MONOS, de Alejandro Landes

La pérdida de la inocencia y el paso de la adolescencia a la etapa adulta son temas muy habituales en el cine contemporáneo. Este período corresponde con el descubrimiento de la identidad de un mismo y la conformación del adulto que, de aquí en adelante, será responsable de sí mismo y de sus acciones. Si bien es suficiente pensar apenas unos segundos para encontrar referentes en este sentido, hay otros filmes que también se acercan a este ‘coming of age’ desde un visión bastante más arriesgada. Este es el caso de Monos.

El filme comienza en un lugar indeterminado de un país indeterminado durante un conflicto indeterminado; pero apenas unos minutos bastan para que localicemos esta historia en Colombia (posiblemente sean nuestros prejuicios, que buscan hacer localista una historia con claro carácter universal). Entramos en la película durante el entrenamiento de lo que parece un comando militar de algún tipo. Nada diferenciaría esta película de cualquier otro bélico de no ser porque este comando, los ‘monos’, son adolescentes. Pitufo, Pata Grande, Sueca, etc., son los integrantes de un comando paramilitar destinado a mantener con vida a una doctora estadounidense secuestrada. No sabemos cuáles son los fines de este secuestro, ni porque esta doctora es el objetivo del mismo. Precisamente esta ausencia de información respeto al contexto permite que nos centremos de pleno en las dinámicas de la relación de este grupo de adolescentes formados y armados.

Parece obvio hacer una referencia a la novela ‘Lord of the flies’, o incluso citar referentes cinematográficos con obras como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), sin embargo, la forma de ejecutar la historia que tiene el director enseguida se distancia de lo que son meras fuentes de inspiración. Alejandro Landes filma a los ‘monos’ desde cerca, permitiendo que podamos ver todas aquellas emociones y sentimientos que no son verbalizados: en un clima de guerra, no hay espacio para sentir piedad, perdón o arrepentimiento, pero a veces estos sentimientos salen igualmente por los poros. Cada acción física destapa un sentimiento que hace que conozcamos las debilidades de estos guerrilleros, que descubramos la empatía propia de una etapa donde la psicopatía propia de la guerra solo está presente en alguno de los ‘monos’. El lenguaje cinematográfico de la guerra no está presente en Monos, ya que todas las acciones físicas (luchas, disparos, etc.) son realmente motivadas por dilemas o sentimientos. Un ejemplo de este distanciamiento del cine bélico más clásico es las imágenes desde las trincheras, en las que vemos a los guerrilleros desde el prisma de unas gafas de visión nocturna. El color verde inunda la imagen, conectándola directamente con aquellas imágenes de los bombardeos de la Guerra del Golfo y aquel discurso sobre la simulación que Baudrillard chillaba contra la saturación plástica de las televisiones.

En este páramo verde que es la cumbre de la montaña donde está el campamento base de los ‘monos’, enseguida aparecen los juegos. En un primero momento disfrazados dentro de los propios ejercicios del entrenamiento, posteriormente en la celebración del cumpleaños de un compañero, más tarde en los primeros besos del despertar sexual. La realidad, la adolescencia, acaba por superar a la guerra, que desaparece momentáneamente, permitiendo que comando y secuestrada jueguen en el barro, despreocupados por lo que sea que está aconteciendo en la base de la montaña. Sin embargo, la montaña es inaccesible, pero no una fortaleza, por lo que la guerra, como la niebla matinal, acabará por llegar a la cumbre y detener los juegos.

Monos es evidentemente una película sobre el paso a la etapa adulta de un grupo de adolescentes. Pero es un cambio de etapa robado. No son ellos los que desean pasar a ser adultos, aunque disfruten de jugar a serlo, es el sistema corrupto de los adultos el que se apropia de su adolescencia para suprimirla. Apenas unos ejercicios con un fusil son suficientes para diferenciar a quién es un joven jugando con un guerrillero armado. En ‘Lord of the flies’ la historia es la inestabilidad de un gobierno en manos de niños, pero en Monos no es su sociedad caótica la que nos preocupa: es la de los adultos que la permiten. Una realidad que ya se está viviendo en aquellos lugares donde abundan los conflictos bélicos, donde la adolescencia apenas es un rito de pasaje para aquellos que pueden tener una vida aburguesada (?) donde los cauces siguen su camino independientemente de quien apunte desde la orilla del río.

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