una inmolación colectiva en edificios representativos del ejercicio de poder del Estado. Idea sencilla y socarrona, universal, que ejecuta el hartazgo generalizado en Occidente contra la clase política con humor y la extrañeza habitual de un filme de Pantaleón.

También por el humor tira Dustin Guy Defa en Dramatic Relantionships (2016), un conjunto de cortas conversaciones del director con actrices que está dirigiendo, en los que serían los descartes, o momentos que se quedan fuera y antes del rodaje tradicional, y que él filma en este caso, dejando al descubierto ciertas manías del cinema indie al que representa y ríendose de sí mismo. El dispositivo actúa mediante las conversaciones y los gestos de las intérpretes, que muchas veces se preparan para quedar más sexis ante las cámaras, y desde luego en una estilización casi impúdica de las mujeres que posan ante la cámara. Otras películas exploran esta vía, quizás con un discurso más elaborado, porque Guy Defa privilegia ante todo la ligereza, la abraza digamos, para adherirse a unas poses que critica, dentro del cine que le interesa realizar.

Zia Anger va por el mismo camino en My Last Film (2015), en la que compone un díptico en torno a los manierismos del cine indie de Hollywood. El atrofiado modelo Sundance es el objetivo de los dardos de Anger, que pone a andar a dos mujeres por una calle de Los Ángeles – un verdadero no lugar – en un sencillo travelling, hablando de cuestiones intrascendentes como si pareciesen Platón y Aristóteles discutiendo sobre el mundo de las ideas. Lo que hay es un gran vacío de forma, con una puesta en escena anquilosada, en la que se nota el dolley en cada movimiento, y unas actrices que lo hacen intencionadamente muy mal. El espectador se siente reconfortado cuando una de ellas es atropellada salvajemente – dos veces – por un tipo que iba despistado al volante. La necesidad del impacto final. ¡Cuántos cortos así debemos sufrir, y no solo americanos! La broma es tan sofisticada que, si no fuese por la segunda parte, creeríamos que se trata de otro petardazo más salido de la productora gilipendiente de turno. Pero no, un travelling con una deprimente voz en off que llega hasta una actriz acabada – genial Rosanna Arquette – en una gran mansión de la ciudad nos sumerge directamente en el terreno de la ciencia-ficción. Un robotcámara filma una autopelícula de la actriz, con un look de vídeo promocional de Vimeo muy identificable, y sube la pieza a internet justo al terminar de filmarla, sin edición. El último plano, una Arquette que, tras hablar de lo jodido que es trabajar en Hollywood y tirar algún reproche a las jóvenes que le vienen quitando el trabajo, se vuela la tapa de los sesos. Como si de una Norma Desmond postmoderna se tratara, hace historia en su última aparición ante las cámaras. ¡Y a qué precio!

Mediante estos dos travellings tan distintos – uno tosco y mal ejecutado, otro milimétrico y estilizado – y ligados a dos géneros tan identificables como la comedia indie y la ciencia-ficción de toque autoral hollywoodiana – la segunda parte podría tratarse de una pieza corta de Andrew Niccol – My Last Film está poniendo sobre la mesa una cuestión muy importante: cómo ha evolucionado la estética del cine indie yanqui, en sus diversos formatos, y cómo se consume. Cuál es la relación del público con ésta. Pensemos que el plano de Arquette, rizando el rizo, se trata de una técnica de POV (Point of View, en esencia, plano en primera persona) que las industrias del videojuego y el porno vienen utilizando con milimétrica precisión y nitidez en los últimos años. ¿No resulta esta imagen también un poco pornográfica, en el sentido en que lo son muchas noticias?

Pero la película de la competición que mejor expresó esto, de un modo explícito, fue Our Legacy (Jonathan Vinel, Caroline Poggi, 2015). Antiguos conocidos de Vila do Conde, que ya presentaron en el festival su primera obra juntos, Tant qu’il nous restent des fousils à pompe (2014), el dúo galo parece estar interesándose por las dinámicas que mueven a ciertos colectivos jóvenes en el rural francés, en contextos de aislamiento en urbanizaciones que parecen fotocopias las unas de las otras. En esta nueva pieza, se mueven en un terreno más abstracto que en la anterior, al entrar directamente en el terreno del vídeo-arte, que ejecuta el tramo central del filme, el más pertinente en relación con la película de Anger. El argumento es muy sencillo. Un chico joven está solo en una gran casa, e invita a una chica a pasar con él el tempo; parece que de pausa estival. El desenlace del primer acto no es complicado de prever, pero frente a las representaciones más comedidas de este tipo de cine, lo que vemos es un coito de clara naturaleza pornográfica, en el medio de un filme de ficción de gran excelencia técnica. Esa escena es puro cinema, ¿pero no es porno también? Quizás Vinel y Poggi hayan dado con el cruce perfecto.

El caso es que el chico entra en la casa cuando la chica se marcha, y ahí descubrimos que ciertos aspectos del coito previamente visto, gestos que realiza, están marcados por la exposición continua al porno que ha tenido durante su vida, al descubrir que el padre era aficionado y lleva subiendo vídeos en la rede desde los 90. Y, en efecto, son vídeos con la técnica del POV, en la que el cuerpo masculino está prácticamente eludido, excepto por la naturaleza fálica del asunto, sin la que no puede haber masturbación (bueno, para gustos colores, tampoco nos vamos a poner moralistas). El caso es que la película, como si de un filme de apropiación se tratara (y eso es, los vídeos son reales y están sacados de internet, todos de un mismo aficionado) acaba por realizar un análisis muy completa sobre la puesta en escena en este tipo de porno.

Una tercera parte estaría más en la línea de un cine de autor francés más manierista e intelectualizado, con Yann González como el ejemplo actual más claro en esta vía. Llama la atención cómo la chica es percibida como una suerte de Juana de Arco moderna que ayuda a la redención amorosa del chico, pasando de objeto a sujeto activo en el desarrollo del filme. Por alguna razón, una película tan juguetona como Dreamland (Sara Dunlop, 2016) presentaba una situación similar, y lo último de Bertrand Mandico, Any Virgin Left Alive? (2016), trataba directamente el tema, haciendo una representación de Juana de Arco como una suerte de harpía mítica, destinada a vagar por espacios oníricos que casi parecían representación de una tienda de los horrores de un misticismo francés, obsesionado con el tema. ¿Recordáis esa peli japonesa titulada Pastoral: To Die in the Country (Shuji Terayama, 1974)? Ponedla junto a un fotograma de la de Mandico, y veréis qué efecto causa. Un poco pedante y kitsch puede que sea este filme, pero desde luego debe reconocérsele una singularidad tremenda a la hora de trasladar este mito galo a la pantalla (ya sé que estáis pensando en Luc Besson, malvados, pero no voy por ahí).

Atención al tratamiento cromático de 'Any Virgins Left Alive?'...

Atención al tratamiento cromático de ‘Any Virgins Left Alive?’…

... y al de 'Pastoral', de 1974.

… y al de ‘Pastoral’, de 1974.

Y siguiendo en esta línea de representaciones que piensan la representación, tendríamos unos cauntos filmes. Son tantos, que intentaré ser muy sintético. Painting With History in a Room Filled With People With Funny Names 3 (Korakrit Arunanondchai, 2015) mezcla técnicas de videoclip con cámaras en drones, complicados planos aéreos y una espiritualidad a lo Weerasethakul para ligar control religioso y político – o eso nos ha parecido intuir – en un filme que entra por los ojos y deja al espectador con muchas preguntas. De esos que hay que ver más de una vez, pero en los que se aprecia una gran fuerza creativa.

Münster (Martin Le Chevallier, 2016) usa dos formatos de tipo cuadrado, uno en blanco y negro, otro en color, para hablar de la insurrección de una secta religiosa en la Alemania de inicios del XVI. El primer formato se usase para el interior, imitando la estética de filmes religiosos de los inicios como La pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dreyer, 1928); mientras que en el segundo entramos en terreno postmoderno, con unha lectura externa de personajes históricos sacados de contexto, que interpretan lo que pasó allí dentro con dialéctica de un hombre del siglo XXI. En este sentido, Le Chevallier parece querer pegarse a la estela del Albert Serra de La mort de Louis XVI (2016), al Luis Miñarro de Stella Cadente (2014) o de su compatriota Andy Guérif en Maesta, la passion du Christ (2015). No sé si será una cuestión cultural, pero desde la mofa, los españoles parecen más respetuosos que los franceses con las creencias religiosas. Cuestiones del laicismo, supongo.

Seguimos con Les voisins (Benjamin Hameury, 2015), que su director definió como un intento. No explicó de qué, pero se ve que está jugando cos encuadres y el montaje para privilegiar el fuera de campo en una historia de género sobre un ataque de un reo huido a un barrio, en el que el peligro real nunca llega a ser representado. ¿Existe, o es una invención paranoica de la comunidad? Por la filmación a lo gonzo de este chico y un tipo de humor muy estúpido, tanto el modelo de producción como la estética y el tono nos remiten directamente al universo creativo del trío Juan Cavestany, Julian Génisson y Pablo Hernando. Poned al galo junto a los españoles, y jugad con otros amigos cinéfilos a ver quién es el más dotado. A parte del prota de Our Legacy, yo ya tengo candidato, pero me lo voy a guardar.

Y ya para acabar, dos piezas que merecen una mención aparte: Crystal Lake (Jennifer Reeder, 2016) y I Was a Winner (Jonas Odell, 2016). De la primera autora ya hemos hablado aquí en diversas ocasiones, pues su cine de adolescentes desplazadas y luchadoras siempre nos ha atraído mucho, desde que la descubrimos hace un par de años. En este tiempo ha hecho tres cortos, uno por temporada, cada uno más canalla y ambicioso que el anterior. En este caso, es capaz de expresar el luto de una chica musulmana que usa velo – pero habla como cualquier adolescente yanqui de una sitcom genérica, ojo – que además es aficionada a música cañera y lectora atenta de Angela Davies. La coña es que además patina, y es la reina de las pistas en el parque local, donde una banda feminista de adolescentes no deja entrar a ningún niño. Cogiendo el modelo de filmes independientes de adolescentes desenfadados como Kids (Larry Clark, 1995) y cruzándolo con la comedia de machos nerds a la American Pie (Paul Weitz, Chris Weitz, 1999), con unas gotas del subgénero de bandas marcado por The Warriors (Walter Hill, 1979); Reeder es capaz de crear un energético alegato feminista adolescente que juega con toda una tradición cinematográfica que siempre ha sido más bien terreno de hombres heterosexuales. En esas anda, y con cada película parece ir más lejos.

I Was a Winner, por su parte, muestra las entrevistas a tres ludópatas enganchados a juegos de rol online. Pero su cara real no está representada, sino la de tres avatares que son utilizados en un mundo virtual para dirigirse a los espectadores, rompiendo la cuarta pared. Odell crea un diván virtual para sus tres entrevistados, y ejecuta una sesión de psicoanálisis ante el público. Hace que nos lo cuenten a nosotros, espectadores ante una pantalla virtual, detrás de la que se esconden tres personas con el alma dañada. Estos juegos, coma el porno, están muy presentes en nuestras vidas cada vez que entramos en internet. Que los realizadores contemporáneos se pregunten sobre estas representaciones, entre otras, y las trasladen a la pantalla, crea posibilidades intermedia muy interesantes que Vila do Conde ha sabido explorar bien este año.

'Notes From Sometime, Later, Maybe', premiado mejor documental.

‘Notes From Sometime, Later, Maybe’, premiado mejor documental.

Coda: buen cine de apropiación y algo más

Antes de despedirnos, no podemos dejar de mencionar otras vías que se abrieron en la sección oficial. Por ejemplo, que Notes From Sometime, Later, Maybe (Roger Gómez, Dani Resines, 2015) ganase el premio de mejor documental vuelve a decir mucho de un jurado que supo leer la competición (cosa que, como programador, siempre me parece necesaria y de respeto cuando a uno le toca estar del otro lado). Lo digo porque el cinema de apropiación, o por lo menos aquel que jugaba con la recuperación de ciertos archivos, fue el más interesante de la no ficción presentada; y este filme es una buena muestra de eso. Filmado en Dakota do Sur en 16mm, se trata de una serie de retratos con declaraciones sobre el pasado de una serie de paisanos del lugar. ¿Qué es lo que analizan en el pretérito? Pues comentan las viejas películas de un aficionado que tenía por hobby filmar a toda la gente del lugar y proyectar sus rostros públicamente. El resultado es todo un archivo de la memoria de este pueblo norteamericano, que los ancianos comentan, antes de que los rostros retratados en esos años se queden sin nombre y memoria. El trabajo de Gómez y Resines, entre lo artístico y lo patrimonial, tiene un valor incalculable sobre todo en este último sentido. Esperamos que el premio les permita seguir registrando más testimonios y ampliando su investigación, como pretenden hacer según anuncian en el corto.

Otro curto importante de esta vía es Horses of a Cavalry Captain (Clemens von Wedemeyer, 2016), con impresionante material de los nazis recuperado por el cineasta – unos rollos que pertenecían al abuelo – y que se ordenan de forma cronológica, muy sencilla, para componer una metáfora sobre los valores hitlerianos y el devenir de la guerra a través de los animales.

En una línea más lúdica, Once Upon a Time in the USSR (Mikhail Zheleznikov, 2015) recupera antiguos filmes soviéticos de ciencia-ficción sobre ataques monstruosos a la Tierra como puro ejercicio de entretenimiento; mientras que Retrospectiva (Salla Tykkä, 2016) y Abigail (Isabel Penoni, Valentina Homem, 2016) usan objetos antiguos y metraje encontrado respectivamente, y parcialmente, para a través de ellos componer el retrato de dos mujeres singulares.

En el documental, pero ya fuera de esta línea, dos nombres propios como Ben Rivers con There is a Happy Land Further Awaay (2015) y Deborah Stratman con The Illinois Parables (2016). El británico sigue dando vueltas a formas novedosas de hacer cine etnográfico integrando a los sujetos filmados y componiendo espacios míticos allá donde va, abriendo nuevas vías para el fantástico desde la no ficción. Es algo que tiene en común con los inicios de lo último de Stratman, un filme mucho más complejo que estudia toda la historia de Illinois desde sus primeros pobladores hasta los últimos siguiendo una serie de once eventos significativos ligados a lugares muy precisos del estado. Una cartografía geográfica y humana que funciona como un ensayo histórico de fuerte contenido poético.

El cine fantástico también tuvo su buena dosis, con los últimos trabajos de François Jaros y Konstantina Kotzamani brillando desde su reciente estreno en Cannes, donde ya hablamos de ellos; y sumándose el estreno internacional de Valeria (Erin Vassilopoulos, 2016). En este trabajo, la neoyorkina lleva su puesta en escena a otro nivel, privilegiando el fuera de campo como herramienta de creación de suspense metafísico, al estilo de la muy laureada It Follows (David Robert Mitchell, 2015), pero con la mente más puesta en The Shining (Stanley Kubrick, 1980).

Por lo demás, ficciones de gran factura y la dosis de animaciones de cada año, apartado en el que ganó el gallego Alberto Vázquez con Decorado (2016), un filme que vuelve a hacer uso de animales antropomórficos malhablados para reflexionar sobre las pulsiones humanas.

Non hai artigos relacionados.

Share SHARE

Comments

comments

Deixa o teu comentario