CURTOCIRCUÍTO 2019: ¡RADAR, REVOLUCIÓN, RESISTENCIA!

Sí, señor, sí, señor, somos la revolución, tu enemigo es el patrón, somos la revolución…” ¿Alguien recuerda esta letra de Ska-P? En ella entonaban alto y claro: resistencia, resistencia, de-so-be-dien-cia. Poco después de publicarse El vals del obrero en 1996, yo ya era un fan incondicional de los de Vallecas. A mis padres les reventaba los oídos y decían que no habían inventado nada nuevo, que eran pura canción protesta. Lo cierto es que veo poco parecido con Lluís Llach. ¿Podríamos decir hoy que Ska-P es un primo al otro lado del Atlántico de Childish Gambino? Los orígenes musicales de estas tres referencias no tienen nada que ver entre sí. Sin embargo, mis padres tenían razón en una cosa: todos ellos cantan contra los oprimidos, contra la marginación y los abusos cometidos a diversos colectivos, bien se trate de los españoles que no podían vivir en libertad bajo el régimen de Franco, una maltratada clase obrera en vías de extinción como masa organizada o contra el racismo y la discriminación que sienten algunos en la era Trump por el simple hecho de tener un color de piel más oscuro de los que mueven los hilos.

Seguramente esto también ocurra en el ámbito del cine. Pensemos, ¿son los filmes de Ken Loach y de Lav Diaz comparables? Sería como poner un Goya al lado de un Pollock. Y, sin embargo, ambos retratan a las clases más empobrecidas de sus respectivos países con una clara voluntad de denuncia política. Podemos por tanto llegar a la conclusión de que, en épocas y lugares diferentes, con tradiciones culturales muy distintas, parece que la escala social vertical se impone. Los de abajo tienen el arte como una plataforma de expresión para llamar a la reflexión y, quién sabe, quizás a la acción.

La música urbana contemporánea apunta en ese camino y, cuando se funde con el cine, obtenemos resultados como RISE (Barbara Wagner, Benjamin de Burca, 2018), una deliciosa película en la que diferentes afroamericanos en el metro de Toronto cantan sobre su realidad diaria en diversos registros y estilos de la historia de la música negra. Esa narración es la del exilio forzado, la esclavitud y el maltrato de una sociedad que todavía hoy los esquina. Con una aproximación performativa, este corto ofrece un refrescante giro al género musical. Resistid, hermanos, desobedeced, es lo que gritan al unísono todas estas voces que, no solo piden la revolución, sino que la practican a través de sus estilos visuales y sonoros resistentes, lejos de todo canon.

Esta película bien podría funcionar como manifiesto de la sección competitiva Radar, en la edición 2019 del festival Curtocircuíto. Resulta además representativa de toda una serie de filmes que compondrían una sesión única en torno a las modalidades de protesta de la raza negra en la actualidad. All These Creatures (Charles Williams, 2019) está situada en un barrio empobrecido de Australia, prácticamente en las antípodas de Canadá. Y, aun así, la realidad a la que se enfrenta el chico protagonista de la cinta no es muy distinta a la que cantan sus correligionarios en la otra punta del mundo. En algún lugar entre Moonlight (Barry Jenkins, 2016) y I Walked With a Zombie (Jacques Tourneur, 1943), esta propuesta juega con elementos folclóricos de la tradición chamánica insertados en el corazón de un cine social de voluntad lírica. Con una familia desestructurada y unas condiciones ambientales lejos de lo ideal, el chaval desarrolla un sentimiento de enfado, ese que fácilmente puede acabar por convertirse en odio, como bien nos recuerdan varias de las películas de Charles Burnett y Spike Lee con extrema eficacia. En el fondo Williams se parece más al primero, aunque la narración en primera persona y algunas florituras visuales que rozan el subrayado excesivo puedan emparentarlo más con la actitud contestataria y esteticista del segundo.

I Got My Things and Left (Philbert Aimé Mbabazi Sharangabo, 2018), Levittown (Nelson Bourrec Carter, 2018) y Fuck You (Anette Sidor, 2019) procedentes de Ruanda, los Estados Unidos y Suecia respectivamente, completarían este mapamundi de la protesta afro, en la que podría haber sido una sesión temática muy convincente, con el permiso de los programadores para reorganizar su propuesta. La primera, sobre unos jóvenes reunidos en un velatorio para despedir a un amigo que se marchó pronto de este mundo, coge elementos prestados de la esculturización visual de las figuras que viene desarrollando Pedro Costa en sus últimos filmes y, en la ejecución general, recuerda bastante también a Teddy Williams. Vuelve a aparecer la importancia del relato oral y la voluntad de trascendencia, el vínculo con lo místico y el más allá. Carter prefiere realizar un minimalista ejercicio de género en torno a la idea del hombre negro como potencialmente peligroso. Propuestas interesantes pero que se sienten ya muy vistas, comparten con las anteriores el deseo de dotar de nuevas políticas de representación a su colectivo. Esa es la cuestión, ¿no? La correcta representación de un colectivo tradicionalmente atacado en las industrias culturales masivas.

La resistencia es política, pero también formal. ¿O son la misma cosa? Pocas películas de la selección lo expresan con tanta contundencia como Fuck You. Una chica que se siente desplazada como mujer ante sus colegas masculinos roba un día de una tienda erótica un juguete con forma de pene que se ajusta con unas bridas a la entrepierna. Con esta extensión añadida a su cuerpo, se planta ante su novio para que no la vilipendie más ante sus machirulos compañeros. Lo que consigue con su actitud es extraordinario. La inversión de roles llega incluso al punto de poner en práctica una felación por parte del chico al instrumento de plástico, con ella como la vencedora de esta dinámica de poder. Un ataque frontal al falocentrismo que da la vuelta a las políticas de representación del porno mainstream de un modo lúdico juguetón, sin ninguna gravedad innecesaria.

En una selección Radar marcada por la política da resistencia también hubo espacio para otras ficciones destacables y diversas como The Boogeywoman (Erica Scoggins, 2019) o Como Fernando Pessoa Salvou Portugal (Eugène Green, 2018), que ya incluimos en las crónicas de Clermont y Curtas Vila do Conde y a las que os remitimos. Nos interesa más aquí hablar de documentales y ensayos que pueden emparentar mejor con esta sesión alternativa de Black Power.

My Generation (Ludovic Houplain, 2018), única propuesta de animación incluida en este programa, condensa en unos pocos minutos y en un solo plano toda la simbología de Occidente del último siglo. ¿Cómo? Un coche da marcha atrás en una autopista. Conduce velozmente. Plano subjetivo. Ante nuestros ojos van pasando diferentes tipos de anuncios en letreros y señales luminosas, a cada lado de la carretera, de marcas que revolucionaron el diseño corporativo y que forman parte de nuestras vidas diarias. Por ejemplo, escribo esta crónica desde un ordenador que tiene en una esquina una manzana mordida, en breve voy a calzarme unas zapatillas que se caracterizan por llevar una estrella dibujada en torno a un círculo. Si mi coche fuese heredero de ese hombre que creó la cadena de montaje, podríamos afirmar sin equivocarnos mucho que sigo el estilo de vida americano. Houplain agrupa todos estos símbolos de nuestra cultura por grupos temáticos según la industria a la que pertenezcan o al contexto político en que se inscriban, al mismo tiempo que en la banda sonora se apropia de diversos discursos orales que asocia con estos logos. Así, la animación por ordenador pasa por distintas fases, como en un videojuego, que el coche va superando sin estamparse contra los otros que conducen en la dirección contraria, hacia adelante. Houplain prefiere dar marcha atrás. Nos damos cuenta de que el vehículo va dejando un riego de gasolina. En los últimos segundos quien conduce enciende una cerilla. Ya podéis imaginaros cómo acaba la cosa, ¿no? Más contestataria, imposible.

En un registro más contenido, Operation Jane Walk (Leonhard Müllner, Robin Klengel, 2018) usa también el mundo del videojuego para hablarnos del contexto líquido en que nos encontramos. Apropiándose de capturas de un juego apocalíptico de Tom Clancy en el que Nueva York está devastada, en vez de dar batalla a los enemigos que se presentan en la ficción, estos dos austríacos prefieren detenerse en la reconstrucción en píxeles de varios edificios importantes desde el punto de vista arquitectónico en la gran manzana. Reflexionando sobre el impacto social y simbólico de los edificios, sobre la idea “regeneradora” del capitalismo, que acaba por imponer importantes reestruturaciones urbanísticas, esta pareja propone una confrontación resistente a la ordenación de nuestras vidas que también se ejecuta desde la arquitectura. Y lo hace a través de un medio estrictamente arquitectónico como son los videojuegos. Pura arquitectura, pura ideología.

Para acabar con estos ensayos en torno a las políticas de representación, queda hablar sobre The Art of Set Design (Jan Ijäs, 2019) y The Sasha (Maria Molina, 2019). Ijäs realiza un viaje a Corea del Norte y filma la urbe y la circulación de las masas en la misma. Sobre estas imágenes, lee un ensayo de Kim Jon-il sobre la puesta en escena de un cine que deberá ser revolucionario. Lo cierto es que bastante brillante. El dictador reflexiona precisamente sobre cómo debe representarse la sociedad norcoreana de un modo fidedigno y concede una gran importancia a la realidad, sin imponer artificios propios de cines contrarrevolucionarios. El discurso es obviamente maniqueo, el de un encantador de serpientes. Un ejemplo: “Todos somos producto de lo que nos rodea, y a la vez le damos forma. Cada persona decide cómo relacionarse con su entorno”. Esta declaración encapsula la contradicción del líder, que Ijäs evidencia a través de la filmación de un espacio urbano muy ordenado, en el que los norcoreanos se mueven coma hormigas trabajadoras. La arquitectura, el cine. Todo es representación, poder político. Los filmes norcoreanos debieron representar bien la revolución, desde luego, pero siempre desde los términos de los que los controlan. Así, ¿puede ser el cine una importante arma de representación, método revolucionario de un pueblo para construir su propio destino? Quizás, pero cuando lo controla el poder político volvemos al inicio. Bendita resistencia, también contra la revolución que no es la tuya.

Por último, The Sasha se monta en torno a material de archivo sobre la expedición del Apollo 16 a la luna. Molina juega a mezclar el concepto sudafricano de sasha, un espíritu que se queda en el recuerdo, con la voluntad del astronauta Charles Duke de obtener la inmortalidad sacando una foto de la Tierra desde el espacio. Como le dicen los superiores, su legado quedará en esa instantánea, no en los descubrimientos que puedan hacer sobre el astro. Duke tiene la mala suerte de no encuadrar bien y no logra captar la totalidad de nuestro mundo. Un par de años después otros exploradores sí lo harán. Su fotografía se perderá en los anales de la historia. De nuevo, un filme que se pregunta sobre la importancia de la representación, en este caso con respecto al legado de la humanidad. Y nos ponemos místicos. Como dijo Ray Bradbury, convenientemente citado: “Lo que la humanidad ve en la exploración del espacio es la primera oportunidad de inmortalidad desde que inventó la religión”. Y toda religión construye una narración a través de imágenes inmortalizadas, de sus símbolos. Garanticemos que se escojan los apropiados la próxima vez.

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