CURTOCIRCUÍTO 2019: EXPLORA, PERSONAL ABSTRACCIÓN

Si tuviésemos que sintetizar la diferencia entre las secciones Radar y Explora del festival Curtocircuíto, seguramente el modo más sencillo de hacerlo sería hablar de figurativo y abstracto. Sin entrar en grandes detalles, desde luego este año no nos equivocaríamos. Y, aun así, siendo las formas de algunas películas tan dispares, queda uno con la sensación de que el fondo comparte muchas similitudes. Ya dijimos que en Radar existía en la selección de este año una voluntad de resistencia formal y política. Varias de las propuestas de Explora van por el mismo camino. Queda constatado en los últimos trabajos de dos de los grandes tótems de la renovación del documental etnográfico. Vever (for Barbara) (2019), aproximación de Deborah Stratman a unas filmaciones que guardaba de Guatemala, tiene la valentía de presentar la dicotomía entre la representación del mito como órgano de poder político y la realidad, dos modulaciones que inciden en la permanencia del discurso de los vencedores sobre los vencidos, instaurando el relato oficial de la historia. Frente a las grandes construcciones ideológicas, Stratman decide filmar simplemente la realidad, sin filtros. Una voz en off reflexiona sobre estas cuestiones, indicando cómo hace años huyó de la Bay Area a Latinoamérica en busca de nuevas experiencias y escapando de esta losa discursiva. Uno podría pensar que se trata del diario de la propia Stratman, pero nos encontramos ante las palabras de Maya Deren, leídas por Barbara Hammer. El filme acaba con un proverbio haitiano, quizás en homenaje a la cineasta de Meshes of the Afternoon (1943).

A un lugar más alejado de la civilización occidental va a parar Ben Russell en su más reciente viaje poscolonial. Color-Blind (2019) lo lleva hasta la Polinesia Francesa para componer un retrato de sus gentes, trabajando con distintas personas, como el DJ que vertebra rítmicamente la propuesta. La visión que ofrece, lejos del paternalismo y el exotismo que caracterizan los orígenes de la tradición documental a la que representa, está anclada en un discurso moderno, que mezcla lo patrimonial con lo tecnológico en perfecta convivencia. Con Paul Gauguin como guía espiritual, pintor que desarrolló la parte más representativa de su obra por estos lares, Russell pone al mismo nivel al hombre branco y al nativo, deshaciendo en realidad estas divisiones. 

Con recursos documentales que rayan en lo pictórico y en la abstracción, otras películas proponían otros discursos de contestación política, véase Imperial Valley (cultivated run-off) (Lukas Marxt, 2018) en torno a la explotación agrícola masiva en el desierto de Sonora, agotando su diversidad natural; o las diferentes visiones vinculadas al control de los medios de producción como mecanismo del poder político que se encuentran en Wall Unwalled (Lawrence Abu Hamdan, 2018), This Action Lies (James N. Kienitz Wilkins, 2018) y Mensch Maschine or Putting Parts Together (Adina Camhy, 2019). A este respecto, es preciso citar Algo-Rhythm (Manu Luksch, 2018) como el filme que mejor aunaba la aproximación más documental con la abstracta. Juntando a músicos, poetas y grafiteros de Dakar, se crea una suerte de batalla dialéctiva entre varios hipotéticos candidatos presidenciales que venden sus promesas a los electores. Se usan diferentes técnicas entre el vídeo-clip y las imágenes generadas por sintetizadores digitales para tejer un canto experimental e interartístico en contra del uso de los algoritmos como herramienta del poder político y económico.

Imperial Valley (cultivated run-off) (Lukas Marxt, 2018)

Estas técnicas con sintetizadores podemos también encontrarlas en It Has to be Lived Once and Dreamed Twice (Rainer Kohlberger, 2019), Momentum 115811 (Manuel Knapp, 2018), The Sound Drifts (Stefano Canopa, 2019) y Mustererkenntnis (Thorsten Fleisch, 2019), sobre las que seguramente podría desarrollarse algún argumento conceptual, pero de las que se puede disfrutar también como simple experiencia sensorial. Lo mismo puede decirse de otras cintas contemplativas, en las que se aplican ciertas intervenciones en la imagen o que buscan impresionantes efectos ópticos. Lo consigue Umbra (Florian Fischer, Johannes Krell, 2019) captando impactantes eclipses, lo que hace también Maureen Fazendeiro en la más lírica y menos científica Soleil noir (2019). Tomando una lectura de la actriz Delphine Seyrig de un poema de Henri Michaux, la lusofrancesa resalta así la belleza del fenómeno, captado en sus imágenes en blanco y negro en 16mm, con un grano especial.

No faltaron las películas de corte poético coma esta, en las que podríamos citar La balada de Sandoval (Jean-Jacques Martinod, 2019), Lore (Sky Hopinka, 2019) o Past Perfect (Jorge Jácome, 2019), aunque a mí me resultó de una inusitada belleza y de un verbo embelesador Gulyabani (Gürcan Keltek, 2018), filme que transita por momentos con inspiradora belleza por las imágenes de Artavazd Pelechian, la espiritualidad de El espejo (Zerkalo, 1975) de Andrei Tarkovsky o el bonito recital de La casa es negra (Khaneh siah ast, Forugh Farrokhzad, 1963). Me recordó sobre todo a esta película.

La selección se cerraba con Now, at Last! (2019), de Ben Rivers, que no puede ser interpretada más que como una divertida broma al espectador. ¡Son 40 minutos de observación de un mono perezoso que no se mueve! En efecto, el cineasta intenta amoldarse a sus ritmos y lo consigue a la perfección. Con Time Goes by so Slowly como banda sonora, ¿cómo no vamos a ver esto como un ejercicio de refinada ironía?

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