CANNES 2018 EP. 3: Y AL TERCER DÍA RESUCITÓ… GODARD

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Y al tercer día resucitó. La sección oficial estaba muerta y llegó Jean-Luc Godard para hacernos creer. Había mucha expectación con Le livre d’image (2018) por saber si se parecería más a Histoire(s) du cinéma(s) (1988) o a la senda emprendida desde Film socialisme (2010), por lo que se intuía que iba a tener de crítica al declive de Occidente visto desde el cine, con una edición de imágenes que nos hacen reflexionar sobre su memoria como espejo de la historia del siglo XX yXXI.

Se hace difícil escupir unas líneas coherentes sobre Godard en la rapidez de las crónicas diarias, justo al salir de la sala, pero lo intentaremos. Intuímos que Le livre d’image es, acorde a lo esperado, una continuación del pensamento político del autor, pero una vuelta yperfeccionamento de las Histoire(s). Filme complejísimo, del que tenemos ganas de escribir varias páginas, pero no tenemos tiempo; si condensamos, diremos que se trata de un ensayo audiovisual en el que Godard toma TEXTOS, FILMES, MÚSICA y PINTURAS (así lo explicita en los créditos)y, con estas referencias, construye una historia política del siglo XXI sobre las ruínas del XX. Manipulando por completo estos elementos y cercenándolos a su antojo, no tiene reparo en cambiar de formato los extractos de filmes que elige, modificar los colores de cuadros, jugar a ser DJ o usar textos de orígenes muy diversas en el contexto que le interesa. Y ojo al uso del sonido. Citas en mono en un sistema Dolby para transmitirnos la fragmentación de la que hace gala este filme. El ruido de las múltiples voces en una realidad incomprensible.

El arte, como indica Godard, será lo único que sobrevivirá a una época. Y el arte no es otra cosa que, parafraseando a Straub e Huillet, concepto que el suizo subscribe en este filme, rescatar cosas antiguas y olvidadas para ponerlas en su sitio. ¿Qué acto más político existe que este? Pero Godard lo hace degradando la imagen, convirtiéndola en detritus cultural. ¿Cómo llegan las imágenes a nosotros? ¿Son puras o están manipuladas? ¿No es la historia del arte el relato de un robo? En el siglo XXI la imagen se está volviendo líquida, parece querer comentar Godard siguiendo a Zygmunt Bauman. Insiste en que el cine está muerto, pero él ha llegado para resucitarlo con esta obra maestra.

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Sida y prostitución

También con acento francés, pudieron verse en la sección oficial y en la Semana de la Crítica respectivamente Plaire, aimer et courir vite (Christophe Honoré, 2018) y Sauvage (Camille Vidal-Naquet, 2018), ambas historias intimistas sobre homosexuales en situaciones difíciles y su día a día. Honoré, abiertamente gay, nos traslada a la Francia de 1993 para contarnos la rutina de un escritor (espectacular Pierre Deladonchamps) que tiene el sida y pasa sus jornadas preparándose para la inevitable muerte. Cuenta con la compañía de su hijo, cuya madre natural es una amiga, las conversaciones con un vecino muy íntimo y los encuentros con varios chicos más jóvenes que él, entre los que destaca el interpretado por Vincent Lacoste, el gracioso de moda en Francia, aquí en el papel de un bretón desprejuiciado y luminoso al que va a visitar de vez en cuando a Rennes desde París.

Dado que ahora mismo Honoré tiene 48 años y es de origen bretón, asumiendo por tanto que conoce Rennes, si es que no ha vivido en ella en algún momento, y sabiendo que se mudó a París en 1995, cosa que también hace este chico más o menos en esa época, no vamos a decir que el guion sea autobiográfico, pero desde luego es evidente que parte de historias que conoció en su vida. Que en la noche de Rennes se refieran a locales de la ciudad que existían a inicios de los noventa, o que los protagonistas se conozcan en un cine viendo El piano (The Piano, Jane Campion, 1993), en el que está toda la cartelería de la época perfectamente recreada, no es casualidad (vamos a pasar la licencia de que se proyecta en DCP y no en 35mm, pequeño detalle que la cinéfila notará y que supone un desliz del director de arte Stéphane Taillasson).

Por lo tanto, más allá de lo que hay de la vida de Honoré o no en el filme, lo que transmite es ante todo una profunda autenticidad e, incluso si la película no siempre acaba de encontrar el tono adecuado entre la ligereza y la profundidad de un tema tan relevante y normalmente poco y mal representado como la epidemia del sida en esos años, sí logra dejarnos escenas intensas y memorables, muy bien defendidas por un gran reparto. Se agradece también el uso de la música de 1993 que hace Honoré, con su habitual leve experimentación con el montaje (buen trabajo también de la responsable de este departamento, Chantal Hymans).

Frente a la delicadeza de Honoré, que realiza un filme muy pulcro, nos encontramos con la otra cara de la moneda. En la ópera prima de Camille Vidal-Naquet, Sauvage, todo es salvaje, como indica su título, ysucio. Frente a los elegantes movimientos de la cámara de Honoré, muchas veces estática, en Sauvage no para de moverse y resulta casi pornográfica ante los rostros (y pollas) de sus protagonistas, en esta suerte de ejercicio Dogma sobre un chico que se prostituye en la calle. Claro, nada que ver el decoro de un escritor de clase media con las desventuras de un hombre desamparado que vive en la calle. Es en esa jungla donde está rodada Sauvage, claramente en el contexto que representa. No hay actores que puedan darte esto, ni que estuviesen dispuestos a representar ante la cámara muchas de las prácticas sexuales que con detalle muestra la cinta.

Sauvage quiere ser incómoda. En Plaire, aimer et couvir vite hay momentos eróticos, aquí todo es porno duro. En realidad, los dos filmes son muy coherentes con lo que desean contar, cada uno a su modo. Llama la atención que la homosexualidad se viva en los clubes de noche y en las casas, a escondidas, que no deje de hablarse del armario, en el filme de Honoré; y que en Sauvage la carne esté vendible a la vista de todos, que la condición de homosexual se asuma con normalidad en la Francia actual (por lo menos en este contexto) y pueda tratarse abiertamente. Ver estos dos filmes seguidos, alternando entre la oficial y la Semana, conformó un programa doble no pretendido que nos convenció.

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Otra de época de Pawlikowski

Tras conquistar el mundo entero con Ida (2013), Pawel Pawlikowski se estrena en la sección oficial de Cannes con Zimna Wojna (Cold War, 2018). Filmada también en un precioso blanco y negro, ambientada entre 1949 y 1959 a caballo entre Polonia y París, el filme es una típica historia de amor imposible, a lo Romeo y Julieta, entre un músico y su cantante. Se conocen al formarse una escuela de música en Polonia. Él está entre los profesores, ella es una alumna prodigio sacada de un pueblo por su talento con el canto tradicional. El idilio artístico y amoroso poco dura sin interrumpirse. Las nuevas autoridades soviéticas se encargan de ejercer un control que acaba por hacer que él se exilie a la capital francesa sin que ella pueda seguirlo. Pero harán lo indescriptible por reencontrarse.

Incluso si los lugares son comunes, la sutil ejecución de Pawlikowski, apoyado en su director de fotografía, Lucasz Zal, una banda sonora que mexcla el folklore polaco y el jazz, y dos grandes actores protagonistas; todo eso se combina para desarrollar un filme destacable. Clásico en el mejor sentido de la palabra, esta historia de amor logra emocionarnos y la sentimos por momentos como propia. La primeira película de este Cannes que, más allá del placer intelectual, nos provoca algo en el pecho. Tras un inicio modesto, llegan por fin los primeros títulos que apreciamos.

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