Crónica 22 de noviembre

En los dibujos animados, en la demolición de un edificio, hay un instante en el que la bola toca la pared y el inmueble aún está en pie, pero no podemos hacer nada contra el derrumbamiento. Es inevitable. Ahora estamos en ese momento”. Son las palabras del personaje de Hamish Linklater en The Future, que, como decíamos ayer, no es buena, pero deja caer alguna por el camino.

Estas líneas podrían resumir la dirección que está dibujando el programa del FIC Xixón 2011. Si Nicolas Klotz y Elisabeth Perceval confían en Low Life en la fuerza todopoderosa del arte como último reducto de resistencia de una juventud desarraigada de la cultura de los padres, varias propuestas vistas hoy arrojan luz sobre los motivos de la desconfianza de estos hijos hacia sus progenitores.

El estudiante, de Santiago Mitre, gira en torno a un entusiasta chaval que se mete en política a través de una candidatura al rectorado de la Universidad de Buenos Aires. Mano derecha del líder, acaba siendo traicionado por éste en un juego de maquiavélicas intrigas que toma la forma de un thriller, aunque este largo esté quizás más cerca del cine militante clásico.

Interesante en su puesta en escena, la cámara tiembla siempre, fruto de la inseguridad del protagonista, salvo cuando éste conversa con su jefe, en el que confía plenamente. Aquí los movimientos se hacen más suaves o son incluso inexistentes, decididos. Más allá de la coherencia estética, y de una narración que se pregunta sobre la veracidad de la crónica periodística (en su formato fílmico), El estudiante es sobre todo un grande trabajo de guión.

De él se desprende la desafección de la gente joven hacia las instituciones. No se ve la política como una salida. ¿Confianza en los bancos? Nula. O eso deja claro Johhnie To en Life Without Principle.

El maestro de cine de acción hongkonés rebaja el tono y los niveles de hemoglobina en una contenida película sobre los movimientos en la bolsa de unos mafiosos, que pierden considerables beneficios el día que se anuncia el rescate económico de Grecia. Las intenciones son loables, pero realmente la historia resulta tan inconexa y fragmentada, que no llega nunca a atrapar. Por otra parte, podría haberse desarrollado en cualquiera otro contexto y sería la misma, lo que no juega a favor de un filme que pretende hacer un análisis del impacto de la crisis en nuestras vidas a partir de un ejercicio de género.

Peor aún lo tienen las prostitutas de Whores’ Glory, sin ninguna figura de apoyo a la que acudir. Michael Glawogger realiza un tríptico que nos lleva a burdeles de Tailandia, India y México. Conocido por su capacidad para construir hermosas y esteticistas ‘set pieces’ de los ambientes que retrata, es también un maestro en eso de borrar fronteras entre el documental y la ficción, con un potente y personal registro quizás solo puede igualar en el cine actual José Luis Guerín. Pero las múltiples virtudes de la excelente Megacities solo están presentes aquí en la primera parte del tríptico, que recuerda en su mirada al mercado de la carne que aparece en Workingman’s Death.

Sea como sea, con o sin irregularidades en su metraje, las películas de este FIC Xixón dialogan todas muy bien entre ellas, otorgando pistas para comprender el “contexto pre-revolucionario” (Santiago Fillol dixit) en el que nos encontramos. El arte imita a la vida, ¿o era justo lo contrario?

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