LA FAMILIA SAMUNI, de Stefano Savona

Si vivir en la devastación es mínimamente reproducible mediante el cine La familia Samuni nos acerca a la experiencia con la alquimia de lo real, la animación y las recreaciones de grabaciones por drone de los ataques militares. Insensibilizados por el anonimato de las imágenes que se acostumbran a ver en los medios del conflito palestino-israelí, desprendidos de la realidad y regados de escombros, durante el visionado del film nos relacionamos con las víctimas de la familia Samuni. Convivimos como ellos en la línea (o la Franja) en la que se comparte espacio con la resiliencia de la vida enfrentada a la devastación y el olvido. La sensación que nos deja el documental, es de haber estado sentados a su lado, caminando con ellos en lo que es su casa ahora, el distrito de Zeitún. Escuchamos y nos acercamos a sus conversaciones, acompañándolos en la pena inconmensurable que destila gota a gota.

Stefano Savona nos presenta esos fragmentos de vida con pausa, con un acompañamiento silencioso. Deja respirar los momentos de convivencia entre ellos y simplemente los registra. Uno a uno sus nombres van apareciendo, vamos entendiendo progresivamente quiénes han sido asesinados, aunque nunca llegamos al por qué justificado. Porque la justificación no existe ante la masacre, porque no podría encontrarse ni entre las toneladas de escombros que daban forma al día a día antes de que el ataque sucediese. Es precisamente en esos registros pausados, concentrados en lugares uno a uno, que adquirimos el ritmo vital de los que allí viven, de la psique de la familia, de la falta de comprensión ante el caos. En esta zona rural de la ciudad de Gaza, nos movemos mediante la cámara, conocemos los árboles que ya no están cuando los ojos de los protagonistas vuelven a mirar espacios donde sucedía la vida y ya no queda nada.

“No recuerdo ninguna historia. Ninguna.” Así comenzamos el film, conociendo a Amal una pequeña quien asegura haber perdido la capacidad de narrar. La niña sale de la tienda en la que se encuentra, y nos relata cómo ha desaparecido un sicomoro gigante, frondoso, que casi llenaba toda la calle donde los niños solían recoger la fruta y jugar. Camina en círculo recordando hasta dónde alcanzaban las ramas. Sí que es capaz de contar historias, pero la devastación que la rodea y la falta de sus mayores quienes portaban esas historias han dejado el mismo hueco al que el árbol ya no da sombra. Esas mismas historias, las que Amal no consigue narrar atravesada por los traumas y por la metralla incrustada en su cráneo por el ataque de la campaña militar lanzada por el ejército israelí entre diciembre de 2008 y enero de 2009, nos las acerca el director desde esa otra dimensión en la que sigue existiendo, donde la cámara no llega. La animación diseñada por Simone Massi, animador independiente de reconocimiento internacional, dibuja una dimensión claustrofóbica e inmersiva de las historias a las que se les ha bloqueado el acceso, las que a lo mejor no pueden narrase porque es demasiado doloroso tocarlas. Podría ser que la vida se vive así, entre un limbo de imágenes de lo real y recuerdos de luz y sombra, casi epilépticos, de qué ha desaparecido y cómo. El trauma se vislumbra en diversas dimensiones. Capas como formas de narrar cinematográficamente, cápsulas que no tienen tiempo como células suspendidas de lo que aconteció que no se encuentra en ningún tiempo real, pero que está presente en el subconsciente de un territorio devastado.

Comenzamos por conocer la realidad por los niños. Los niños pasean por los campos, cantan canciones, hablan de los árboles, de los que ya no están y de los que han plantado, de los que serán suyos y cuidarán en el futuro. Pero el presente se vive de maneras muy diversas en el territorio. Los jóvenes y casi adultos, madurados forzosamente por unos ojos que han visto demasiado, hablan del deseo de casarse, pero esta idea se diluye entre conversaciones en tiendas que no servirían de casa a sus futuribles familias. Los adultos, los padres y las madres, continúan sustentando la vida que queda, hacen el pan, reconstruyen la zona poco a poco, se ocupan mediante el trabajo, aseguran las paredes de lo que queda para un futuro por el que luchan, aunque siga siendo incierto.

Amal, la niña por la que nos introducimos en este pequeño espacio de mundo desde el inicio lleva por nombre árabe “esperanza”. La esperanza aparece al final, en la simple celebración de una boda en la familia, como agua que consigue regar los olivos que aún conservan la memoria de la vida, de aquellos que no pueden olvidar y que se mantienen aferrados a la tierra, como se aferra también la familia Samuni. Como esos árboles que se siguen plantando en tierras llenas dolor enterrado nacerán cosas nuevas para esta familia y los demás habitantes. Unas ganas de continuar a pesar de todo que enraiza en un suelo árido pero que se sostiene en la vida.

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