12 YEARS A SLAVE, de Steve McQueen

A lo largo de su historia, el cine norteamericano ha manifestado en diversas ocasiones su interés sobre la barbarie y efectos de la esclavitud en Estados Unidos. Sin ir más lejos, este año hemos asistido al estreno de dos películas que, de forma diametralmente opuesta, abordaban la cuestión: Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012) y Lincoln (Steven Spielberg, 2012). Ahora viene a sumarse a este listado la última película del cineasta británico Steve McQueen –autor de las excelentes Hunger (2008) y Shame (2011).

La gran diferencia de ésta con respecto a sus predecesoras es el cambio del punto de vista; tradicionalmente la esclavitud negra en el país se había enfocado desde la perspectiva del encadenado que lucha por alcanzar un estatus de liberto que le ha sido negado durante toda su vida, o bien desde la visión del hombre blanco que decide poner fin a tan atroces prácticas. Sin embargo, McQueen rompe las reglas del juego para reconstruir parte de la vida de un hombre libre que es engañado, vendido como esclavo. Para hacerlo, el director se basa en hechos reales; concretamente en las memorias de Solomon Northup, Twelve Years a Slave, que dan nombre al largometraje.

No cabe duda de que se trata de un proyecto personal de McQueen y del guionista John Ridley, ambos de raza negra, que aúnan fuerzas para llevar a la pantalla esta odisea. Ridley ya había denunciado el trato a grupos afroamericanos en el malogrado drama bélico Red Tails (Anthony Hemingway, 2012), mientras que McQueen sólo lo había hecho en sus instalaciones fílmicas. Siendo así resulta curioso que, por primera vez, el director no aparece como co-autor del texto que dirige.

Los rincones oscuros del alma humana

Indiscutiblemente en 12 Years a Slave encontramos las principales claves del cine de Steve McQueen, que el británico analiza de forma cruda siempre desde un mismo punto de partida: la carencia de la libertad. Sus personajes no tienen el derecho de moverse libremente, vienen marcados por una serie de condicionantes externos e internos que les obligan a moverse en un ámbito violento y opresivo. No debemos olvidar que las propuestas cinematográficas de McQueen están concebidas como auténticos cuentos de terror, pero no ese terror artificial de fantasmas salidos del imaginario popular, sino aquel más letal, oscuro y primario que procede de los recovecos más tenebrosos del alma humana. En este sentido, uno de los grandes logros de su cine es el de retratar personajes profundos y complejos que, normalmente, tienen el rol de incomodar al espectador.

12 Years a Slave ve crecer exponencialmente el número de estos, transformando su hasta ahora cine íntimo en un retrato coral descarnado. La ampliación de caracteres le permite ofrecer diferentes posicionamientos ante la esclavitud que, de un modo u otro, terminan siempre remitiendo a la retorcida naturaleza del ser humano y a la normalización de la tragedia –ejemplificados magistralmente en el terrorífico plano sostenido del casi ahorcamiento del protagonista. Sin embargo, es en el retrato de los personajes “normales” donde McQueen despliega su genialidad. El caso más interesante es el del terrateniente interpretado por Benedict Cumberbatch, un hombre a priori bondadoso pero que se mueve en los códigos de una sociedad y educación que consideran la esclavitud como algo normal y necesario.

Mención aparte merece el irlandés Michael Fassbender –actor fetiche del cineasta-, que consigue humanizar y acercar un personaje deleznable con una interpretación soberbia e hipnótica en un duelo interpretativo con Chiwetel Ejiofor –en su papel de hombre libre esclavizado-, que nos ofrece aquí el mejor papel de su trayectoria.

A pesar del desfile continuo de estrellas de la gran pantalla, Steve McQueen se revela como un extraordinario director de actores trabajando toda una gama de matices que ayudan a que nos olvidemos de Paul Giamatti, Paul Dano, Sarah Paulson o Alfre Woodard, y nos centremos en sus personajes. La única salvedad la protagoniza Brad Pitt –uno de los productores de la película- quien se reserva un papel pequeño pero clave –el de salvador-, que le convierte en el gran héroe de la historia.

La estética de la tragedia

Decíamos al principio de este texto que nos sorprendía que el guion no estuviera co-escrito por el cineasta británico. Esta estupefacción no se debe tanto al hecho de que en la película no haya elementos del universo de McQueen –que los hay en gran medida-, como a que su estética ha sufrido una cierta metamorfosis. A nivel técnico la película es impecable, con una cuidada fotografía de su colaborador habitual Sean Bobbitt y un medido montaje de Joe Walker, también otro habitual de McQueen. Sin embargo, visualmente 12 Years a Slave ha perdido la intimidad e impacto de sus dos predecesoras. Este largometraje es mucho más clásico que Hunger y Shame, y por eso menos efectivo, arriesgado y estimulante a nivel de narrativa visual.

No queremos decir que 12 Years a Slave no emocione, pero no logra la poética estremecedora de sus prácticas fílmicas anteriores. La bofetada narrativa sigue presente, no en vano McQueen se caracteriza por escoger temáticas donde la indiferencia está fuera de toda cuestión, pero ve disminuida su sugestiva intimidad. Quizá porque la historia logra una empatía inmediata con el espectador o, quizá, porque se trata de un filme coral con muchos más elementos que conjugar, se pierde aquí parte de la magnífica poética violenta de su cine para retratar otra violencia más terrenal, más visible.

A la postre el resultado ha sido diferente pero determinadas estrategias narrativas se han mantenido intactas, reafirmando a Steve McQueen como un director interesante, concienzudo y valiente. La repetición de las tareas cotidianas -la aparición de la rutina-, se convierte en el vehículo perfecto para retratar la aceptación de lo brutal como algo cotidiano. Podría achacarse a la película un exceso de metraje o una desmesurada reiteración de las acciones, pero será precisamente en ellas donde se desarrollen las reflexiones más interesantes planteadas en el largometraje, al igual que ocurría en sus dos trabajos anteriores.

Igualmente, la música vuelve a adquirir un papel catártico en el desarrollo del discurso. Desde los primeros acordes de violín –Solomon Northup se gana la vida como músico profesional-, la película va modificando su banda sonora a medida que la relación de Northup con su violín vaya cambiando, como símbolo de lo que está perdiendo. Desde los acordes de música clásica hasta entonar la canción “Roll, Jordan Roll”, Northup atravesará un infierno indecible que quedará contenido en los versos de la canción, todo un juego metafórico que el director ya había usado con la famosa versión de “New York, New York” interpretada por Carey Mulligan con idénticos e inquietantes resultados.

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