LA VIDA LLIURE, de Marc Recha

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“Me acuerdo de él como si fuese ayer, arrastrando los pasos hasta la puerta de la hospedería, y del cofre que lo seguía en una carreta; alto, fuerte y pesado, era un hombre acastañado; el cabello aceitoso le caía en los hombros del abrigo azul sucio; las manos encallecidas y cubiertas de cicatrices, las uñas negras y rotas, y a marca del golpe del sable a través del rostro era de un blanco sucio y lívido”. Así recuerda Jim Hawkings el momento en que su vida se cruzó por primera vez con la de Billy Bones. Junto al pirata, el joven es parte del combinado de la clásica novela Treasure Island, del autor británico Robert Louis Stevenson. El pirata, el protagonista joven e inexperto, el tesoro escondido, el cadáver, los enemigos… Todos estes elementos juntos, característicos de la novela de aventuras canónica, son usados por Marc Recha, que se toma la libertad de reproducirlos y reinterpretarlos en su nueva obra, La vida lliure (2017).

Como la mayor parte de los tropos narrativos, los lugares comunes como las historias de piratas no solo permiten al público un refugio en los torrentes y meandros previsibles del cuento, sino que también ofreen una base firme sobre la que reinventar y construír. Despúes de sus filmes Petit indi (2009) y Un dia perfect per volar (2015), donde experimenta con otros géneros como el western o los relatos de fábula o fantasía, Recha toma el turno de palabra en La vida lliure en un diálogo ficticio que establece con Josep Pla.

El gran prosista catalán influye con su estlo claro y preciso sobre esta película . Destaca principalmente la marca de su obre Aiuga de mar (1966), un conjunto de narraciones breves de temática marinera, con una alta carga autobiográfica de su juventud. Con una voluntad consciente por evitar filigranas estilísticas y retóricas futiles, Pla trabaja un arte literario basado en la observación atenta de la realidad.

Emulando esta sencillez del autor, Recha dirige –a partir de unos recursos mínimos, tanto de estilo como técnicos– una película de acción sin acción, un espacio de formas puras en los que Tina (Mariona Gomilla) y Biel (Macià Arguimbau) son personajes centrales. “La vida lliure la empecé sin dinero, yo solo con mi hijo en Menorca. Y, poco a poco, se fue sumando e resto del equipo, igual que el dinero y las ayudas a la producción”, comenta el director (en una entrevista a RTVE), quien también reconoce la influencia innegable de Moonfleet (1955), película de aventuras protagonizada también por niños.

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En la película, Tina y Biel son dos hermanos menorquinos que, en el año 1915, viven con su tío (Miquel Gelabert) mientras que su madre trabaja en Argelia. Su rutina alejada de los grandes eventos que sacuden Europa en ese momento– la Primera Guerra Mundial– se ve alterada con la llegada de Rom (Sergi López), un forastero que empieza a vivir en una cabaña de marineros próxima a ellos. Los hermanos pronto empecerán unha relación con este misterioso personaje que vigila de cerca la opulenta embarcación que fondea la costa. Rom no solo abrirá nuevas puertas a los niños, sino que será una fuente de conflictos y enigmas ante el descubrimiento de un tesoro encontrado por los hermanos.

La pérdida de la inocencia y la naturaleza son elementos centrales en esta narración intimista que presenta Marc Recha y para la que se necesita cierta disposición de la parte espectadora. Con una formulación sin grandes alardes, el director logra crear una atmósfera natural e infantil que no cae en parajes bucólicos o relatos simplistas, sino que capa tras capa consigue un hummus de historias que remiten a las tardes de verano, a los juegos y ensoñaciones de las edades más tiernas. La vida lliure incita a la imaginación y presenta, para quien quiera buscar, historias paralelas de traición, pobreza y guerra.

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