LAS NUEVAS OLAS: SWEET 16

En nuestra crónica de la sección oficial del SEFF en 2014, comentábamos que la selección de títulos, si bien mayoritariamente de calidad, era muy obvia y de poco riesgo. También, es posible, inconexa. Hay dos modos de hacer un programa oficial: seleccionar los mejores títulos – por otro lado, cómo se puede determinar eso – o escoger buenos filmes que guarden conexión entre ellos. El programador se ve en la encrucijada entonces de dejar películas fuera que pueden ser buenas, pero que simplemente no encajan en su discurso; o puede discriminar con criterios de excelencia académica y desatender todo un cine subterráneo y en los márgenes. De un modo u otro, siempre se sacrifica algo. Por fortuna, el de Sevilla es un festival diverso, y fuera de la sección oficial se permiten ciertas travesuras impensables en la competencia.

Las Nuevas Olas es la sección que más nos gusta, la del programador que ama esos filmes irregulares, pero fascinantes, ¡y qué bien van de la mano! En este contexto, nos parece advertir dos tendencias principales, una de ellas heredada de viejas prácticas del equipo de José Luis Cienfuegos en su anterior etapa en el festival de Gijón, originariamente certamen juvenil y con un cierto poso aún de esta tradición. Los Sweet 16 remiten a un sentimiento generacional – debiéramos precisar, el de una dilatada postadolescencia, más que remitirse a una edad concreta – y al uso de un formato rescatado, los 16mm, común en muchas de las ficciones de los realizadores más jóvenes. Además, la no ficción se muestra como ventana a un modo convulso, con un conjunto de filmes que nos ayudan a reflexionar sobre el estado de la política actual, desde presupuestos estéticos diversos, ofreciendo un amplo abanico de las corrientes del documental. Para no perdernos en este complejo mapa, acotemos.

los_hongosUn premio ejemplar

De Las altas presiones (Ángel Santos, 2014) ya hablamos el día del estreno, y resultó galardonada. El reconocimiento lo da un grupo de estudiantes sevillanos, que seguramente se vio representado en esta historia que, más que en el angst adolescente de las primeras obras del gallego; se sitúa más bien en una suerte de mal du siècle de la mediana edad. En todo caso, hablamos de estados convulsos del ánimo, difícilmente identificables por los que los padecen, una situación de impasse sentimental que parece común en los filmes de los jóvenes realizadores que componen Las Nuevas Olas. Por eso, si el premio es por representatividad, el jurado ha dado en el clavo.

Los hongos (Óscar Ruiz Navia, 2014), Mercuriales (Virgil Vernier, 2014) – nuestras ficciones preferidas, las más arriesgadas y anovadoras – Something Must Break (Ester Martin Bergsmark, 2014) y Moonless Summer (Stefan Ivancic, 2014) se sitúan más en el angst. Las dos primeras añaden además un subtexto político en el comportamiento de sus protagonistas y en el contexto que eligen para desarrollar su historia. Resulta obvio en los graffiteros de Los hongos, una suerte de Paranoid Park (Gus van Sant, 2007) latino que confirma al realizador como la gran promesa del cine colombiano. Ya en Solecito (2013), el director mezclaba de un modo personal la entrevista con actores no profesionales con una puesta en escena sosegada, en la que todo se va descubriendo en el diálogo. Una especie de cruce entre los documentales de Jia Zhang-ke y el último y más pausado – si bien aún postmoderno – Quentin Tarantino. En el cine de Ruiz Navia, la música juega también un papel importantísimo en el montaje, como intensificador de sentimientos y separador de set pieces o cambio brusco del punto de vista. Pero donde este personalísimo filme encuentra su mayor fortaleza es en la dimensión humana, con una trama que parte de historias familiares – no por nada dedica la película el autor a la abuela fallecida – y rodada en su contexto más próximo. Esta frescura remite a la de otros colegas latinoamericanos, como Nicolás Pereda o André Novais Oliveira, en lo que ya casi parece una tendencia continental. Cada uno de ellos parte de diversas referencias, pero todos tienen una mirada única.

En el caso de Los hongos, la política se cuela en el filme al dar voz al colectivo graffitero – la pintada como acto de resistencia, curiosamente vinculado a otros movimientos de protesta como las Primaveras Árabes – y en el relatorio del álter ego ficcional de la abuela, que hace casi que un repaso a la política colombiana de mediados de siglo – ¿puede que esté remitiendo a La Violencia, las guerras civiles colombianas? – a través de una secuencia construida a base de fotos, en la que se vuelve a colar el documental con fuerza.

Mercuriales cuenta con dos protagonistas femeninas que intentan salir adelante en un contexto de precariedad laboral, en el que se buscan a sí mismas. Con un pie en el fantástico más evocador, en la buena tradición francesa de Jacques Tourneur, la película se presenta coma un relato mitológico de banlieu, mezclando cine social – de nuevo, con un claro poso documental – y retrato generacional a partes iguales. Puede que sea demasiado indie y cool, quizás Vernier haya logrado atraparnos con unas cuantas luces abstractas markerianas y un montaje musical electrónico atractivo. Puede que haya más forma que contenido. En todo caso, nos ha fascinado, y este filme merece estar aquí solo por coherencia con la línea que el SEFF viene marcando en sus tres últimas ediciones. Hay que sumar a Vernier una nómina de autores galos (Justine Triet, Antonin Peretjako, Yann Gonzalez, Vincent Macaigne, Guillaume Brac…) en la que Sevilla parece haber puesto el ojo, y no sin criterio. Ya lo decíamos el año pasado. El tiempo dirá si estamos ante una nueva Nouvelle Vague.

fidelioPasiones adolescentes

Moonless Summer es el típico relato de flirteos de verano de dos hermanas adolescentes que se quedan solas en la casa de campo familiar. Ivancic tiene un estilo que pasa desapercibido por su contención formal, rara en un realizador tan joven. Con Soles de primavera (2013) ya lleva dos relatos estivales que lo van situando en una suerte de modernismo balcánico. Otro autor a seguir, de eses que comienzan sin hacer mucho ruido y van tomando posición poco a poco. Ojalá pudiésemos decir lo mesmo de Bergsmark, pero su Something Must Break es simplemente otro filme de adolescentes en contexto de exclusión bien contado, nada más y nada menos. Militante protrans, lo mejor que se puede decir del filme es que trata al colectivo con naturalidad, siendo la sexualidad un tema central en el filme, pero no un fetiche o motivo de impacto visual.

Con chicos sacados también de la calle, Jean-Charles Hue vuelve a sus ambientes gitanos en Mange tes morts (2014) para, con una sobriedad de recursos importante, construir un film noir con atmósfera. Además de una fotografía de Jonathan Ricquebourg que utiliza de un modo inteligente los negros de la noche como elemento de suspense; es también importante en el filme que en todo momento se habla en jerga. El francés de los protagonistas es un galimatías en el que perderse, un placer lingüístico extra al de adentrarse poco a poco en sus propios códigos de honor, núcleo del conflicto.

Parasite (Wilhelm e Anka Sasnal, 2014) y Fort Buchanan (Benjamin Crotty, 2014) siguen ahondando en estas situaciones de impasse, pero su exploración se antoja excesivamente esteticista. Sabíamos, gracias a sus colaboraciones con Gabriel Abrantes, de la querencia de Crotty por el género y el material innoble televisivo – como confesaba en el encuentro con la prensa, de las soap-opera yanquis, de las que ha intentado extraer petróleo de sus huecos diálogos – lo que no pensábamos es que su propuesta pudiese quedarse tanto en lo teórico. Ficción conceptual espesa, Fort Buchanan es un paseo de rostros guapos, sexualidad de porno barato y líneas anodinas que quizás intentaba establecer alguna suerte de reflexión sobre lo que se parece nuestra vida a una ficción barata. El carácter lúdico de las obras que comparte con Abrantes desaparece para quedarse solo con la parte más discursiva de sus películas. No vamos a mandar a Crotty al paredón, porque donde hay intención y bueas ideas, siempre puede haber espacio para filmes mejores, incluso excelentes, pero el visionado de Fort Buchanan fue una verdadera tortura, más doloroso si cabe por las altas expectativas. Eso sí, se nota que ha aprendido a filmar en Le Fresnoy, por lo menos sabe qué hacer con una cámara de 16 mm. A Parasite le pasa algo parecido. Pieza experimental de narración mínima; cuenta con flous, desencuadres, ángulos imposibles y atmósferas tóxicas que intentan evocar el malestar interno de los protagonistas, abrumados por la vida. Hay una búsqueda estética interesante, pero no aguanta sus 66 minutos de metraje, se siente perdida en una idea evocadora de ese mal du siècle que sí daba para un corto curioso.

Para acabar con las ficciones, vimos tres películas más (imposible abarcarlas todas) que se nos quedan un poco fuera de esta vía principal que apuntamos. Tonight and the People (Neïl Beloufa, 2013) podría tener conexión con Fort Buchanan por eso de que cruza como mil géneros hollywoodienses en un contexto apocalíptico, metáfora del estado político actual. Hay quien la aprecia como divertimento metalingüístico e intelectual, por intentar darle sentido a lo que ha visto. O, simplemente, quizás es que estamos ante un despropósito de magnitudes apocalípticas, en efecto. La fossa (Pere Vilá i Barceló, 2014) es la segunda ficción española en la sección. Evocador filme de memoria histórica, está contado en tres actos bien diferenciados, cada uno de ellos con pretensiones distintas, unidas por un único personaje, interpretado en dos edades distintas por Lluís Homar y Josep Maria Domenech. Los actores son lo mejor de un filme pequeño, sencillo, que reflexiona sobre la ausencia, el sentimiento de culpa, la contención del deseo… En definitiva, habla de la interrupción de muchas vidas y proyectos que trajo la Guerra Civil Española, pero decide hacerlo apelando a lo universal. No se puede decir nada especialmente sorprendente de este filme, tampoco se le puede reprochar nada. Fidelio, l’Odysée d’Alice (Lucie Borleteau, 2014) es también el retrato de una persona perdida, que no está en su tiempo o contexto. Pero es mucho más personal y valiente que la propuesta de Vilá i Barceló. Borteleau ha sido asistente de Arnaud Desplechin en Un conte de Noël (2008), de Lou Ye en Love and Bruises (2011), y de Claire Denis en White Material (2009). No ha tenido malos maestros para su ópera prima. Toma sobre todo de la última su estilo seco y un modo distante y analítico de abordar el sexo. Porque de eso trata Fidelio, de la capacidad de mantener una relación sentimental, amantes por delante. Una Ariane Labed magnética sostiene un filme que la sigue y busca constantemente. Ella es el centro de atención en este estudio sobre el amor, de la mano de una persona que intenta aprender de su desjuiciada sexualidad. El estigma que el filme presenta no tiene alma feminista, aunque pudiese parecerlo dado que Alice es la única mujer en una tripulación de marinos, un mundo de hombres heterosexuales; es en esencia el retrato de una inadaptada en una sociedad a la que le gustan los corsés y que lleva mal lo de aceptar la aparentemente natural poligamia del ser humano. Cuando Alice le confiesa a su novio “me acosté con él para salvar nuestra relación”, no existe ninguna contradicción en esta afirmación. A ella le gusta el flirteo, las aventuras ligeras, sin que éstas signifiquen nada más. Renunciar a ellas supondría para Alice vivir en una jaula que la posicionaría contra su compañero. No es ésta un mensaje que compartan muchas personas. Se trata de una cuestión de respeto – en la aparente infidelidad – que Labed personifica con intensidad, y que Borteleau sabe trasladar a la pantalla como nunca haya visto antes este cronista.

labriUna ventana a un mundo convulso

Por parte de los documentales, non vamos a entrar a evaluar Maïdan y Eau argentée, Syrie autoportrait porque ya hemos hablado de ellos en las crónicas del Doc Lisboa y el FID Marseille respectivamente. Nos parecen de lo mejor del año, ya lo hemos dicho, y suponen dos ejemplos esenciales para entender el mundo que nos rodea; dos revoluciones, la ucraniana y la siria, estancadas. De revoluciones y resistencias iba la cosa, y de eso trataban también We Come as Friends (Hubert Sauper, 2014), Bloody Beans (Narimane Mari, 2013), Remine, el último movimiento obrero (Marcos Martínez Merino, 2014), premio a la mejor no ficción, y Equí y n’otru tiempu (Ramón Lluís Bande, 2014). Las conexiones y modos del documental en cada uno de estos filmes son bien interesantes, así que vamos allá.

Mientras que Loznitsa, Mohammed y Bedirxan hablan de escisiones políticas desde el punto de vista de los revolucionarios – bien en la plaza del Maïdan, bien con diarios filmados desde la bombardeada Alepo – Sauper decide en We Come as Friends ofrecer un relato más poliédrico de ese nuevo estado que es Sudán del Sur (el último en ser incorporado a la ONU) y, aún así, mucho más simplista. El multipremiado y reconocido autor de Darwin’s Nightmare (2004) es más activista que cineasta y, como tal, realiza un filme de tesis. ¿Cuál es la suya? Pues que tanto los EE.UU. como China están jugando con la partición de Sudán para quedarse con los recursos naturales de la zona. Que George Clooney hace campaña por la democracia en el sur, y que en el norte los chinos compran tierras a granel y por cuatro duros, estafando a sus propietarios. Y mientras, está Darfur de por medio, en esta suerte de nueva Guerra Fría, con los árabes masacrando a los cristianos, o esa es la versión oficial. Sudán del Sur es uno de los países del mundo con más refugiados, mayor violencia, y una alta inestabilidad política. Entre el diario y el cinéma vérité, la película tiene la virtud de ser didáctica, así que quien no esté al tanto de los sucesos que allí acontecen, podrá sacarle algo de provecho. Para aquel que tenga un par de lecturas sobre la zona y se informe sobre conflictos africanos a menudo, nada puede aportar esta película que se queda en lo obvio de la independencia; juega en la liga de la información, no del cine. Una información necesaria, eso sí, que honra a Sauper como un relator popular y potente, siempre al lado de los más débiles. Solo por eso, el humanista que llevamos dentro, y no el cinéfilo, le desea el mejor de los recorridos en festivales, e incluso en la tele, que falta hace.

Bloody Beans toma otra veirtente sobreexplotada en el documental contemporáneo e intenta volver con ella a la guerra de Argelia. Niños interpretan esa revolución vista desde sus ojos, con las herramientas y conocimientos de los que disponen – bien pocos – por lo que el resultado es una acumulación de tópicos, con los franceses y los colaboracionistas como los malos de la historia, adornados de chistes escatológicos y mucho teatro. Un relato infantil, para lo bueno y lo malo, que difumina un suceso de tales magnitudes, y que tiene por lo menos un valor sociológico, y el interés de buscar la construcción del filme en el rodaje. Este último aspecto está también presente en el filme de Martínez Merino, y es su mejor arma. Relato de la marcha negra de los mineros asturianos a Madrid en 2012, mientras en las cuencas mineras algunos compañeros resisten cortando autovías y oponiéndose a la entrada de las fuerzas del Estado en sus lugares de trabajo; Remine es también un filme de militante, nunca oculta su filiación obrera, pero permite que la realidad entre en la película, y no al revés – Sauper, toma nota – erigiéndose así en una muy destacable pieza de cine directo, esencial para entender la lucha obrera actual. Equí y n’otru tiempu, del veterano Ramón Lluís Bande, también es militante y asturiana, pero su exploración va por otro “camín”. Partiendo de las fotografías de unos maquis que fueron asesinados en la posguerra, decide contar su micro-historia solo a través de las fotos, añadiendo al final del primer tramo del filme el relato oral del único que sobrevivió. Registros sonoros del lugar por el que se movían hacen de banda sonora de esta secuencia. La técnica recuerda a la de Susana de Sousa Dias, especialmente en 48 (2010). Sin embargo, la mayoría del metraje es macro-historia por acumulación, consiste en registros de lugares donde fueron asesinados otros tantos republicanos, una larga lista de muertes que componen una topografía del terror fascista en Asturias, y que se inscriben en la tradición del paisaje político de James Benning.

La guinda es L’abri (Fernand Melgar, 2014), posiblemente el mejor documental europeo del año. El autor de Vol spécial (2011) vuelve a retratar al colectivo inmigrante en su ciudad, la suiza Lausanne. Esta vez, se centrase en un refugio para aquellos que duermen en la calle. Los de los servicios sociales no pueden acoger a todo el mundo, así que es mucha la gente que se queda fuera. Filme de un importante calado humanista, en el mejor estilo del cine directo, quizás nadie haya retratado tan bien las instituciones desde Frederick Wiseman y Raymond Depardon como Melgar. Las secuencias de la discordia son un par de fragmentos ficcionados – o puestos en escena, más bien – que sirven para redondear el sentido narrativo del filme, pero que en efecto, escapan al método presente en el 90% del filme. Nadie se le quejó a Flaherty por poner en escena motivos de la vida cotidiana de su Nanook. En esa vertiente se inscribe Melgar, que solo intenta obtener imágenes de acontecimientos fundamentales para entender el recorrido de sus personajes, y que la cámara no ha podido captar. No siempre se puede estar ahí, el 90% ya me parece una proeza.

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