ATTACK THE BLOCK, de Joe Cornish

LOS PARADIGMAS HEROICOS DEL NUEVO SIGLO

A la hora de tratar, de narrar, de representar la marginalidad, los bajos fondos de la sociedad y sus facetas menos agradables a los ojos del “espectador medio”, el cine británico es único e inimitable. Llevan muchos años erigiéndose en la mayor referencia del cine de temática y reflexión social, a menudo con componente combativo. De hecho, puede considerarse todo un gran género independiente en su industria, y como tal, puede (y debe) también ser sometido a transformación, hibridación y reciclaje como cualquier otro. Y ciertamente, el resultado, por muy marciano que pueda parecer a primera vista, alcanza una admirable frescura. Ya quedó demostrado en esa serie de culto que es Misfits (E4) que los ‘brits’ son también los mejores a la hora de darle la vuelta a la tortilla del relato social y las dialécticas de los marginados, cuyo anverso serio y, digamos, funcional, ya hace tiempo que consolidaron, y convertirlo en heterodoxos y genuinos ejercicios de género.

De esta manera, en la línea de la mencionada ficción televisiva, ese gran género, en su popular (que no complaciente) vertiente de las bandas suburbanas, entra aquí en la batidora con elementos de otros hipertextos más tradicionalmente sometidos y propicios para la parodia-revisión, como el terror y la ciencia-ficción, obteniendo como resultado un pastiche muy compacto, homogéneo y fluido, que mezcla códigos de serie B de muchas épocas y lugares. Y esto se puede comprobar perfectamente en el cauce argumental, que bebe de fuentes tan clásicas (y dispares) del subgénero de invasión como Los pájaros de Hitchcock, desde el principio, y el Alien original, hacia el tercer acto. Al igual que sucede con los viajes en el tiempo, no debemos tocar nada que no entendamos y cuyas consecuencias no podamos calcular. Por ende, a diferencia del género zombi, espiritual y formalmente hermanado con el alienígena, se llega a dilucidar, a medio camino, la causa real de todo el caos, más relacionada con la película de Ridley Scott que con la de Hitchcock.

No puede ser casual, por tanto, la presencia de Nick Frost, única cara conocida dentro de un reparto amateur, como padrino interno de un proyecto, de un director debutante que entra a formar parte de esa especie de escuela británica de cine de género ‘crossover’, informal y (auto)burlesco, inaugurada por el propio Frost, Simon Pegg y el director Edgar Wright. Títulos imprescindibles de la comedia referencial contemporánea, como Zombies Party, Arma fatal o la reciente Paul, ya coproducida con Hollywood y sin la dirección de Wright, que por otra parte llevó esta espíritu a un nivel muy superior con la ambiciosa, mayúscula e imprescindible Scott Pilgrim contra el mundo. Pero a diferencia del tándem Pegg-Frost, Joe Cornish imprime una mordiente cómica no tan basada en lo referencial (aquí menos evidente y descarnado) y lo soez, como sí en lo catastrófico (evidente con el subgénero a caricaturizar) y lo absurdo, ya que bien podríamos estar, entre tanto porro consumido por los personajes, ante una película de fumados, todo un subgénero de la comedia juvenil en los últimos quince años. Un producto de perfil 100% Sitges, resumiendo. Además, el estilo de realización desprende una notada herencia del mundo del videoclip, alcanzado tal grado de refinamiento en una de las secuencias finales que incluso se puede llegar a calificar como la evolución natural, en la vertiente más puramente visual y compositiva, del mejor Ridley Scott, indiscutible influencia de Cornish en mucho más que las similitudes argumentales con Alien.

Nick Frost, totem da comedia referencial contemporánea, apadriña este proxecto do debutante Joe Cornish.

Por otra parte, ese relato marginal, aparte de configurar el marco, el contexto, no deja de estar patente en el fondo, en el subtexto semántico, aparentemente inocente y sin mayores pretensiones pero siempre patente, y salta en ocasiones puntuales a la superficie en forma de punzadas sarcásticas, llenas de reflexión social simple y directa, de signo decididamente pesimista… hasta el desenlace. Porque, en lugar de extrapolar todo ese trasfondo hacia el espacio exterior y desconocido del que vienen los elementos invasores (dándole así un giro, peligroso y probablemente letal, hacia la filosofía más grandilocuente), esa dialéctica en el segundo plano, bajo las exigencias del sano entretenimiento y del desenfadado ejercicio de hibridación, acaba aflorando en la dirección a la que ciertas ficciones conducen, en los últimos años, el hipertexto de superhéroes, importado del cómic, transformando radicalmente su esencia. Si la tradición del cine social británico suele convertir al marginado, inadaptado y desfavorecido, en héroe por supervivencia, su desvío oculto e implícito a los mencionados géneros elevan unos escalones más al anteriormente referido, hacia el estatus de superhéroe, por genialidad mesiánica y salvadora (mecanismo redentor, voluntario o no, por lo menos en este caso), y no siempre con necesidad de poderes sobrenaturales y extraordinarios.

Después de todo, el nombre del protagonista no puede ser muy aleatorio. Moisés (Moses), surgido de las aguas de los bajos fondos, a la postre salvador de un barrio, y de paso, del mundo entero. ¿Será definitivo, y acabará marcando tendencia, este cambio en el paradigma del relato superheroico, mudando de símbolos patrióticos a inadaptados y supervivientes con heridas del presente y desencanto social y vital? ¿Estaremos ante el nacimiento de una nueva era de Misfits, Kick Asses y Scott Pilgrims? Esperemos que sí: el género ha evolucionado mucho, en todas las artes, como para volver ahora a su ingenuidad propagandística original.

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