DOC LISBOA 2016 (II / III): RETRATOS Y CICATRICES

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Segunda parte de una crónica que comienza aquí

La huella del pasado en el presente del territorio, o la forma en la que el presente convive con la acumulación de pasados, sobre todo cuando estos han sido traumáticos, estaba en el origen de varias películas presentadas en la competición internacional, como Ismyrne (Joana Hadjithomas & Khalil Joreige, 2016), Atlante 1783 (Maria Giovanna Cicciari, 2016), The Sea is History (Louis Henderson, 2016) o Mata Atlântica (Nicolas Klotz & Elisabeth Perceval, 2016). Las tres primeras recurrían a imágenes precinematográficas –casi siempre dibujos o grabados– para repensar los desastres del pasado: el gran incendio que destruyó la ciudad de Esmirna en 1922, en el título homónimo; los terremotos que sacudieron la Calabria meridional a finales del Siglo XVIII, en Atlante 1783 –un tema tristemente de actualidad durante el festival, debido al nuevo terremoto en las Marcas y Umbria– o el comercio de esclavos intercontinental, en The Sea is History. En esta última película, Louis Henderson adapta con talento y fortuna el poema tocayo de Derek Walcott, encontrando imágenes insólitas que dialogan con las palabras del poeta. Su enfoque es explícitamente poscolonial, una elección que contrasta con la mirada geológica de Maria Giovanna Cicciari hacia el paisaje rural calabrés en Atlante 1783 o con la mirada mítica de Klotz y Perceval hacia el Parque Trianon de São Paulo en Mata Atlântica, último vestigio del gran bosque que cubría el litoral del sureste brasileño antes de la llegada de los europeos.

El trabajo Hadjithomas & Joreige, Ismyrne, fue probablemente el más complejo y ambicioso de este bloque, e incluso uno de los mejores vistos en el festival. En esta película, los cineastas intentan recuperar el pasado multicultural de la ciudad a través de los recuerdos familiares de la poeta y pintora libanesa Etel Adnan, así como los de la propia Hadjithomas, ambas libanesas de origen griego. Adnan y Hadjithomas se reúnen en la casa de la primera para reconstruir una ciudad que no conocen a través de mapas, fotografías, objetos antiguos y, sobre todo, a través de los relatos familiares mil y una veces repetidos. Su viaje es triple: primero inmóvil, sin salir de casa; después físico, con la visita de Hadjithomas a la actual Izmir; y por último cinematográfico, por su capacidad para retratar la ciudad desaparecida como un estado y un espacio mental. Ismyrne confirma así que la memoria histórica y la memoria personal están íntimamente unidas por el trabajo del luto, que a veces incluso permite cauterizar los traumas heredados. Las imágenes de los paseos de Hadjithomas por Izmir, intentando encontrar allí, con curiosidad y cariño, algún rastro de la huella de sus antepasados en la superficie urbana, combinan la belleza con la fascinación que siempre produce la irrupción de espacios intermitentes, aquellos espacios cinematográficos que representan simultáneamente las encarnaciones pasadas y presentes de un determinado lugar.

The Sea is History (Louis Henderson, 2016)

The Sea is History (Louis Henderson, 2016)

Ismyrne y The Sea is History tocaban también otro de los temas recurrentes de la competición: el diálogo entre distintas artes y artistas. Correspondências (Rita Azevedo Gomes, 2016), por ejemplo, propone una relectura de las cartas que intercambiaron entre 1957 y 1978 dos de los grandes poetas portugueses del Siglo XX: Sophia de Mello Breyner Andresen y Jorge de Sena. Rita Azevedo Gomes compone un collage performativo con distintos materiales y dispositivos de puesta en escena para dar nueva vida a sus palabras. La duración de la película –dos horas y media– desafía la paciencia y la atención del público, siempre en riesgo de decaer a lo largo del metraje, pero la fuerza de muchos pasajes consigue rescatar a los espectadores extraviados – y estoy pensando, en concreto, en la lectura del poema “Em Creta, com o Minotauro” en la voz del propio Jorge de Sena.

Un ami de Sibérie (Yuki Kawamura, 2016), por su parte, también gira alrededor del diálogo entre dos artistas: el documentalista japonés Yuki Kawamura y el único cineasta completamente ciego que existe ahora en el mundo, el exmilitar ruso Alexander Montov, autor del cortometraje Erasers (2014). Kawamura no habla ruso, y Montov apenas sabe decir alguna frase en inglés, así que la comunicación entre ellos es, por lo menos, tensa, tanto como el ambiente masculino, cerrado y violento en el que vive Montov. Para sorpresa de todos, no obstante, Un ami de Sibérie alcanza su sentido en las secuencias más lúdicas y reflexivas que dejan a la vista el artificio de la representación, como en los continuos insultos, más o menos velados, que el cineasta ciego lanza contra su colega japonés, aprovechándose de la barrera lingüística. Estas situaciones son incómodas, cierto, pero Kawamura sabe aprovechar su humor intrínseco, y a veces involuntario, para hacerlas mucho más llevaderas.

El diálogo interartístico se hace más teórico y político en THE BIRD AND US (Félix Rehm, 2016), un trabajo que recupera el debate que despertó la llegada de una escultura de Constantin Brâncuși a los Estados Unidos en 1926 (en concreto, la pieza ‘Pasărea în văzduh’), cuando el juez Byron Waite terminó legislando a favor de la naturaleza artística de aquellos objetos industriales, como la mencionada escultura, producidos como expresiones del arte moderno. El debutante Félix Rehm enfatiza en este corto la vigencia que aún mantienen las preguntas del Juez Waite, mientras que ilustra esta historia con imágenes de pájaros recuperadas de viejas películas en 16 milímetros en el estilo evocador de Jay Rosenblatt.

Un ami de Sibérie (Yuki Kawamura, 2016)

Un ami de Sibérie (Yuki Kawamura, 2016)

La tendencia hacia el retrato de Correspondências y Un ami de Sibérie entronca en Sol Negro (Laura Huertas Millán, 2016) con la atención a los traumas familiares que ya presentaba Ismyrne. En este mediometraje, la cineasta colombiana describe mediante una serie de notas aparentemente dispersas la vida de dos hermanas separadas –su madre y su tía– que se reunirán al final para compartir un ajiaco y varias confidencias. La inteligencia de la película, merecedora de una mención de honor en el palmarés del festival, radica en la habilidad con la que la directora dosifica la información que le va dando al público, para que así la última secuencia pueda desplegar toda su fuerza catárquica.

El otro retrato familiar presente en la competición, 95 and 6 to Go (Kimi Takesue, 2016), prefirió, por el contrario, mantener un tono más cotidiano y menos dramático. En este caso, su directora filma la relación con su abuelo en sus últimos años de vida, tras la muerte de su abuela, aprovechando las horas de las comidas para revelarnos su intimidad. El personaje es un viejo carismático y cascarrabias que recuerda, por momentos, al padre de Alan Berliner en Nobody’s Business (1998), una filiación a la que contribuye la esgrima verbal que abuelo y nieta mantienen durante todo el metraje. La sensibilidad de Kimi Takesue permite asomarse sin perjuicios a las contradicciones internas de su abuelo, un hombre de extraordinaria vitalidad que se aferra a una existencia que se intuye triste, gris y vulgar. La película, por suerte, se contagia del optimismo de su protagonista, y redime sus miserias a través del humor, en una valiente celebración de la vida a las puertas de la misma muerte. La Siesta del Tigre (Maximiliano Schonfeld, 2016), a su vez, comparte con 95 and 6 to Go la mirada burlona y afectuosa hacia sus personajes: un equipo de ancianos argentinos, capitaneados por un paleontólogo jubilado, en busca de los restos fósiles de un tigre dientes de sable. Maximiliano Schonfeld filma su faena con cariño, dándole a este documental un tono demorado y no exento de suspense, que avanza por la delgada línea que separa la posibilidad del hallazgo de la posibilidad de la muerte.

95 and 6 to Go (Kimi Takesue, 2016)

95 and 6 to Go (Kimi Takesue, 2016)

El carácter lúdico y el afán de trascendencia de estos retratos empáticos y vitalistas de la senectud contrasta con la pobreza discursiva y la falta de interés de las películas dedicadas a la juventud, como あるみち (A Road, Daichi Sugimoto, 2015) o A Noi ci dicono (Ludovica Tortora de Falco, 2016). Sólo أخطبوط (Azayz, Ilias El Faris, 2015), un cortometraje marroquí filmada en Súper 8 que ganó el Premio de la Sociedad Portuguesa de Autores, consiguió evitar el aburrimiento y la indiferencia con un relato clásico de iniciación que trascendía sus modelos. Su sinopsis es muy sencilla –Abdalá, un niño de seis años, pasea por una playa marroquí tomada por turistas y surfistas extranjeros, encuentra a varios hombres misteriosos, y termina cazando un pulpo– pero sus imágenes tienen la virtud de estar filmadas con pocos recursos y mucha inventiva, tanta como para conseguir lo más importante en el cine: tener ritmo, transmitir ideas y provocar emociones. La elección del Súper 8 como soporte, en este sentido, ha jugado sin duda a su favor.

La aventura y los descubrimientos de Abdalá no dejan de ser otro desplazamiento, un primer paso en el largo camino hacia madurez; una mutación, a fin de cuentas, como señala el mapa conceptual del programa. Podemos seguir tirando de este hilo y encontraremos muchos ovillos: el abismo interior, la memoria del territorio, el diálogo entre artes y artistas, los retratos familiares o el elogio de la senectud. Este ha sido sin duda el mayor triunfo de la nueva edición del Doc Lisboa: conseguir que un mismo hilo conductor, tan oportuno como necesario, atraviese toda su programación.

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