BERLINALE 2020: SECCIÓN OFICIAL (1/3)

There Is No Evil, de Mohammad Rasoulof © Cosmopol Film

La 70ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín (20 de febrero – 1 de marzo) llegó acompañada de una gran expectación. Después de 18 años bajo la dirección del alemán Dieter Kosslick, durante los cuales el prestigio del festival y la calidad general de las obras seleccionadas disminuyó progresivamente, el 2020 se presentaba como el año del cambio. El relevo de Carlo Chatrian como nuevo director artístico, acompañado por Mariette Rissenbeek en la dirección ejecutiva, prometía restaurar la imagen del “tercer festival más importante del mundo”. Después de una brillante etapa al frente del Festival de Locarno, donde se labró una importante reputación gracias a su arriesgada programación, Chatrian aterrizaba en la capital alemana con la difícil tarea de encontrar una nueva línea para la Berlinale, entre los auteurs de la Croisette y la pasarela de los Óscar en la que se ha convertido Venecia en los últimos años.

Las expectativas eran altas, probablemente más de lo razonable, pero en líneas generales el resultado fue satisfactorio. Además de inaugurar nuevas secciones competitivas como la prometedora Encounters, donde se citaron autores como Cristi Puiu o Matías Piñeiro, la competición oficial de la septuagésima Berlinale estuvo compuesta por obras muy diversas y, con la excepción de un par de fracasos anunciados, de una calidad global considerable (o al menos con una voluntad por explorar caminos diferentes, con mayor o menor fortuna). Con todo, esta edición tampoco estuvo exenta de polémica: el fracaso a la hora de cumplir con el acuerdo de paridad 50/50 para 2020 (reduciendo el número de mujeres cineastas con respecto al año pasado), la cancelación del histórico Premio Alfred Bauer (tras salir a la luz su pasado como colaborador nazi) o el nombramiento del actor británico Jeremy Irons como presidente del jurado oficial (criticado por sus declaraciones de hace unos años sobre el acoso sexual, la homosexualidad y el aborto) inundaron las cabeceras durante las semanas previas al festival. No obstante, una vez iniciado el certamen, el foco se mantuvo fijo en la estimulante selección de títulos, especialmente aquellos proyectados en la sección oficial.

El Oso de Oro de esta edición fue para la rotunda There Is No Evil, del iraní Mohammad Rasoulof, una denuncia contra la pena de muerte en Irán. El reputado cineasta, ganador de la sección Un Certain Regard en Cannes por A Man of Integrity en 2017, no pudo estar presente en Berlín para presentar su película, ya que tiene expresamente prohibido abandonar el país (como ya había ocurrido en 2015 cuando su compatriota Jafar Panahi ganó el Oso de Oro por Taxi Teherán). Todas las películas de Rasoulof han sido objeto de censura por parte del gobierno iraní, que apenas unos días después del final de la Berlinale condenó al realizador a un año de cárcel por sus actividades de “propaganda contra el Estado”. De este modo, el reconocimiento a There Is No Evil como mejor película de la sección oficial se convirtió en un mensaje de apoyo a dos niveles: una crítica contra la pena capital y una defensa de la libertad de expresión y artística.

El film está dividido en cuatro historias independientes unidas por un nexo común. En todas ellas, los protagonistas deben enfrentarse al dilema ético que supone llevar a cabo una ejecución, mostrando diversas actitudes y consecuencias derivadas de estos actos. En el primer relato (el mejor de los cuatro con diferencia), seguimos la vida cotidiana de un afectuoso padre de familia. Acompañamos a Heshmat (Ehsan Mirhosseini) a lo largo de lo que parece un día normal en su vida, mientras recoge a su hija de la escuela o cuida de su suegra, hasta que se levanta temprano para ir a trabajar. Una atmósfera de ternura y normalidad que termina bruscamente con una secuencia desgarradora, en la que el realizador pone todas las cartas sobre la mesa. Desgraciadamente, la cinta no logra mantener el mismo impacto e interés en el resto de los relatos, que se mueven entre lo predecible y lo inverosímil, abusando en ocasiones del melodrama y trazando una narrativa bastante irregular. Con todo, se trata de una obra realizada con decisión, donde todos los elementos trabajan conjuntamente para transmitir un mensaje claro y contundente. A nivel cinematográfico, posiblemente no sea una de las ganadoras más memorables de la Berlinale, pero se trata sin duda de una obra convincente y tristemente oportuna.

First Cow, de Kelly Reichardt © Allyson Riggs

A pesar de su inexplicable ausencia en el palmarés, la First Cow de Kelly Reichardt (estrenada anteriormente en el Festival de Nueva York) fue desde el primer momento una de las grandes favoritas. La cineasta estadounidense volvió a ofrecer una experiencia conmovedora, inmensa en su sencillez, y marcada por el minimalismo habitual de sus obras (Wendy y Lucy, Certain Women: Vidas de mujer). El film narra una historia ambientada en el Lejano Oeste, concretamente en el territorio de Oregón durante la década de 1820. Se trata de una adaptación libre de la novela The Half-Life, de Jonathan Raymond (coguionista de la película), construida alrededor de una amistad inesperada: la que forman el cocinero ‘Cookie’ Figowitz (John Magaro) y el trotamundos King Lu (Orion Lee). Estamos ante una especie de anti-western que nada tiene que ver con otras buddy movies del género. Lejos de los tiroteos y de los espectaculares asaltos a diligencias, el film explora las dinámicas del poder y el capitalismo a pequeña escala, en el marco de la expansión americana. En lugar de personajes agresivos e hipermasculinizados, tenemos a dos hombres que destacan precisamente por su sensibilidad y compasión, y que acaban uniéndose en una empresa tan ‘inofensiva’ como la fabricación de dulces caseros. Sin embargo, para poder cocinarlos necesitan hacerse con la leche de la primera vaca que llega al territorio, propiedad del gobernador local (Toby Jones), una tarea más arriesgada y peligrosa de lo que cabría imaginar. La hermosísima fotografía de Christopher Blauvelt, caracterizada por su naturalismo y por una relación de aspecto más cerrada (próxima a los 4:3), es otro de los puntos fuertes de la obra. First Cow puede pecar de cierta autocomplacencia y resultar algo tediosa para aquellos que buscan una narrativa más enérgica o intensos duelos al amanecer. Por otra parte, para todos aquellos que se dejen llevar, será una experiencia tan reconfortante como una agradable sobremesa.

El actor Elio Germano, uno de los intérpretes italianos más codiciados de la actualidad, estuvo presente en la competición por partida doble con los títulos Favolacce, dirigido por los hermanos D’Innocenzo, y Volevo nascondermi, de Giorgio Diritti. Por esta última, un biopic sobre el pintor naif Antonio Ligabue, Germano se alzó con el premio a la mejor interpretación masculina. Nos referimos precisamente al tipo de papel diseñado para mayor gloria de su protagonista, que ofrece una actuación excéntrica y algo desfasada bajo una densa capa de prostéticos. A pesar de un tratamiento un tanto cuestionable de la supuesta enfermedad mental de Ligabue, así como de su ‘mimetización’ con los animales que pintaba, la cinta sí sobresale a la hora de mostrar la complejidad de sus relaciones con otros ser humanos. En el apartado estético, destaca el esfuerzo por no caer en lo obvio, optando por recrear el estilo de sus obras a través de la propia fotografía. La cinta se esfuerza por ofrecer al mismo tiempo un biopic informativo e innovador, pero parece que nunca acaba de decidirse.

Algo similar a lo que ocurre en Undine, de Christian Petzold, uno de los títulos más esperados del encuentro. Tan solo dos años después de presentar la magnífica En tránsito en la Sección Oficial de la Berlinale, el cineasta alemán vuelve a reunir a los actores Franz Rogowski y Paula Beer para componer otro melodrama romántico con toques de género. Mientras que en su anterior largometraje el marco de fondo era una Francia ocupada por los nazis, en Undine asistimos a una revisión del mito de la ninfa acuática homónima, que asesinaba a todos aquellos hombres que le eran infieles. Paula Beer se hizo con el premio a Mejor Actriz por el papel titular, en una interpretación elegante e hipnótica, demostrando una vez más esa presencia innata que recuerda a las grandes divas del cine clásico. Al igual que ocurría con En tránsito, Petzold exige un cierto pacto con el espectador a la hora de aceptar los engranajes internos de la película, pero el resultado no acaba siendo tan satisfactorio.

Udine, de Christian Petzold © Christian Schulz

Por desgracia, esta edición también contó con algunas propuestas más accidentadas. Como era de esperar en un evento de estas características, la Sección Oficial de la Berlinale tuvo que hacer algunas concesiones, tanto a la ciudad anfitriona como al glamour que se espera de una alfombra roja. Nos referimos principalmente a Berlin Alexanderplatz, de Burhan Qurbani, y The Roads Not Taken, de la estadounidense Sally Potter. Tras competir por el Oso de Oro en el 2010 con su ópera prima, Shahada, Qurbani regresó a la competición principal con una adaptación contemporánea de la obra que hizo célebre Fassbinder. En esta ocasión, el protagonista es un inmigrante de Bissau (Welket Bunguê) que llega a la capital alemana, donde vivirá una tormentosa historia de auge y caída hasta verse aplastado por la propia ciudad. Se trata de una obra recargada, dominada por la testosterona y las luces de neón al más puro estilo Winding Refn. Una experiencia entretenida y dinámica que termina siendo un auténtico despropósito, sobre todo en lo que se refiere al tratamiento de los personajes femeninos. La narración está constantemente puntuada por una dramática voz en off, que termina con un epílogo absolutamente innecesario. Por su parte, The Roads Not Taken también nos reservaba momentos de auténtica vergüenza ajena a cambio de un par de nombres estelares en el reparto. La última propuesta de Sally Potter busca sumergirnos en la mente fragmentada de un hombre que lidia con un tipo indeterminado de demencia. Lamentablemente, no hay mucho que salvar en un guion con una total falta de sutileza y que fuerza lo lacrimógeno hasta lo indecente. Cabe destacar, eso sí, el gran esfuerzo de Elle Fanning ante un Javier Bardem en horas bajas y una Salma Hayek casi paródica.

Sin ninguna duda, la propuesta más sorprendente y polémica de esta edición fue la revulsiva DAU. Natasha, dirigida por Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel. Esta pieza constituye el primer largometraje independiente del proyecto DAU en ser presentado en la competición de un festival de cine. Para aquellos ajenos a este universo, hablamos de un descomunal proyecto artístico iniciado en el año 2006 por el propio Khrzhanovskiy, concebido originalmente como un documental sobre el físico soviético y ganador del Premio Nobel Lev Landáu. Finalmente, con el apoyo del multimillonario y filántropo ruso Serguei Adoniev, la iniciativa acabó convirtiéndose en una espectacular recreación de un laboratorio de investigación soviético con cientos de actores y extras conviviendo juntos durante tres años. La intención del proyecto, presentado oficialmente en una exposición en París en el 2019, era representar la vida bajo el régimen soviético en el marco de un instituto de investigación secreto. Como era de esperar, DAU despertó cientos de rumores y controversias relacionadas con los métodos de trabajo empleados, acusando al director de explotar al equipo (entre otras historias más sórdidas).

Dentro de las numerosas narrativas que conformarán este particular microcosmos (del que se esperan hasta seis películas más), DAU. Natasha se centra en la historia de un personaje en particular: Natasha (Natalia Berezhnaya), la encargada de la cantina que opera dentro de las instalaciones, por donde pasan a diario los distintos trabajadores del instituto. Durante una noche de fiesta, Natasha mantiene una relación íntima con un científico extranjero destinado en el complejo, por lo que acaba en el punto de mira de los servicios secretos, que la someterán a una brutal tortura física y psicológica. La película recibió el premio a la mejor contribución artística de la competición por el increíble trabajo de Jürgen Jürges, a cargo de la dirección de fotografía. Las largas y (muy) explícitas secuencias logran arrastrarnos dentro de la atmósfera opresora de la cinta, haciéndonos partícipes de una experiencia cuando menos inquietante. Es justo reconocer que, a pesar de que DAU. Natasha funciona como una obra independiente, no logra transmitir la envergadura e implicaciones reales del proyecto (que requiere de una investigación más activa por parte del espectador). En cualquiera caso, hablamos de una iniciativa que seguirá dando mucho que hablar en los próximos años, y uno de los ejemplos más claros de la nueva voluntad del festival por acoger obras que escapan de los esquemas tradicionales.

Otro ejemplo de esta tendencia fue la perturbadora Irradiés, del venerado cineasta camboyano Rithy Panh, un film que también camina en una finísima línea ética. Asentado en Francia desde hace muchos años, Panh es considerado uno de los más célebres cronistas del genocidio de Camboya durante la dictadura de los Jemeres Rojos (S21: La máquina roja de matar, Graves Without a Name). En Irradiés, el cineasta presenta un alegato antibelicista sobre las terribles atrocidades cometidas por el ser humano (centrándose principalmente en los conflictos del último siglo). Estructurada formalmente como una video-instalación, la película muestra tres pantallas en las que se reproducen simultáneamente espantosas imágenes de archivo. Los casi 90 minutos de duración de la obra consisten básicamente en un desfile de cadáveres e imágenes de la barbarie humana con las que Panh pone a prueba el aguante del espectador. Una obra que difícilmente se le habría consentido a ningún otro realizador, pero que en manos de Panh consiguió el Premio al Mejor Documental de la Berlinale. Como anunciamos al inicio del artículo, nos encontramos con una selección oficial a la que no se le puede reprochar una cierta valentía y esfuerzo por abrir nuevas vías, permitiéndonos acceder a obras que habitualmente no veríamos representadas en los grandes festivales, y que guardó muchos otros aciertos y decisiones cuestionables de las que hablaremos en las próximas crónicas.

DAU. Natasha, Ilya Khrzhanovskiy & Jekaterina Oertel © Phenomen Film

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