CISNE NEGRO, de Darren Aronofsky

ESPEJITO, ESPEJITO… ¿QUIÉN ES LA MEJOR BAILARINA DEL REINO?

Creo que a estas alturas de la película, y perdónenme por caer en tan manida frase hecha, nadie puede negar que Darren Arofnosky sea un verdadero autor cinematográfico. Con tan sólo cinco largometrajes en su haber, el director de (la reivindicable) The Fountain (2006) ha conseguido dar cuerpo a un estilo totalmente reconocible e identificable en la gran pantalla; basado, en gran parte, en el exceso visual, en la grandilocuencia, y con ciertas a aspiraciones a acabar rodando cualquier historia de obsesiones y adicciones a lo bigger than life. Por eso mismo, en un primer instante, Arofnosky te embelesa, te hace alucinar, te emociona, te hace llorar, te hace creer, te ilumina pero cuando se descontrola, algo que ocurre más de lo que debiera, acaba crispándote, indignándote, engañándote, cegándote, ensordeciéndote, y haciéndote enfadar. Aún así, alabado por algunos, y creo que no me equivoco si digo que odiado por muchos otros, en la última década ha conseguido convertirse, eso sí, en uno de los pocos directores norteamericanos a medio camino entre lo mainstream y lo independiente que a sus cuarenta y pocos años posee una sólida filmografía a sus espaldas. Black Swan¸ su última película y destinada a ser su gran eclosión de reconocimiento por parte del gran público, vuelve a redundar en ese estilo tan característico de Arofnosky que nos puede dar muchas alegrías y algún que otro disgusto.

En Black Swan, Nina Sayers (véase también Natalie Portman en un papel llamado a llevarse todos los premios de interpretación del año) es una estricta bailarina de ballet que consigue, imponiéndose al resto de sus compañeras, el suculento papel principal de la obra El lago de los cisnes de Tchaikovsky. Tal premio conlleva interpretar al cisne blanco, frágil y romántico, pero también a su hermano gemelo, el cisne negro, malvado y codicioso. Es decir, el papel obligará a Nina a ser dos seres dentro de un mismo cuerpo, a saber desdoblar sentimientos y emociones encima del escenario. Durante el primer tercio del film, los opresivos espacios cerrados donde se producen la mayor parte de las escenas son tan protagonistas como la propia Nina. Con contadas escenas exteriores, la acción queda enmarcada en los tétricos pasillos de la academia de baile, en los espacios reducidos de la casa de Nina y en las inquietantes escenas en el metro. Irrespirables localizaciones que, a su vez, encuentran una traducción visual en el seguimiento tremendamente cercano y exhaustivo a los movimientos y al rostro de Natalie Portman durante sus ensayos. Tal y como decía Jacques Aumont: “Filmar un rostro es plantearse todos los problemas del film: todos sus problemas estéticos, luego sus problemas éticos”1. No es casualidad que uno de los aspectos más llamativos del film sea ese atípico acercamiento, poco visto en este tipo de cine, al rictus facialde su actriz protagonista. Toda esta sensación de asfixia acaba condensándose en las alucinaciones y delirios vividos por Nina, quien, a medida que avanza el metraje, tiene más complicado discernir qué acontecimientos pertenecen a la realidad y cuáles a su mente enferma. Nina es incapaz de estar a la altura del papel que ha conseguido y empieza a temer que una bailarina recién llegada, Lilly (Mila Kunis) tome su puesto. A partir de aquí, la inseguridad y el extremo control que tiene sobre su propia vida harán que Nina entre en un espiral de paranoia y extenuación sin vuelta atrás. Todo ello, aliñado con tópicos y motivos visuales recurrentes en este tipo de historias como los reflejos en espejos rotos, las dobles inexistentes y las conspiraciones infundadas.

Natalie Portman encarnando o cisne branco

Natalie Portman encarnando al Nina Sayers

Bastante se ha escrito ya sobre la evidencia de que Black Swan se postula como la otra parte del díptico sobre la confrontación con la fama que Arofnosky inició con The Wrestler (2008). Ambas son amargas historias sobre la obsesión por la gloria profesional, aunque donde The Wrestler lloraba por una fama pasada imposible de recuperar, Black Swan enloquece, a corazón abierto,por una fama que ha de venir. Sin embargo, ambas películas tienen en el cuerpo de sus protagonistas el principal testigo de ese daño irreparable que la búsqueda de reconocimiento ha dejado en sus personajes. Los moratones y arañazos en el cuerpo del personaje de Mickey Rourke encuentran su reflejo en la uñas sangrantes y el cuerpo esquelético de Natalie Portman. Ambos son acosados por esa cámara dardenniana, que los sigue hasta la extenuación, cual vigilante perpetuo con miedo a una posible caída de su protegido. No obstante, Black Swan acaba convirtiéndose en un film mucho más oscuro, claustrofóbico y más al límite que su predecesor. Lejos del estilo pseudodocumental de The Wrestler, este film es más negro, más paranoico, quizá más cercano a una suerte de hibrido entre Pi (1998) y The Wrestler. Pero, sobretodo, y paradójicamente, es más bello: el increíble uso de la música acompasando los delicados movimientos de ballet y los luminosos números de bailes sobre el escenario hacen que se pueda degustar el film como un auténtico guilty pleasure cinematográfico.

Black Swan, como su perfecta y sacrificada protagonista, es técnicamente impecable, todo una delicia para los sentidos: no hay nada que decir a la adaptación de la música de Tchaikovsky por parte de Clint Mansell, nada que recriminar a la fotografía y a los asfixiantes movimientos de cámara de Matthew Labatique, ninguna queja sobre al lynchiano sonido de Ken Ishii y Vraig Henighan y aún menos, nada que reprender a un elenco de actores, especialmente actrices, que brillan en cada de una de sus intervenciones. Donde, en otras obras de Arofnosky, el realismo o el feísmo se apoderaban de la pantalla, aquí se alza una hermosa y espectacular puesta en escena que absorbe y te engulle y no te deja escapar hasta el último suspiro del film. Sin embargo, como si se hubiera mimetizado con Nina, en un momento, surge la tara en el film. Lo que durante más de la primera mitad del metraje había sido constricción, lucha consigo misma por no caer en lo burdo, suspense bien encauzado y trabajada claustrofobia se desintegra en unos innecesarios y, casi ridículos, veinte minutos antes de la parte final. Lo que podría haberse convertido en la obra más redonda, coherente y compacta de Arofnosky, acaba cojeando por esa falta de mano para retener emociones y salvándolas de un abismo que se ve demasiado cerca. Para muestra, un botón: toda la secuencia de Portman y Kunis en la noche neoyorkina, desde su entrada en la discoteca hasta el mediático encuentro sexual entre las dos, parece más propio de un Gaspar Noé desfasado que ansía la escena-polémica en sus historias sobre sexo y drogas que de una intensa historia sobre la paranoia y la esquizofrenia.

Aún así, el regusto que deja Black Swan es el de haber contemplado un film tremendamente impactante, con un excelente ritmo y con claras pretensiones de espectáculo total. Porque si hay algo que no le falta a esta la película son estímulos sensitivos para mantener al espectador sentado en su butaca durante las casi dos horas que dura. Arofnosky es todo un mago de la creación cinematográfica, inyectando magia a casi todo lo que rueda, aunque, a veces, descubramos sus trucos. Si The Fountain fue la puesta en imágenes de un épico poema de amor y The Wrestler una emotiva oda al fracaso de su protagonista, Arofnosky ha conseguido, con Black Swan, rodar un hermoso y terrorífico cuento de hadas en el que la madrastra y la princesa comparten un mismo rostro.

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[1] AUMONT, Jean-Jacques. El rostro en el cine. Barcelona: Paidós, 1998.

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