DETROIT, de Kathryn Bigelow

Siempre he tenido una cierta admiración hacia los directores que, dentro de la industria, consiguen recortarse un espacio autoral esquivando los clichés del cine más comercial. En la actualidad, Kathryn Bigelow es quizás una de las mejores exponentes de ese grupo. Además, es una de las pocas mujeres cineastas reconocidas dentro de la industria estadounidense contemporánea. Es una No-(Wo)Man’s Land[1]. De hecho, fue la primera mujer, a las alturas del año 2010, en recibir un premio Óscar como directora.

De su filmografía cabe destacar la postmoderna Strange Days (1995), la bélica The Hurt Locker (2008), el drama sobre el terrorismo Zero Dark Thirty (2012) y, por supuesto esta última Detroit (2017), su décima película, que nos lleva atrás en el tiempo, hasta los disturbios raciales que sacudieron la ciudad en el 1968.

DETROIT 2

El cine de Bigelow nos acostumbró a percibir que los espacios cerrados no son por definición los más seguros. Todo lo contrario. Son el rascacielos sin salida, el gueto, la prisión, el tanque… sitios claustrofóbicos, sofocantes, celdas en el medio de un desierto, edificios sobrepoblados y conflictivos en el medio de la gran metrópoli. También en las habitaciones privadas o en las comisarías se pueden llegar a cometer las peores atrocidades. En Detroit esta ambivalencia entre fuera/dentro, público/privado, inseguro/seguro, se hace aún más evidente. Cuando en la ciudad de Detroit explotan las tensiones, la rabia desborda y caen todas las fronteras. Hasta un teatro, escenario de un concierto soul, puede convertirse en tierra hostil. Ya al principio de la película, Bigelow nos pone en esa situación de precariedad con la secuencia del soldado afroamericano que ha vuelto de Vietnam. Hay la ilusión de haber dejado los conflictos a miles de kilómetros de distancia, ahora el marine puede celebrar la vuelta en una fiesta privada en el piso de un amigo a resguardo de las bombas y de los tiroteos. Lejos de las barbaridades y de las injusticias. Pero solo en apariencia. En realidad la guerra sigue viva. Más oculta, subterránea y paradójica que en Vietnam. Porque está adentro de un espacio, supuestamente, de confort: es la guerra que tu país está haciendo contra ti.

El film juega con la tensión, in crescendo, con el avanzar del metraje la acción se vuelve más cruda y los fotogramas más sucios. La cámara se mueve frenética, nerviosa, entre las calles destrozadas. Otra vez la guerra hace de trasfondo -los fuegos de Apocalypse Now (1979) llegaron hasta Detroit-. Así que el film se balancea entre el cine bélico y el docudrama pero consigue ser estético sin llegar a ser estetizante, quitando casi por completo la parte lúdica de los enfrentamientos. En esta representación eficaz del conflicto no podemos olvidar el trabajo del reparto técnico donde estuvieron presentes Harry Yoon y William Goldenberg, montadores en algunas películas de Michael Mann, el colorista Stephen Nakamura y sobre todo el director de fotografía Barry Ackroid, que trabajó con Ken Loach y Paul Greengrass, y anteriormente con Bigelow en The Hurt Locker.

Las secuencias más duras llegan después de una hora escasa de visionado. En el Motel Algiers, en el oasis más hippie y aparentemente al reparo del conflicto, irrumpe la violencia autorizada del estado, de la policía. El espacio de paz se convierte así en una prisión donde tiene lugar un interrogatorio atroz, sádico. La tortura que Bigelow nos enseñó en Siria o en la Guantánamo de Zero Dark Thirty, reaparece en Detroit. La violencia de la autoridad se expresa de su forma más violenta. Y nosotros, como espectadores, empezamos a vacilar en nuestra butaca, a sentirnos incómodos. Nos vemos obligados a ‘una mirada fija, frontal, prolongada e invertida por el peso insostenible  -humana antes que social y política- de hechos inenarrables’[2]. Pero esta secuencia terrorífica nos lleva a otra reflexión: la indiferencia, en realidad, es la forma más grave de violencia. Nuestra misma sensación de incomodidad, que nos hizo retorcer por un momento en la sala, con mucha probabilidad desaparecerá al volver al mundo exterior.

En este sentido Larry Reed, uno de los protagonistas de la película, se convierte en el personaje clave para entender las intenciones de la directora. Reed, primer cantante solista de The Dramatics, un grupo soul que llegó a ser conocido sobre todo en los primeros años Setenta, decide dejar la música después de haber vivido los acontecimientos de Detroit. Al contrario, los Dramatics –el nombre de la banda parece llevar el estigma de ese mismo drama– vuelven paradójicamente a la cotidianidad, aceptándola, hasta llegar al éxito. El crítico Diego Salgado afonda con precisión este tema: ‘Bigelow rubrica un alegato feroz, no contra el racismo como lacra autónoma, sino contra nuestra adaptación ignominiosa al capitalismo y, más en general, a las estructuras sociales de la existencia, que nos seducen a fin de que acabemos por estimar inevitable y hasta correcto erigirnos en víctimas y verdugos de nosotros mismos y quienes nos rodean’[3]. Larry entiende que después de haber participado en el juego de la muerte no puede volver a la realidad con ojos ingenuos o cínicos. Porque no se puede obviar la banalidad del mal.

Bigelow, adentro de ese sistema y de la industria, representa una anomalía feliz, comprometida. Su lucha es una guerrilla militante, sin miedo, contra la pasividad y el sometimiento[4]. Una mirada que, desde dentro, desde lo personal, es decir desde la autoralidad, se dirige al exterior desmontando la autoridad. La directora nos hace partícipes, nos atrapa con sus historias arañando nuestras conciencias.  En un panorama cinematográfico con demasiadas propuestas extremadamente narcisistas o exageradamente condescendientes, es un hecho artístico y moral que hay que valorar.

[1] LAUZEN, Martha M. (2011): <Kathryan Bigelow: On Her Own in No-(Wo)Man’s-Land>, en Camera Obscura, Volumen 26, Número 3 78, Durham, NC: Duke University Press, páginas 146-153.

[2] PAGLIARA, Arianna (2017): <Detroit>, en CineCriticaWeb, Sindacato Nazionale Critici Cinematografici Italiani, http://www.cinecriticaweb.it/film/detroit/

[3] SALGADO, Diego (2017): <Sola contra todos>, en Dirigido Por, Número 480, página 29.

[4] ‘Sé que el miedo no es una opción. Así que me siento obligada a hacer lo que pueda en respuesta. Y mi manera de hacerlo es usando el medio que tengo disponible y que domino, el cine. El arte no está destinado a ser decorativo’. PIÑA, Begoña (2017): <Kathryn Bigelow: “Para mí, no hacer nada contra el racismo no es una opción”>. Entrevista a K. Bigelow, en Público, http://www.publico.es/culturas/detroit-kathryn-bigelow-no-racismo-no-opcion.html

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