CLERMONT 2019: LABO(RATORIO) DIVERSO Y REFRESCANTE (1/2)

Last Year When the Train Passed by

Un año más, el festival de cortos de Clermont-Ferrand nos ha permitido conocer en su sección Labo las últimas tendencias del cine más cercano a la vanguardia y la experimentación. En una selección ecléctica, en la que cabe todo lo que se salga de los cauces narrativos tradicionales, nos encontramos en esta edición con una alta presencia de cine de lo real, en la que advertimos la voluntad de reflexionar sobre la creación y recepción de las imágenes, más allá de registrar la realidad misma, una tendencia que se extiende a la tradición del cine de apropiación, cuantioso también en Clermont. La animación suele estar muy repartida en las secciones del festival clermontois, pero esta vez sacaba pecho con una variedad de técnicas y estilos muy sorprendentes en este programa. Y, por último, las ficciones jugaban con la abstracción de las reglas conocidas de los géneros para hurgar en las expectativas del espectador, como viene siendo condición en la sala Boris Vian.

En el documental de registro, varias propuestas incluían novedades en la tradición del cine directo. Malanka (Paul-Louis Léger Pascal Messaoudi, 2018), sobre una especie de Carnaval que celebra al Oso como figura mitológica a la que rendir pleitesía en una región de Ucrania pegada a Rumanía, se acercaba al género con un tratamiento sonoro de elementos fantásticos y la ralentización de la cámara; como también lo hacía un filme que bien podría haberse proyectado en tándem con este, Krzyzoki (Anna Gawlita, 2018), rodado igualmente en blanco y negro y con ralentís en la edición, en este caso sobre una tradición de adiestramiento de caballos para una carrera popular en honor a Jesucristo.

Varios de estos registros retrataban comunidades y fiestas, bien fuese de forma muy frontal, aunque a veces con un punto de cierta abstracción, como en Acadiana (Yannick Nolin, Samuel Matteau, Guillaume Fournier, 2018), sobre una maratón de ingesta de langostas en un pueblo de Norteamérica; o Shooting Stars (Magdalena Jaroszewicz, 2019), mucho más elusiva y que bien podría confundirse con la prima polaca de Lois Patiño, pues en esta cinta filma cómo jóvenes tiran petardos en una fiesta con teleobjetivos, escudriñando también a las fuerzas del orden que mantienen la paz ante posibles altercados. Estos ojos aparentan ser los de un gran hermano de un opresivo estado policial, por lo que puede realizarse una lectura política de un filme áspero e inmersivo, quizás la más rupturista de estas apuestas observacionales.

Mucho más sencillo en su planteamiento, aunque el más destacable de los documentales filmados que pudimos ver en el festival, resulta la nueva obra del taiwanés Pang-Chuan Huang, ganador aquí el año pasado de esta sección con Retour (2017) y que vuelve a las vías del tren con Last Year When the Train Passed by (2018), repitiendo Gran Premio en esta edición. La premisa es muy simple, el resultado excepcional. Huang toma fotografías de casas que resisten en torno a la vía de un tren en paisajes donde ellas solas se yerguen ante bellos parajes naturales, o donde aguantan el avance de una industria a punto de engullirlas. Un año después vuelve y las filma, introduciéndose en ellas para captar sus sutilezas en movimiento, los pequeños detalles, los alrededores. Toma declaraciones de las personas que las habitan, pero no las muestra en cámara, dejándonoslas solo oír en una narración que tiene un ritmo melódico y muy poético, casi como un mantra. Los silencios y el tratamiento sonoro, el traqueteo del tren, nos sumergen en un viaje al pasado, a una suerte de historia eterna de lo íntimo, en un estilo que nos recuerda al de Apichatpong Weerasethakul, aún un poco en bruto, pero en el que se intuye un grandísimo talento, en este joven taiwanés formado en la Sorbonne y ahora en Le Fresnoy, escuela donde ha realizado los dos cortos citados.

Toda la delicadeza del taiwanés contrasta con la pastosa ratatouille con la que decidieron atragantarnos los programadores, único corto disonante de una selección magnífica, el aberrante Excess Will Save Us (Morgane Dziurla-Petit, 2018). La sala al principio se contenía, después dio rienda suelta a sus peores impulsos y estalló en carcajada limpia. El respeto al filmado es algo muy importante para quien quiera hacer cine, sobre todo si se presenta como documental. Esta historia retrata a la comunidad de un pequeño pueblo de Francia donde hubo una falsa alarma de atentado yihadista. Los vecinos cuentan la anécdota, que podría ser de por sí graciosa, pero la directora no se contenta con reírse con ellos, sino que se ríe de ellos. Su acento “un peu drôle” de “paysan” es intensificado hasta la náusea, tomando las declaraciones donde la variante dialectal y el lenguaje popular se hace más evidente. Los saca dando unas explicaciones ridículas que no vienen al caso, saliéndose por la tangente con exaltaciones políticas más bien poco fundadas o literalmente poniendo en escena a dos hombres inhalando el humo de un tractor o a un viejo senil haciendo que dispara a los terroristas con su bastón. Definirla de grotesca es quedarse corto, sencillamente es abyecta. La estrategia de Bienvenidos al norte (Bienvenue chez les Ch’tis, Dany Boon, 2008) documental puede funcionarle en Francia por los choques culturales, pero reírse a costa de estos paisanos, tachándolos de “paletos de pueblo” es algo que debiera haber disuadido a todo programador de incluirla en ninguna competición. El diario local habló muy positivamente de ella. Quizás me esté perdiendo algo, quizás sea algo cultural.

All Inclusive (Corina Schwinbruger Ilic, 2018) se salía un poco de esta temática de comunidades, aunque no de fiestas, al adentrarse en un trasatlántico de lujo donde apenas es necesario colocar una cámara que capte con planos muy abiertos las actividades que se llevan a cabo en él para darse cuenta de la vacuidad que se celebra en esas moles. Esta pieza funciona así como la versión corta, directa e irónica de la más compleja y ensayística Film socialisme (Jean-Luc Godard, 2010), aunque resulta igual de mordaz. El fin de la civilización. Bien podrían hundirse cual Titanic.

Our-Song-to-War

Sensibilidad hacia los pueblos nativos

En un festival donde el país invitado fue Canadá y se dedicaron proyecciones a las Primeras Naciones, en Labo tampoco se olvidaron de poblaciones nativas en dos propuestas colombianas de no ficción que refrescaron un poco la carga experimental y observacional de la sección. Our Song to War (Juanita Onzaga, 2018) y María de los Esteros (Eugenio Borrero, 2018) nos trasladan al río Bojayá y a un manglar de Cali respectivamente para ofrecernos una aproximación de carácter espiritual y fantástico, dentro del marco de lo real, a comunidades donde la huella del pasado está presente. En la primera, el ritual mortuorio “novenario” se lleva a cabo para asegurar que los espíritus malignos no vuelvan de entre los muertos. En una población marcada por la violencia de las FARC, este rito adquiere una dimensión política pero también trascendente, que la directora remarca sumergiéndonos con su cámara poco a poco con largos planos secuencia por el curso del río. Su objetivo se adentra en las poblaciones para captar rostros y costumbres, sobrevolar entre los niños y captar los susurros de las leyendas. Tras The Jungle Knows You Better Than You Do (2017), seleccionada en la Berlinale, y con esta, presente en la Quincena de los Realizadores de Cannes, Onzaga se perfila como una de las nuevas grandes promesas del cine colombiano. María de los Esteros es una película que le da la mano. En esa cala de Cali, región que nos ha dado grandes cineastas en años recientes como Camilo Restrepo, la marea sube y baja, las mujeres recogen marisco y se resisten a dejar una tierra que les pertenece, ancestral. Entre los tocones y las enredadas raíces de los árboles, traspasando las ramas de una frondosa selva, llegan las voces de los ancestros. Si la evocación de Onzaga es a través de los movimientos de cámara y la luz, aquí el diseño de sonido hace lo propio para remarcar ese mismo mensaje.

En esta liga de la no ficción juega también la estilizada The Sound of Falling (Chin Yu Lin, 2018), que fuerza al espectador a completar una narración perezosa sobre la que apenas se nos ofrece información y que muestra a un hombre trabajando, en labores rutinarias o en tiempos muertos en distintos momentos de la jornada.

Aunque quizás el cine de lo real más original de la sección lo proporcionase aquel que no necesitó filmar un solo plano para erigirse en el más relevante. Stratum (Jacob Cartwright, Nick Jordan, 2018) es una de esas películas que toma metraje de archivo, combinado con filmaciones del paisaje actual, para, con inspiración markeriana en la voz en off y el mismo tono de ciencia-ficción de La jetée (Chris Marker, 1962), construir la historia de una mina de carbón en Bélgica ya en desuso. Pero las dos películas con esta técnica de apropiación que nos encandilaron fueron The Migrating Image (Stefan Kruse, 2018) y Swatted (Ismaël Joffroy Chandoutis, 2018) –Premio Especial del Jurado–. La primera trata la crisis de los refugiados en su momento más álgido, en 2015. Se propone recopilar y clasificar todas las imágenes en bruto que se producen del evento, desde las que están disponibles por satélite, hasta las que ofrece Salvamento Marítimo, las grabadas por los propios refugiados con sus móviles o las producidas por las redes sociales, entre tantas otras. Kruse se pregunta quién produce las imágenes, por qué se filman o producen de esa manera, qué formato y textura tienen, cómo se presentan, cuáles son sus intenciones y receptores y, finalmente, cómo se manipulan. Una de las grandes secuencias de la película consiste en el análisis de un plano de un dron con varios refugiados cruzando la frontera de un país del este de Europa. Tras ello, Kruse parte la pantalla en nueve y la multiplica, reproduciendo cómo, tras ser vendidas las imágenes a una agencia de noticias, se transmitieron en nueve medios internacionales diferentes. En absolutamente todos ellos existe una manipulación de las imágenes para hacerlas más impactantes. La palma se la lleva Sky News, saturando los colores y realizando recortes sobre el plano. Así, sin filmar un solo plano, The Migrating Image habla mejor sobre la producción y recepción de imágenes en torno a la crisis de los refugiados que ningún otro documental que este cronista haya tenido ocasión de ver.

El término “swatted” consiste en hacerse detener en directo por los SWAT estadounidenses mientras se retransmite en streaming, normalmente la partida de un juego de acción. Chandoutis ha realizado para este corto una importante investigación en la que recoge testimonios de personas que han sido víctimas de esta estafa, llevada a cabo por hackers que se aburren en sus casas y lo toman como un reto u entretenimiento, a modo de troleo a usuarios de las redes en las que participan. El director toma estos off y los ilustra con las detenciones en directo capturadas en pantalla, junto a diferentes secuencias de videojuegos utilizados por los internautas. Dos realidades muy claras, por mucho que una sea virtual, dos temas de extrema actualidad, dos películas muy relevantes que no han necesitado filmar ni un plano para erigirse, junto con Last Year When the Train Passed by, en lo más destacable del cine documental visto en Clermont-Ferrand.

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