MUJERES EN EL CINE: DEL DERECHO A LA MEDIOCRIDAD A LA EMANCIPACIÓN FEMENINA

Solo un 19% de las películas producidas en España son dirigidas por mujeres. En todas ellas, solo el 36% tiene protagonistas femeninas. De esto también hablan Noelia Álvarez y Nazaré Estévez en su ensayo ‘Análise da representación da muller no cinema español da última década’, ganador del Premio al Mejor Ensayo Escritor Internacional de los I Premios María Luz Morales de investigación audiovisual. El documento arroja luz sobre la necesidad de un discurso de género en el análisis del tratamiento de la mujer en el cine español, claramente deficiente, según sus autoras.

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¿Podemos decir sin miedo a equivocarnos, pues, que la escasa presencia de las mujeres en el audiovisual tiene una influencia directa en los correspondientes discursos? ¿Es necesario aumentar cuotas, hacer más espacio para la creación femenina? ¿O es erróneo enfocar la emancipación desde un prisma que nace del paradigma dominante, de la cesión desde el poder? Sobre estas cuestiones se centró la mesa redonda Mujeres en el cine. Presencia y representación, organizada por CREA (Asociación Galega de Dirección e Realización). El acto, que tuvo lugar el pasado 26 de octubre en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la USC, forma parte de la batería de actividades que desarrolla la entidad con el fin de promover la visibilización de las mujeres profesionales del sector y fomentar el debate para encontrar nuevas vías de acercarse a la igualdad.

Ante un público joven que se está formando en el ámbito del audiovisual, el guionista Daniel D. García, la directora Sonia Méndez y la actriz Tamara Canosa diseccionaron la realidad de sus vidas profesionales, poniendo en común experiencias que denotan esta disonancia entre géneros. Desde la discriminación a la hora de componer un equipo de guionistas para una ficción televisiva – “En Matalobos el equipo con el que trabajé cumplía con el imaginario social en el que unimos temas de violencia con hombres y, por el contrario, con series como Padre Casares sucedía exactamente lo contrario”, señalaba García –, hasta casos flagrantes de machismo en el lugar de trabajo. “A mi me dijeron que estaba gorda en un cásting”, confiesa Tamara Canosa. “Nosotros cuando le presentamos la webserie Angélica y Roberta a Vtelevisión, recibimos un correo en el que nos decían que, si íbamos a hacer una serie de tías ellos estaban más interesados en algo al estilo Sex and the city”, narra por su lado Sonia Méndez.

Lo cierto es que esta realidad adquiere ya una dimensión histórica que parte ya de la constante infravaloración del trabajo femenino. Esto sucede desde los tiempos clásicos, cuando – según algunos teóricos – la Odisea habría sido escrita por mujeres. “Los poetas de la altura tenían cierta proyección pública, por lo que escribir obras de tal magnitud no les reportaba beneficio, así que serían mujeres de alta sociedad las únicas con tiempo y ganas de pasar miles de versos”, apunta García al respecto. Esta relegación tradicional de las mujeres a los trabajos duros, mal pagados y con escaso reconocimiento social se repite hasta nuestros días.

Llama la atención como la “incorporación tardía” que se le atribuye a la figura de la mujer en el cine resulta ser un mito cuando, en la década de los 20, trabajos como los de guionistas, editoras o escritoras de continuidad estaban ampliamente ocupados por mujeres. Estas constructoras de cine – cuando este estaba aún dando sus primeros pasos – se dedicaban a labores muy minuciosas que apenas recibían crédito. Esto cambió con la llegada del cine sonoro y con el creciente prestigio que éste adquirió, convirtiéndolo en un espacio que fue rapidamente invadido por figuras masculinas, excluyendo con su jerarquización del medio a las mujeres del sector. “Mucho antes que Meliès, Alice Guy fue la primera mujer en hacer una película con ente narrativo. Nunca se le dio a su figura el valor que corresponde. Los historiadores fueron quienes inventaron el subgénero de mujer directora, pero las mujeres estamos en el cine desde los inicios”, afirma Sonia Méndez.

Alice Guy-Blaché foi unha das primeiras cineastas en facer un filme narrativo de ficción

Alice Guy-Blaché fue una de las primeras cineastas en hacer un film narrativo de ficción

Respecto a esto, la mesa redonda debatió sobre la superestructura ideológica que sostiene estas prácticas reales. ¿Qué provoca la invisibilización de las mujeres en el audiovisual? Méndez lo sintetiza en dos razones que se retroalimentan: “Primero, las dificultades objetivas como el techo de cristal, a las que se suman las dificultades subjetivas como la inseguridad, la incomodidad y la falta de motivación al entrar en esferas de poder exclusivamente masculinas, con dinámicas y reglas en las que las mujeres nos inhibimos porque no entramos en ellas”, razona.

Sin embargo, lo más peligroso parece ser el manto de normalidad que envuelve toda esta realidad. La normalización del abuso. “Lo más escandaloso de lo que cuentan sobre casos como lo de Harvey Weinstein es que todo el mundo lo sabía: el delito sistemático a profesionales estaba completamente normalizado, todos lo veían como algo que se tenía que consentir, y esa normalización es lo más peligroso”, advierte Canosa.

Dichas dinámicas vienen inculcadas en la propia educación y están tan fuertemente interiorizadas que cuesta eliminarlas de la vida cotidiana. Es necesario aplicar especial cuidado al hablar de ‘conquistas’ en el campo de la igualdad de género. “Parece que a veces desechamos la cuestión o ya asumimos que somos iguales y no es verdad. Nosotras mismas tenemos aún mucho camino por hacer”, reconoce la actriz. Los datos del sector muestran dicha realidad: un ejemplo es el de las mujeres intérpretes: como un pez que muerde su propia cola, ellas tienen menos pensiones y menos salarios, porque la mayoría de los papeles femeninos son menores.

La representación se convierte aquí en una herramienta clave en la resignificación del papel de la mujer en la sociedad. Con los foros de debate público llenos de hombres, la escasez o total ausencia de referentes femeninos en cualquier área de conocimiento causa que su figura “solo represente cosas de mujeres”, critica Canosa. “Esto no se trata de ‘cine de, para y con mujeres’; se trata de integrar una visión en condiciones de igualdad”, matiza. La igualdad, pues, no debe tener un carácter simbólico sino una transcendencia real. Así, las leyes que fomentan una equidad material a través de la introducción de cuotas, porcentajes o puntos a mayores en concursos y convocatorias no pueden aspirar a una transformación real, y mismo puede que- dentro de su buena voluntad – sea un mal planteamiento desde el inicio.

La concepción de la mujer como un colectivo que se abre después del hombre emerge de la asunción del papel secundario de la mujer. “Lo justo sería que las ayudas fuesen 50% para hombres y 50% para mujeres, porque la simple concepción de dar un punto a mayores parte de que el sujeto es el hombre y las mujeres somos un colectivo. Esto es, las ayudas parten de considerar al 100% hombres, y luego vamos a fomentar ‘subcategorías’ de mujeres”, precisa Tamara Canosa. Por eso, y como puntúa Sonia Méndez, es de vital importancia “educar la mirada, porque lo que no se ve, no existe”. De esta forma, no hablamos solo de la inclusión de historias de mujeres y contadas por mujeres para que estas “tengan una parcela de poder ya que controlan ese universo”, sino que también sobre la propia realidad, tejido y escenario en el que todo se desarrolla. “El activismo feminista es una cuestión de derechos humanos, y debemos empezar a asumir que la igualdad real pasar porque las mujeres no tengamos que justificar la excelencia como requisito para ser, sino que podamos ser mediocres sin que se nos cuestione en los términos de ahora, ser iguales a un hombre”, concluyen.

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