INTERSECCIÓN 2019: ¿A QUÉ SABE EL VIDEO ARTE GALLEGO?

En el cruce de las artes plásticas y el cine de vanguardia se genera un espacio en el que se acomoda por segundo año el Festival Intersección. En A Coruña se encontraron en la pantalla de sección gallega las obras de Verónica Vicente, Carla Andrade, Carme Nogueira, Félix Fernández, Lara y Noa Castro, Edu Fernández, Alberte Pagán, Iria Vázquez, Iago Eireos, Cillas Rodríguez, Teresa Búa y Vázquez/Arrieta.

¿A qué sabe este mordisco al videoarte gallego actual? Sara Donoso, del equipo de Intersección, nos invita a plantear más dudas que a buscar definiciones. En esta edición vimos “inquietudes distantes y suspicacias próximas, tratamientos formales evocadores, próximos a la poética del etéreo, y documentales que retratan la realidad sin ornamentos. Artistas que piensan el paisaje y otros que la integran en el territorio, piezas donde la cámara quiere ser el registro de una acción pero finaliza adquiriendo entidad propia, dejándose llevar por la mirada que despiertan la risa y a veces hieren al orgullo”.

Sara Donoso [en el centro] moderando un coloquio con Edu Fernández y Carla Andrade

A pesar de lo jugoso de hablar de las obras, este texto pretende alejarse un poco de las mismas. Dar un paso atrás para abarcar más de lo que ocupó la pantalla y esclarecer cuáles son las partes dulces y amargas del videoarte gallego. Al resultar demasiado complejo asir este arte híbrido en un puñado de filmes, nos distanciamos para conseguir disipar las categorías que lo etiquetan y dejar paso a lo genuino. Un festival no es sólo una programación. Las programaciones no son tampoco solamente la concatenación de filmes por concordancias destiladas de los contenidos o sus formas. Son también las voces que las han coreado, las actividades alrededor de las mismas obras, las que más nos hablaron de qué queremos que sea el panorama gallego.

Nuestro videoarte es, antes que nada, sus creadoras y creadores. Intersección les resultó un espacio en el que compartir trayectorias, inquietudes y miradas entre compañeros de banquillo. Aprender también de video artistas como Salomé Lamas y Dora García. “Estoy contenta de estar entre amigos”: resumía Carla Andrade. Para la plena salud de las obras se precisa de espacios más accesibles que las respalden y sobre todo, que las acerquen al público ya que por su naturaleza tienen vidas muy variadas al finalizar el festival. La dificultad extra del videoarte radica en que, a pesar de la multiplicidad de plataformas de consumo y la aparición progresiva de salas especializadas en cine de autor, éste sigue huérfano de espacios paralelos a galerías, museos y exhibiciones.

Sara Donoso tamiza las diferentes tendencias: “algunas formarán parte de un conjunto mayor, otras se extraen como experiencias de proyectos sociales colectivos o surgen para documentar un trabajo artístico determinado. Hay autores que se dedican por entero al audiovisual y personas que, en su trayectoria, hacen uso de varias disciplinas y herramientas. Son diferentes sus estilos y velocidades, también su imaginario y sus vivencias y, por tanto, las decisiones tomadas en relación a la pieza”. El Festival se suma como una pantalla más: pieza necesaria a la proyección de futuro de lo que allí se vio. El videoarte gallego se añade al rico plan de festivales que soportan el cine documental, experimental y de autor.

Para entender de qué ingredientes estéticos y cinematográficos estamos hechos y con qué ojos nos acercamos al videoarte de hoy es también necesario preguntarnos por los inicios del mismo y su academia en nuestro territorio. Como dirían Jean-Marie Straub y Danièle Huillet: hacer la revolución es nada menos que volver a colocar en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas. Eso se consigue, por ejemplo, con la retrospectiva llevada a cabo con las obras archivadas de la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra. La que sería, en teoría, la principal cantera de este arte plural. Este añadido del festival trae a la palestra los esfuerzos que se han concentrado tras la experimentación artística y la cristalización de obras que no han sido exhibidas en circunstancias similares nunca. Exhibir por lo tanto este archivo “congelado” es recuperar el conocimiento específico de historia de nuestra filmografía en el campo y ver qué recetas hemos empleado en el pasado. Se consigue transmitir así la existencia y vitalidad de la formación artística y el músculo de sus principales (aunque no únicos) portadores: las y los profesores y académicos. Sol Alonso, profesora de la Facultad de Bellas Artes habla de la dignificación que conlleva esta puesta en escena. Y podemos relajarnos, ya que la académica nos advierte de que esa dificultad de nombrarlo hoy está presente desde sus inicios como arte o cine (o híbrido) en ideología y estética. Podemos saborear más tranquilos las preguntas y no forzar las definiciones.

Esta selección que aunó obras desde los 90 a la actualidad ayudó al entendimiento contemporáneo de las nuevas articulaciones y la evolución de los materiales audiovisuales. Esta muestra también destiló vicios, maneras de mirar generacionales centradas generalmente en un yo, ausente de tiempo, forzando las virtudes del digital frente a un fílmico aparcado y un interés autorreferencial de la narrativa. No fue un cocktail demasiado original pero sí un vistazo a las entrañas de la “fábrica” de artistas locales y sus inquietudes audiovisuales desde los 90 hasta hoy y un claro ejemplo de la maduración progresiva de Galicia en la materia.

Alejándonos todavía más, ya casi en la vista panorámica en la que la pantalla desaparece, se realizó la mesa redonda organizada por A Colectiva. Quienes se sientan a la mesa para comer esta vez son la voz de la comunidad contemporánea de artistas y profesionales que desarrollan su actividad en el territorio gallego coordinado por Juan Lesta. Chus Villar Iglesias, Jaime Pena y Olaia Sendón fueron los encargados de presentar el tejido profesional, analizar el sistema productivo y plantear cómo generar un conocimiento específico para este sector hablando de los modelos y políticas de apoyo a la creación. Se plantearon ingredientes que dificultan la digestión de nuestro videoarte y la salud de los artistas: sobre todo falta de comprensión de este tipo de creación audiovisual, falta de colectivos y movimientos acompasados hacia la generación de espacios de exhibición compartidos entre artistas y público. Estos problemas, de nuevo, se generan desde las entrañas del sistema educativo artístico. Puede que la falta de allanamiento del camino para que las obras despeguen sean los escasos espacios que no saben generarse desde la también cantera de curadores como la Facultad de Historia del Arte y las demás facultades de Comunicación Audiovisual. No existe un ecosistema joven y temprano relacionado con esta video creación y tampoco un camino fácil para exhibirlas e incluso distribuirlas. Si no hay suficientes espacios, o los que hay son poco conocidos, a lo mejor hay que enfocar los esfuerzos en calentar a los futuros consumidores, teóricos y artistas que se forman para amasarlas. En el Festival hay que celebrar el trabajo de estudiantes de la Escuela de Imagen y Sonido y algunos alumnos curiosos de Bellas Artes que se acercaron a ver simplemente qué había surgido años atrás en las paredes de su misma facultad.

Esto se acaba de cuadrar con otro plato que aporta Intersección al videoarte gallego: la edición de libros. La presentación del libro de Sara Donoso basado en su tesis doctoral sobre la pintura y el paisaje en el audiovisual gallego y la futura edición de otros recetarios de nuestro arte asegurará la consolidación de estos encuentros en bibliografía que enriquezcan y consolide lo aquí generado y visto. Con el tiempo necesario para volver a estas piezas los futuros textos anclarán en el tiempo lo aquí celebrado: una sección gallega de video artistas variada, con un empleo a veces poético o estético del medio audiovisual como fin, o un espacio en el que reivindicar nuestra posición como generación que tiene ganas de crear y explicarse. Pero sobre todo generará un apoyo indispensable para la crítica artística, los principales cinéfilos necesitados de esa misma creación.

Planteado ya los sabores que no casan, pero viendo la calidad de nuestra materia prima ¿Por qué no usar esos mismos ingredientes para cocinar algo nuevo? Así es como se aprovecha el hueco creado por el Festival y se contribuye. Para darle una vida más larga y mejor a lo que sí hemos visto y para esperar preparados al videoarte gallego del que nos alimentaremos mañana.

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