CANNES 2018 EP. 6: EL SUAVE GUSTO DEL SAKE I & II

Shoplifters (Hirokazu Kore-eda, 2018)

Shoplifters (Hirokazu Kore-eda, 2018)

Íbamos con cierta cautela a la proyección de Shoplifters (Hirokazu Kore-eda, 2018) por el aparente retroceso de las últimas obras del nipón. Pero lo último del autor de Caminando (2018) vuelve precisamente a esa senda punzante y escrita con elegancia que echábamos de menos. Desde la primera escena nos sitúa en un singular domicilio, formado por miembros que no comparten lazos sanguíneos pero que, a causa de la situación de desamparo en la que se encuentran, forman una familia aparentemente sólida. Su ocupación son trabajos poco duraderos y algún que outro robo, con el que intentan ir sobreviviendo. Pero un suceso que conviene no contar hará que los secretos ocultos salgan a flote y pondrá en peligro la unidad de ese hogar.

Este argumento permite a Kore-eda indagar en los mecanismos que conforman una familia y, más concretamente, volver al tema que ya lo obsesionaba en De tal padre, tal hijo (2013), que aquí resuelve de modo ejemplar. ¿Qué es lo que conforma la paternidad, o la maternidad, más allá de dar a luz? ¿No es acaso la familia una unidad de construcción identitaria en la que lo que más cuenta es la transmisión y la confianza? También es la unidad mínima de toda economía nacional, concepto que se encarga en desarrollar sobre todo en el tercer acto del filme.

Más allá de estos temas principales, hay otro que planea sobre toda la cinta que es la necesidad de tocar para crear un vínculo. Por mucho que puedan existir sentimentos, parece querer recordarnos Kore-eda que la piel también es sensible e incluso tiene memoria. Cuando la familia recoge a la pequeña Ryu en la calle, rescatándola, según ellos lo ven, de las garras de una pareja que abusa de ella, lo primero que se apresura en hacer la nueva madre con ella es abrazarla y decirle “esto es lo que hace la gente que te quiere”. Del mismo modo, la mujer más joven que habita en el domicilio tiene un empleo en una suerte de local de peepshow en el que representa insinuantes movimientos para hombres que se encuentran al otro lado de un cristal. El encontro físico (que no sexual), con uno de ellos, parece despertar en la chica un vínculo y un deseo que no puede satisfacer en el ámbito de la familia. Mientras que la pareja que supone el núcleo de esa unidad familiar, dado que viven en un pequeño espacio compartido, ya nunca practica el sexo. Hasta que en una pequeña pausa en la que están solos, y con la ayuda de un acontecimiento casual, acaban por unirse furtiva y apasionadamente.

Asako I & II (Ryûsuke Hamaguchi, 2018)

Asako I & II (Ryûsuke Hamaguchi, 2018)

El peso de la carne

Si le doy tanta importancia a este tema es porque me permite sacar a colación dos películas de Una Cierta Mirada que llevan un par de días en el cajón. Mon tissu préferé (Gaya Jiji, 2018) es una cinta de escaso interés cinematográfico, pero que aborda la cuestión de los matrimonios concertados, con una protagonista que, ante esto, prefiere escapar de su represión sexual sin saber muy bien cómo. El desprecio a su cuerpo no va tan lejos como en Girl (Lukas Dhont, 2018), donde ocupa el centro de la trama. Historia sobre una chica nacida con cuerpo de hombre que quiere dedicarse a la danza, está filmada con la cámara siempre pegada a la actriz y transmite una naturalidad difícil de encontrar que está encontrando el apoyo unánime de la crítica.

Pero volviendo a la jornada de hoy, la sección oficial nos dejó otro filme nipón destacable. Esperábamos mucho de Asako I & II (2018), pues con Happy Hour (2015) descubrimos en Ryusuke Hamaguchi un digno heredero de Yasujiro Ozu, y no defrauda. Si en ésta trataba la crisis personal y sentimental de varias amigas cerca de los cuarenta, cambia aquí el foco para centrarse en una pareja mucho más joven que, sobre los 20 años, se queda enamorada de un flechazo. La aventura es breve, pero marca de por vida a Asako, que años después acaba por fijarse en un chico que se parece mucho a su antiguo amante. Comienzan una relación duradera sin que él sepa este secreto de Asako.

Hamaguchi habla de los peligros de la idealización del amor romántico y de la carga que llevamos en las relaciones amorosas, de alguna forma siempre marcadas por las experiencias previas. Hay una palabra que se repite mucho en el filme, que es “kawaai”, lo que podríamos traducir como “cuqui” o “mono”. Es lo que diríamos al ver un gato bonito del Instagram (hay, por cierto, uno monísimo en la película). La otra palabra que se escucha a menudo es “sumimasen”, no porque se disculpen por cortesía, sinmo porque Hamaguchi inventa tensiones en el guion que causan disculpas sinceras. Sus personajes, como en su anterior película, no se cortan a la hora de hablar abiertamente de temas tabú, revelar secretos o herirse con algún comentario, lo que provoca largas secuencias (aquí, más contenidas) que los fuerzan a definirse. Parece casi más un recurso teatral (su gusto por este arte es obvio, con citas a Antón Chéjov y Boris Ibsen) que lleva también a la puesta en escena, forzando tensos triángulos en el movimiento de los intérpretes o en la posición en la que se sientan, que resuelve con un plano más abierto y otros cruzados sobre la mirada de los protagonistas. También sigue colocando la cámara de forma frontal en los momentos más intensos, lo que crea un nivel de intimidad incluso mayor que en el anterior filme.

También le gusta a Hamaguchi la literatura. Su gusto por la estrutura capitular es claro. Si en la anterior dedicaba cada parte a ir desarrollando con mayor concentración la trama de cada una de las mujeres que filmaba, aquí el filme está partido en dos partes iguales, como un espejo (emulando los sentimientos de la protagonista). Son caras de una misma moneda que se complementan y que, llevadas a un terreno más metanarrativo, podrían hermanarse con el cine del surcoreano Hong Sang-soo. Este joven cineasta nos hace acompañar y sentir el amor de esta pareja marcada por su pasado. No le faltan recursos estilísticos a Hamaguchi en esta película, en la que se presenta como una de las más grandes promesas del cine japonés.

Tanto Asako I & II como Shoplifters son filmes que destilan sencillez y finura, coma la suave sensación del buen sake natural en el paladar. Hoy nos llevamos una doble ración gourmet y aún estamos en efervescente estado etílico. Brindemos a la salud del cine japonés. ¡Kampai!

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