14ª MOSTRA INTERNACIONAL DE CINEMA ETNOGRÁFICO: TESTIMONIOS DE LO SUYO

Fotografía: Denís Estévez

Fotografía: Denís Estévez

Esta edición de la MICE (Mostra Internacional de Cinema Etnográfico), organizada por el Museo do Pobo Galego, tiene una vez más una parrilla digna de aplauso en la Sección Oficial al traernos más películas – este año son 16 las seleccionadas – y, cómo no, más ganas de despertar conciencia. Si algo es necesario en estos tiempos de adormecimiento es agitar mentes; desde luego, el cine tiene una fuerte vocación para ello y me da la impresión de que este año las piezas han apuntado bien. Grandes temas como la tradición, el turismo, mitología y trabajo.

Acomodarse en la butaca el primer día de festival para disfrutar de una experiencia como la de Marías da Sé (Filipe Martins, 2018) es complicado por levantar expectativas, pero se agradece. Despertó mi interés con rapidez por varias razones, vertebrando la localización en una ciudad lusa que había visitado recientemente. El director centra su atención en un grupo de mujeres que viven en la Sé de Porto; durante poco más de una hora el viaje, entre ficción y documental, revela una parte de la ciudad que a mí, como turista, me pasó desapercibida.

Marías da Sé (Filipe Martins, 2018)

Marías da Sé (Filipe Martins, 2018)

Si bien el director se formó en física por la universidad de Aveiro, la preferencia que sintió por el séptimo arte se quedó con él. Realizó varias piezas, escribió un par de libros y ahora presenta esta obra como largometraje de un proyecto en el que sabía de qué quería hablar pero no cómo. En un inicio, pensaba en incluirlo dentro del marco Porto Lazer y Balleteatro -que es una escuela de danza que le invitó a la Sé- pero termina por cambiar sus formas en una producción híbrida entre ficción y documental. Esta voluntad queda clara al dejar acotada la historia a un día, aunque fue grabada en varios para lo que, como bien explicó en el coloquio, tuvieron que usar la misma ropa. Se mostró contento por la buena recepción que tuvo con las protagonistas con esta y otras peticiones para llevar a cabo el proyecto. Hay muchas costumbres que quedan registradas en esta película que, como dijo el mismo Filipe, la convierten en un “objeto de la memoria”. El lenguaje y las frases hechas que se aplican en la cotidianeidad, los gestos entre conversaciones, las reacciones a las medidas que se implantan en el barrio y situaciones que crean tensiones en torno a tendencias más grandes y externas como el uso del plástico o el turismo. Uno de los rasgos más característicos que he podido apreciar y que, a su vez, genera simpatía, es el humor negro que aplican al día a día en relación con las enfermedades, la muerte, el matrimonio u otras cuestiones de peso para ellas.

Una cuestión importante fue el trabajo de los intérpretes profesionales en relación con los intérpretes no profesionales. Solo hay dos escenas donde aparecen los primeros, pero para ello también tenían que conocer a las personas de la otra parte para poder actuar. Sin duda, una puesta en escena muy enriquecedora. Realizado hace tres años, parece que esa zona tradicional no lo es tanto, y que la gentrificación termina por conquistar espacio. No parece que sirva de mucho quemar al Judas en la plaza cada año, como acostumbran a hacer los personajes de la película, si el turismo no quiere entender por el respeto. Quizá con estas iniciativas se haga visible la falta de cuidados por estos espacios que procuran mantener la latencia a pesar de las corrientes en contra.

En esta primera cita se programó también una pieza que sorprende por la delicadeza con la que se narra algo tan crudo como la vida en las cuencas mineras, en particular en la localidad de Ciñera. A la proyección de Puta Mina (Colectivo Puta Mina, 2018) se sumó la presencia de Mercedes Ordás, una de las integrantes del proyecto, que explicó de forma clara cómo y por qué surge este documental. Iniciado en LAAV (Laboratorio de Antropologia Audivisual Experimental) son varias las mujeres implicadas, entre las cuales se destacó la figura de Conchi Unanue como especialista de campo.

Puta mina (Colectivo Puta Mina, 2018)

Puta mina (Colectivo Puta Mina, 2018)

La minería tuvo un auge importante en la década de los cuarenta con el franquismo, momento en el que se inició un apoyo público muy importante a este sector para que, finalmente, se pinchase la burbuja. Pero lo importante en esta historia son las tensiones que se crean en relación con las malas condiciones laborales – que derivan en problemas físicos como artritis o dolores de espalda – y el vínculo afectivo que desarrolla la gente dentro de la cultura minera. Como bien explicó Mercedes Ordás en el coloquio “hay un paternalismo empresarial” que no permite a la gente vivir fuera del círculo de trabajo, y contiene una fuerte dependencia de los trabajadores al recibir vivienda, estudios, y multitud de facilidades en el día a día que se podrían encuadrar en una distopía propia de esos años. Cuando se inicia la proyección se percibe que quieren establecer una guía, siendo el espectador el visitante, por los complejos espacios de la mina. Al tiempo se escucha una voz femenina, que guia nuestro viaje a través de relatos sobre la experiencia minera. Este juego se concreta gracias al metraje encontrado del año 2016, que se junta a las grabaciones testimoniales de las mujeres que (con)vivían con los mineros; una combinación de los dos lenguajes posibles que permite entender las dos caras de una misma moneda.

El planteamiento diacrónico desde la década de los cuarenta hasta la actualidad ayuda a situarnos en su piel y ver lo desprovistos que pueden encontrarse. Y, el cambio radical que llegaron a dar por querer tener unas mejores condiciones al entender que la mina acorta sustancialmente la vida. Uno de los puntos cruciales donde reside la importancia de esta película es la opinión pública ya que, como se dejó claro en la película de forma reiterada, puede que tuvieran buen salario y facilidades, pero nada cubre las enfermedades y dificultades de conciliar una vida digna.

El segundo día del festival tiene como protagonista a Nimble Fingers (Parsifal Reparato, 2017), película que se haría con el Premio a la Mejor Película en esta edición de la MICE. Producción italo-vietnamita que ahonda en la difícil situación de Bay, una vietnamita que vive en un districto suburbial en crecimiento de Hanoi, alrededor de uno de los puntos más grandes de producción industrial del mundo.

Nimble Fingers (Parsifal Reparato, 2017)

Nimble Fingers (Parsifal Reparato, 2017)

De nuevo las malas prácticas empresariales ocupan el festival. Esta vez se deslocaliza a Vietnam para focalizar la denuncia en empresas que, paradójicamente, fabrican productos para desempeñar la labor cinematográfica. Aquí se alterna el documental con una ficción animada, necesaria por no poder acceder al interior de la fábrica y quedarse con los testimonios verbales.La película acierta al usar la animación en estos trabajos, ya que desde ese punto de vista puede mirar desde la infancia una expectativa laboral no muy alentadora. En una secuencia de la película, las protagonistas atendemos a cómo comparten información sobre las bajas y las multas laborales que te pueden caer, restringiendo en alto grado la libertad mediante evaluaciones y castigos con rebaja de sueldo. La película no contiene un mensaje optimista: muestra la situación tal y como la viven desde lo rural hasta los suburbios. Aunque se permite un momento de respiro cuando se escapan para montar en alguna de las atracciones y comer algo por la ciudad; en ese momento de tranquilidad, desaparecen todas esas aspiraciones por falta de dinero y hay espacio para disfrutar de la vida, mismo en un paseo en un cisne acuático pedaleando. Sin embargo, el comienzo del año nuevo – que según el calendario chino es el del caballo- aspira a una mejora, pero sobre todo a dar fuerza para seguir adelante con lo que toca. El encuentro siguió apuntando maneras con películas de denuncia, ya que si algo puede hacer el cine en colaboración con la antropología es levantar postillas para mostrar realidades.

El tercer día se exhibieron dos títulos que volverían a enfocar los problemas sociales de minorías. La primera proyección de esta tercera jornada resultó ser la ganadora del Premio del Público este año. Mot de passe: Fajara (Séverine Sajous; Patricia Sánchez Mora, 2018) recuperó el espacio ocupado por refugiados en las inmediaciones de Calais (Francia), ahora reconvertido en parque natural. El documental propone varias escenas nocturnas tomadas con una videocámara acompañadas de reflexiones sobre el lenguaje y los cambios que con el tiempo sufre debido a las circunstancias que en este caso atinge al uso de neologismos por parte de eritreos, afganos, sirios, iraquíes o sudaneses. En realidad, el país galo era una zona de paso de un viaje que tenía como el Reino Unido como destino. Las dificultades del viaje hicieron de Calais un asentamiento en el que los refugiados esperaban la oportunidad, pero, ese asentamiento pronto se convirtió en lo que ellos mismos llamaban «la jungla». Las congregaciones se venían dando desde el año 2000; una práctica extendida en el tiempo que facilitó el desarrollo de un nuevo lenguaje para unas nuevas circunstancias.

Mot de passe: Fajara (Séverine Sajous; Patricia Sánchez Mora, 2018)

Mot de passe: Fajara (Séverine Sajous; Patricia Sánchez Mora, 2018)

Una de las muchas palabras que cambiaron el mapa mental de estas personas fue “abas” que pasó de significar “evento inesperado” a “policía”. Es lo que implica vivir en estado de alerta. Como paradigma lingüístico serviría también “dougar”, que en dialecto sudanés significa “atasco”, para representar las múltiples acciones televisadas durante años realizadas por estas personas para provocar bloqueos en las carreteras y subirse a los remolques de los camiones. En esta mutación del lenguaje se encontraría “fajara”, que en árabe significa “explosión” y que, haciendo referencia a la reflexión del propio documental, es “del tipo que lo arrasa todo a su paso. Paso es la acción de cruzar un límite. Límite es un grado extremo, el umbral de lo que es aceptable. Fajara es un grito”. Con sutileza la concatenación de significante y significado abre la herida de las fronteras, todas mentales, para revelar la triste realidad que se pretende reconvertir en parques naturales –espacios cerrados–, que no bosques, y buscando la eliminación de un problema con el que no se pretende lidiar desde un país que es cuna de los DD.HH.

La siguiente proyección de la Sección Oficial fue la mexicana Entre Lobos (Adrien Camus, 2018) que mereció el Premio AGANTRO por utilizar los medios para combatir la preconcepción de los Mapuches en el estado de Chile.

Entre Lobos (Adrien Camus, 2018)

Entre Lobos (Adrien Camus, 2018)

En esta línea roja está la propia sociedad chilena juzgando y reiterando la vagancia y poca ambición de este pueblo. El propio término mapuche significa “hombre de la tierra” y, en un sentido humilde, se dedican a ella sin pretender acapararla sino sobrevivir. Los retratos en esta película nos muestran historias y formas de ser Mapuche hoy en día. Así, uno vende frutos secos a pie de carretera en el centro de la ciudad mientras explica que para él lo importante es ser una persona de bien, lo cual es importante para el piuki (corazón). Estas prácticas desaprehendidas del frenético ritmo actual se expanden al hogar, en el que, con lentitud, se preparan un café al tiempo que se recuerda lo que el pueblo fue, una nación, y lo que es, una etnia. Hay muchas palabras hirientes en torno a sus vivencias, además de ver cómo parte de sus allegados recurren a malas prácticas para tener en el día a día dejando atrás los valores que antaño definían su cultura.

En una primera búsqueda cibernética no se encuentra mucha información en relación a la región Biobío y los mapuches. Únicamente que en el censo de 2017 un 10% se declaraban pertenecientes a un pueblo originario, de los cuales el 94’2% eran mapuches. En torno a su situación actual debaten sobre cómo reafirmarse a nivel legal, quejándose de medidas tomadas que son ignoradas por los diferentes gobiernos que van pasando por la presidencia de Chile. Se da un reiterado rechazo al Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional de Trabajadores) sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes adoptado en Ginebra el 27 de junio de 1989. Nadie mira para él.

Escenas campestres donde, apoyados en un árbol, dialogan sobre la historia de la colonización ocupan parte del metraje final. Pronto pasamos a un interior donde están reunidos varios hombres para discutir sobre cómo reivindicar sus derechos, y que sin duda recuerda a la clandestinidad propia de una guerra civil. En los libros se habla de conquista y pacificación, a la vez que se elimina sistemáticamente la palabra genocidio. La idea es llegar a tener la representación parlamentaria de la que carecen, para así poder visibilizar e incorporar medidas que les beneficien. Sin duda, si no tienen un apoyo externo que vendría de un entendimiento y empatía por parte del resto del pueblo chileno, parece complicado acceder a la representación. Aunque desistir tampoco se contempla como opción, sino buscar la manera de recordar el Parlamento Tapihue convocado en 1825 para negociar la situación que estaba marcada entre el pueblo mapuche con sus tierras al sur del río Biobío y la República de Chile.

Uno de los visionados que es necesario destacar, y por el que siento una especial conexión, es el galardonado con el Premio a la Mejor Película Gallega: Hora Silenciosa (Noelia M. Muíño, 2018). Una pieza que condensa un día cualquiera en la vida de las monjas de clausura compostelanas del monasterio San Pelayo de Antealtares. La cámara nos mantiene distantes enfatizando un carácter observacional que por naturaleza nos es concedido ante estas mujeres, cuyos hábitos nos son ocultados tras cercas de hierro. Es inevitable ver caer el telón cuando cierta fuerza de la tradición se ve debilitada y, con más razón, ante uno de los tres puntos de exposición católica más relevantes del mundo actual.

Hora Silenciosa (Noelia M. Muíño, 2018)

Hora Silenciosa (Noelia M. Muíño, 2018)

Desde hace años, cuando paseo con alguien que no vive en la ciudad compostelana invito a acercarnos a la iglesia de antealtares sobre las siete de la tarde para disfrutar de un momento especial con el coro. Pocos espacios se activan de manera tan completa como una iglesia en momentos de rezo, claro que estos pasajes cobran un nivel superior al acompañarse de música. ¿De dónde viene el apego a la figura de la monja? Quizá por la catequesis, el seminario menor, películas de antaño o la misma infancia en un país que vivió épocas de mayor congregación católica. Pero, esos postres que abundan en las tiendas compostelanas que tienen la venta enfocada a turistas ya los conocíamos los locales y, curiosamente pensé que todo el mundo las disfrutaba en su día a día. Resulta que es ahora cuando lo hacen, aunque para ello tengan que visitar la ciudad. Es inevitable relacionar este vínculo con la figura femenina en la estructura familiar y en la estructura eclesiástica, dos mundos que le tienen conferidas ocupaciones semejantes. Este cortometraje lo contemplo como una reacción al consumo en masa que se hace de la tradición, aquí en contra se propone un acercamiento más íntimo y familiar, con empatía por las actividades que desarrollan en el día a día. Básicamente es eso, un día con ellas que se apoya en los dispositivos de audio en bruto e imagen distante donde la edición se limita a los cortes de montaje dando de sí un trabajo ascético.

Este certamen termina con la mención especial a Curupira, Bicho do Mato (Félix Blume, 2018), una pieza cuyo director coloca sus capacidades como ingeniero de sonido en virtud de la narración de un mito y, una mención honorífica a Stockroom (Sol Mussa, 2018).

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