CURTAS 2018: SINFONÍAS EXPERIMENTALES

 

comfort stations

Como ocurrió este año con los premios de la competición portuguesa de Curtas Vila do Conde, también el jurado de la sección experimental supo hacer con su palmarés una lectura de la tendencia predominante en la selección: filmes centrados en el montaje y en el ritmo, en sus estructuras internas más como sinfonías o poemas que como narrativas, habitualmente acompañadas de una música que apoya conceptualmente las piezas, cuando no dirige por completo los proyectos. Es el caso muy claro de la vencedora Another Movie (Morgan Fisher, 2017), para la que debemos recordar el referencial trabajo de Bruce Conner con A Movie (1958) si queremos encontrarle algún sentido. Fisher toma la música de Ottorino Respighi Pini di Roma y decide reproducirla completa, sin manipularla en absoluto, presentándola solo al inicio con unos rótulos que explican las intenciones del autor con los cuatro movimientos que forman la composición. Nada más, pantalla en negro, excepto por uno de los movimientos, en el que muestra el lento baile de una luna en el cielo.

Indicar que ésta era la música que Conner usaba en su pieza de 1958, solo que él decidía montar metraje apropiado de escenas ultrarepresentadas en el audiovisual norteamericano, creando una suerte de sinfonía desde unos posibles vestigios pop de su civilización. Aquí Fisher realiza una tarea de austero vaciado, proponiendo justo lo contrario. La música es la misma, pero deja que hable por sí misma, mostrando solo imágenes en el trozo que Conner no utilizó. Así, Another Movie dura lo que A Movie más la parte de música que la original había dejado fuera. Resulta así una suerte de irónico remake estructural que puede verse como la otra cara de la moneda o un espejo deformado, sinfonía repetida que cuenta además con un bis en esta ocasión. Es un ejercicio conceptual apto para quien conozca bien la historia del cine experimental. Si no, este cronista recomendaría la proyección de programas dobles con esta pieza. Es lo que tiene el arte contemporáneo conceptual, que el texto creado más allá de la obra genera un mayor interés a veces que la propia obra. No están mal en este caso las muletas de los curadores para quien mira.

Comfort Stations (OJOBOCA, 2018), que se llevó mención, supone un ejercicio mucho más disfrutable – o insufrible, en el mejor sentido – por si solo. El dúo berlinés toma todo un inventario de experimentos con animales, plantas y humanos de diversos archivos y lo monta con clásicos musicales que son brutalmente interrumpidos o manipulados. Es un ejercicio lúdico, pero también una película que pone a prueba la capacidad de resistencia de un espectador que se va sintiendo poco a poco más incómodo en estas etapas de (des)conforto que proponen. La técnica recuerda a la que habitualmente usan Christoph Girardet y Matthias Müller, que vuelven aquí a la carga en el concurso con Screen (2018). El resultado no es muy distinto. Aquí las imágenes apropiadas representan lo matérico – fuego, agua, tierra y aire – y son montadas al ritmo de sonidos y palabras, conformando una sinfonía con estos tres elementos. El verbo proviene también de material apropiado, son registros de hipnotizadores, que van marcando, como en Comfort Stations, una serie de fases sensoriales. En la misma liga está So Continues the Night (Davor Sanvincenti, 2017), reflexión sobre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, en fin, el universo, que se enreda en exceso con citas de Rainer Maria Rilke, Jean Audouze o Jean-Claude Carrière, entre otros. No se puede filosofar en el cine con la palabra. Lo que el corazón necesita no lo explica el verbo.

edge of alchemy

De viaje psicodélico con la Pickford

Por momentos, podría parecer que los programadores de Curtas deseaban proponernos una sesión de hipnoterapia. Edge of Alchemy (Stacey Steers, 2017) es un colage de animación en el que la artista recorta trozos de películas de Mary Pickford y Janet Gaynor para reposicionarlas en un mundo fantástico que podría ser el de Alicia en el País de las Maravillas. La música original de Lech Janbowski, ideada específicamente para la cinta y que resulta en ella una parte integral, nos trae a la memoria el universo de unos viejos colaboradores de este compositor, los hermanos Quay, lo que no hace sino reforzar este sentimiento de cuento con gran poder psicoanalítico. Aunque si tuviésemos que ligar a Steers con otro hito de la animación, el primero que nos vendría a la mente sería Jan Svankmajer y en concreto la versión de la historia de Lewis Carroll que dirigió en 1988.

Pero si hay un trabajo que nos haya hipnotizado coma ninguno es At the Horizon (Manuel Knapp, Takashi Makino, 2018). Quien conozca el trabajo de estos dos artistas, sabrá que todo filme de ellos es, en efecto, una sinfonía. Por separado, Knapp usa patrones basados en figuras geométricas que van mutando y convirtiéndose en otras, jugando con las perspectivas, las distorsiones de las líneas y todo tipo de trucos ópticos; Makino es capaz de conjugar literalmente cientos de capas de manchas que forman cascadas de ruido coloro, siempre con unos patrones reconocibles para cuando acaba la pieza, que lo enmarcan también muy cerca de la composición musical. Los dos acompañan sus obras casi siempre con temas electrónicos que sitúan al personal en la actitud adecuada. Lo que han hecho aquí es literalmente fusionar estas dos aproximaciones, por lo que las formas geométricas de Knapp se conjugan con la lluvia de notas de color de Makino para componer una sinfonía de capas visuales y sonoras aún más compleja si cabe. Esto es Philip Glass hecho cine.

Si los ruidos se consideran música, y a nivel compositivo y de ritmo, creo que podemos asegurarlo, entonces Song X (Mont Tesprateet, 2017) podría entrar en un mismo programa con las piezas citadas. Filmada en un río con una ligera narrativa de thriller en torno a un hombre que buscan las autoridades y con un rito mortuorio de por medio, esta ficción de marcado carácter lírico y sin apenas diálogos nos envía, por procedencia y estética, a la obra del tailandés Gym Lumbera Anak Araw. Albino (2013). Tiene el mismo tipo de porosidad del grano en blanco y negro, aquí obtenido de cámaras super8 y 16mm. Además, el paisaje puede resultar similar. Pero en lo sonoro, la forma de usar los sonidos de forma atmosférica y para crear el ritmo nos manda también a otro compatriota, éste muy célebre: Apichatpong Weerasethakul. Nunca el sonido de un bosque había sido tan hipnotizador como en Tropical Malady (2004), y aquí Tesprateet no se queda muy lejos de esas cotas sonoras.

De esto sabe también un poco el gallego Adrián Canoura, quien en Caerán lóstregos do ceo (2018) compone una suerte de sinfonía terrorífica de la Santa Compaña, proponiendo también varios estados, fases o movimientos que van aumentando la tensión sobre el espectador. Además de resultar igual de efectiva que varios de los trabajos aquí valorados en este sentido, también evidencia que un formato tan poco trabajado coma el Hi8 aún cuenta con vías de exploración abiertas que pueden resultar fructíferas. Filmada toda ella con una de estas pequeñas videocámaras, Canoura apenas apunta la presencia de figuras misteriosas en paisajes rurales, no llegando nunca a identificarlas con claridad y difuminando estos cuerpos con trucos en cámara y en montaje. El resultado es un filme de terror experimental y abstracto que se presenta como uno de los platos fuertes de la temporada para la generación inmediatamente posterior al Novo Cinema Galego que, de alguna manera, comienza a subirse a su estela y debiera garantizar la continuidad generacional en nuestra cinematografía.

wastelandno1ardentverdant_01

Componer con la cámara

Hay, claro, a quien le bastan las imágenes para componer sus sinfonías. Jodie Mack es una artista con esto, dale una cámara de super8, sale a la calle y ya la monta sobre la marcha. Wasteland no.1 – Ardent Verdant (2017) es la primera de una serie sobre los desechos que producimos, de los que ella saca poesía. Filmando desde muy cerca piezas de componentes electrónicos y plantas, logra establecer una conexión visual entre los patrones de la naturaleza y los de las máquinas, llamando a una reflexión sobre el ciclo vital de ambos sistemas y cómo se relacionan. La huella del ser humano en la naturaleza. Aparentemente ligera, como la mayoría de las piezas de Mack, encierra en sus cortes una silenciosa revolución interna.

La reestructuración del material salvado del filme perdido de Teuvo Tulio Fallen Asleep When Young (1937), del que La Cinemathèque Française rescató una bobina en 2015, jugando con sus tiempos y velocidades, permite a Sami van Ingen componer en Flame (2018) un juguete sobre el ritmo. Cuenta sobre todo como ejercicio, aunque quien busque más profundidad, seguro que podrá tirar por las reflexiones de Bill Morrison sobre los filmes en descomposición. Flame parece un pariente pobre de la obra del norteamericano, honestamente. Más poder de inmersión tiene Wishing Well (Sylvia Schedelbauer, 2018), pura forma por la forma también, pero en el fondo una bella y melancólica película sobre un niño que se adentra en un bosque, compuesta a partir de una serie de sobreimpresiones de varias capas, aportando interesantes composiciones que cuentan una minúscula historia sin recurrir al montaje tradicional de imágenes consecutivas.

La pura abstracción es el interés de otras composiciones visuales como Phantom Ride Phantom (Siegfried A. Fruhauf, 2017), An Empty Threat (Josh Lewis, 2018) o Momentum 142310 (Manuel Knapp, 2018), formadas todas ellas por figuras geométricas que van cambiando de manera rítmica y acorde a una estructura. Estas aproximaciones contrastan con las de tres cintas que se inscriben de forma clara dentro del registro documental, aunque no de forma convencional. Imperial Valley (Lukas Marxt, 2017) conecta curiosamente con éstas desde la grabación de un paisaje, el del título en cuestión, gran superficie de campos labrados en California. Filmada desde el cielo con drones – aquí un buen uso, al contrario de lo que denunciábamos en la crónica de los filmes portugueses – van capturando las líneas que trazan los campos desde el aire, lo que, montado a un ritmo vertiginoso y logrando efectos mediante los movimientos muy rápidos de los drones, acaba por crear formas geométricas a partir de planos documentales.

Jeny303 (Laura Huertas Millán, 2018) y Silica (Pia Borg, 2017), con las que se completa la competición experimental de Curtas Vila do Conde 2018, tienen en común que crean algo que se sitúa entre el ensayo y la ficción mediante registros documentales también. Huertas toma material de archivo de un edificio de la Universidad Nacional de Bogotá y filma ese lugar en ruinas en diálogo con el metraje que toma prestado, a lo que añade una entrevista con un chapero que en realidad tiene dentro mecanismos de ficción. Se trata de filmar el mismo espacio, pero en contextos diferentes, estableciendo así un vínculo temporal entre las dos épocas. Sin conocer el contexto, uno creería que todo fue filmado en el mismo tiempo y que se trata del retrato de esta persona, pero cuando empieza a contrastar información, ve que el dispositivo esconde algo más.

Borg es menos críptica. Su ejercicio es en realidad muy directo. Filma en un desierto australiano en el que se rodaron muchas películas posapocalípticos y crea una voz en off en la que parece estar localizando para otro filme de ficción, en realidad inexistente. Así, Silica es un diario de viaje ficticio que funciona como ensayo sobre ese lugar, documentando las huellas de previas filmaciones en el paisaje, hasta el punto de que si lo sueltan allí a uno, viendo que hay naves estrelladas contra el suelo o templos imposibles, podría creer que se encuentra en otro planeta.

Comments are closed.