FIRST LOVE (初恋, TAKASHI MIIKE, 2019)

NIHILISTA Y AGUDAMENTE LIGERO MIIKE

El ser humano es una comedia, (…) lo da todo por encajar, hasta el punto que parece ridículo”. Son palabras de Takashi Miike en reflexión sobre su obra en la campaña de promoción de su último filme de estreno en España, First Love (初恋, 2019), y, debemos decir que, por una vez, último filme en general. No sabemos si es la edad o la COVID-19, pero el nipón no ha sacado película en 2020, y tampoco ninguna más el año pasado. Uno estaría tentado a decir que se va atemperando, pero observando su reciente cinta, está claro que no. Autor de alrededor de un ciento de historias, esta declaración suya bien podría definir su trayectoria completa y, sin duda, supone un resumen perfecto de lo que es First Love.

Con guion escrito por Masa Nakamura, colaborador habitual con el que ha trabajado en 11 ocasiones, algunas tan relevantes en su carrera como Big Bang Love, Juvenile A (46億年の恋, 2006) o Sukijaki Western Django (2007); la narración sigue a un conjunto heterogéneo de personajes, envueltos en una trama entre dos bandas de yakuzas enfrentadas. Tratándose de un trabajo muy coral, podréamos considerar a tres sus protagonistas: un joven boxeador diagnosticado de una enfermedad incurable, al que supuestamente le queda poco de vida; una chica drogadicta obligada a ejercer de prostituta para pagar unas deudas; y un mafioso recién salido de la cárcel cuyo único objetivo en la vida parece la venganza. Cuando la chica escapa de sus captores y coincide accidentalmente con el boxeador, quien la salva de ser atrapada por un policía corrupto, el flechazo es directo y él decide que su sentido vital es proteger a esa criatura indefensa y perdida antes de pasar a mejor vida. Incluso si la acción que se desencadena a partir de ahí es un vertiginoso frenesí de individuos peleándose por un alijo de drogas que pasa de mano en mano más rápido que la antorcha olímpica, una continua y cinética huida hacia adelante; el viaje de los jóvenes es interior, van en busca de sí mismos y, posiblemente, de una compañía que los ayude a soportar suas respectivas penurias. Junto con el airado mafioso, son los únicos en toda esta recua de personajes a los que les queda algo de honor, un elemento fundamental en el género del filme, que aquí parece desaparecido. Las nuevas generaciones tratan con respeto al viejo líder, pero por detrás todos conspiran con otros grupos, tienen tratos con la pasma o están prestos a vender su alma al primer diablo que aparezca en la esquina con tal de ganar algo de parné. Apenas existe un atisbo de humanidad en la película, únicamente representada por estos seres anacrónicos, bien por quedar anclados en antiguas costumbres o por ser todavía demasiado jóvenes como para haber caído en la perversión.

En efecto, este trío desea encajar a toda costa y encontrar su camino, hasta el punto que sus esquemáticas decisiones son de pantomima. También son personas que se definen con respecto a otras – ¿no es esto cierto para todas? –. La vida del boxeador cobra sentido al salvar a la chica, mientres que ésta encuentra su único consuelo en su compañía. El viejo yakuza tiene una última cosa en la vida que hacer, matar a su rival, su némesis. Su definición como personaje está marcada única y exclusivamente por este hecho. Aquí se entrelazan otros dos temas caros en la filmografía de Miike: la inocencia y explosión expresiva de la juventud y la crítica voraz al deseo de muerte tan arraigado en su cultura desde los códigos samuráis. Esto es llevar una de las esencias de la filosofía zen, la inmanencia, hasta sus últimas consecuencias, dándonos un final acelerado y al que no tememos. En efecto, le guerrero que no tiene miedo a la muerte es capaz de muchas cosas. El yakuza y el boxeador pueden romper todos los límites de su fisicidad hasta destruirla, pues son instrumentos de muerte, la de otros y la suya propia.

Miike se muestra así profundamente nihilista, sonriendo ante la aparente pérdida de sentido de la vida que a veces experimentamos todas las personas. Sus personajes están descritos con pocos trazos, pero no son gruesos. Su esquematismo no puede llevarnos al engaño de creer que estamos ante un filme sin profundidad. Seguramente ligero y espídico, pero bajo tanto artificio se esconde una trabajada lectura de la condición humana.

¿Cómo lo hace a nivel estético? Pues acercándose de una forma inusitada al anime más loco – hasta hay una disfrutable secuencia animada –, con una acción próxima al slapstick, donde caben todos los petardos visuales que se puedan imaginar, donde se dan circunstancias que solo pueden salir de la mente de un genio y sostenerse por una puesta en escena imaginativa, que roza lo inverosímil sin caer en el ridículo. Con un estilo más pulcro que en sus obras más radicales, nos encontramos en todo caso ante un Miike en plena forma, que entrega un filme divertido y frenético sin renunciar a una profundidad filosófica que no se encontraba en trabajos recentes con una manifiesta voluntad de peso dramático. Absolutamente recomendable.

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