No Time To Die, de Cary Joji Fukunaga

EL FIN DE UNA ERA (DE BLOCKBUSTERS)

Hay películas que, sin acabar de gustarnos, despiertan en nosotros el deseo irrefrenable de escribir sobre ellas. Esto mismo me ha pasado con No Time To Die (Cary Joji Fukunaga, 2021), despedida de Daniel Craig a James Bond. Podríamos decir que se mueve entre lo épico y lo íntimo, o que hace gala de un melodramatismo acusado, o que está compuesta por un sin fin de set pieces bien ejecutadas (aunque quizá agotadoras por acumulación), que son características habituales del blockbuster reciente. Sin duda, habitualmente me interesaría analizar la forma, pero en esta ocasión decidiré centrarme en un contenido que parece querer abarcar tanto en lo que respecta a la interpretación contemporánea del personaje, que acaba por ahogarse en este océano psicoanalítico. Los diálogos subrayan todo lo que parece interesar a sus escritores y, en su literalidad, encontramos jugo para el análisis de una obra tan poco sutil como inequívocamente ambigua. A quien obsesionen los spoilers, aconsejo que vuelvan por aquí cuando hayan visto el filme, porque, sin gustarme hacerlo a menudo, desgranaré una parte importante de la trama.

La geopolítica particular de 007

Todo empieza en un desolado paraje nevado. Una casa apartada. Una figura amenazante, enmascarada, se acerca a ella. A pesar del blanco que nos rodea, estamos en el terreno del western; cuando más tarde el enmascarado persigue a una niña, suenan ecos de un slasher introducido en un filme de espías. Pinta prometedor, pero este juego con los géneros pronto se acaba. Descubrimos que nos encontramos en el flashback del personaje interpretado por Léa Seydoux, recuperado de la anterior entrega. Está con Bond en una de sus muchas retiradas del MI-6, en algún lugar paradisíaco de Italia, muy tranquilos hasta que los agentes de Spectre entran en acción e interrumpen las ganas del dúo de dejar atrás el pasado. Esta primera y enérgica secuencia presenta de forma muy clara algunos de los temas que van a marcar la película. Encontramos, para empezar, el que va a ser el principal conflicto de Bond en el filme: ¿de quién me fío? Cuando la intuición te dice que de nadie, el hombre seguro de sí mismo responde sin dudarlo: de mí mismo.

Bond está harto de ser la marioneta del MI-6, cuando su amigo de la CIA le propone trabajar para ellos, al principio muestra rechazo y al final solo acepta la misión por convicción personal. Pero en una trama de traidores de traidores, en la que grandes mentes criminales o gubernamentales juegan en varios bandos y parecen impregnar todas las esferas de su trabajo, ¿a quién sirve finalmente Bond? Como le intenta explicar hacia el final de la cinta de forma muy cínica el villano listo de turno, interpretado por Rami Malek, la mayoría de la gente dice querer el libre albedrío, pero en el fondo le gusta ser dirigida, mejor si es sin enterarse. Conveniente, si eres quien maneja los hilos.

El espectador encuentra su proyección en la bestia indomesticable que es Bond, ¿pues a quién le gusta ser manipulado? Sin embargo, como Bond, somos conscientes de vivir inmersos en un entramado transnacional y corporativista en el que servimos, consciente o inconscientemente, a señores que no conocemos. La primera de las ideas poderosas en No Time To Die es esta marcada desconfianza contra lo institucionalizado, que parece imperar en nuestros días, aunque trasladada con fina ironía. Bond no se fía del MI-6, en realidad de nadie, ni de su amada; su amigo Felix no se fía de la CIA; algunos excolegas de 007 en la agencia no se fían de su jefe; M, al mismo tiempo, no se fía de otras agencias, ni tampoco del buen juicio de sus gobernantes; el malvado Malek no se fía de su propia organización, que quiere moldear según sus intereses… La psicología de este personaje merece un punto y aparte, pues ejemplifica perfectamente ese prototipo de terrorista con agenda propia e imprevisible, que actúa por capricho, que tuvo su summum en el personaje del Joker en The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008). Lo que aterra al jefe del MI-6 no es la tecnología aberrante que tiene a su alcance (fabricada por los británicos, claro), sino el desconocimiento de qué podría hacer con ella. La falta de control.

En esencia, nadie se fía de nadie, pero todo el mundo dice actuar con nobleza, siguiendo sus propios instintos e ideología. El resultado es de una unilateralidad aplastante, que suscribirían Donald Trump o el Boris Johnson post-Brexit. En el mecanismo de identificación con Bond que ejecuta la película, debemos preguntarnos: ¿en serio tiene (tenemos) la capacidad de ser tan independientes? Quizá confiar en alguien, a riesgo de ser heridos, no venga mal de vez en cuando. Estas actitudes pueden leerse como libertarias – insisto, el filme gustará a muchos brexiters, arrasará en Reino Unido – pero encierran en el fondo un ultranacionalismo aberrante, del que la película parece advertir, no exenta de cierta sorna.

Bond, positivo en amor y en corona

El segundo elemento presente desde la secuencia de apertura es esa dimensión romántica que tiene No Time To Die de forma muy acusada (quizá aquí para mal por exceso melodramático) con respecto de otras entregas del Bond de Daniel Craig. Llegar a poder vivir junto con Madeleine, dejando el pasado atrás, sin que este (literalmente) los persiga, es otro conflicto que deben resolver. A la postre, esta defensa de lo propio va más allá de la nación, pues en el filme Bond se erige en el gran escudo de la familia. Hacia el final descubrimos que tiene una hija. Madeleine niega que sea suya cuando lo descubre, pero está clarísimo que miente. Cuando más tarde se desvela la verdad, esta revelación solo puede ser interpretada como una autoparodia del síndrome de hija perdida impregnado en el alma de todo ligón empedernido como Bond. Por un lado, humaniza al personaje dotándolo de puntos flacos y empatía hacia los demás, por el otro se critica ese prototipo de macho alfa que va plantando su semilla. Una vez más, ¿de qué lado están los guionistas?

A pesar de haber conocido a esta hija por un momento brevísimo, la sangre tira y su objetivo no es solo salvar a la humanidad (poca cosa), sino, sobre todo, su legado (sanguíneo). La sangre está muy presente en la cinta. Es esta la que permite filtrar diversas líneas de ADN para atacar objetivos con la superarma biológica contra la que combaten. Al ser inyectado con la misma hacia el final de la película, Bond es una bomba andante. Cada beso que dará será el de la muerte para sus más queridos. Teniendo en cuenta que la filmación tuvo lugar antes de todo este infierno del COVID-19, resulta sorprendente cómo la cinta, desde una clave lúdica, también logra hablar de estos temores: llevar la muerte a los demás. Al final, para no ser un peligro para los que más quiere, Bond se inmola en un último acto de aparente benevolencia.

La realidad es que el espía es a día de hoy un personaje anacrónico y obsoleto, propio de otro tiempo, al menos la concepción cinematográfica tradicional que parte de Sean Connery. Conscientes de esto, Neal Purvis y los demás guionistas llevan jugando con la idea de matarlo durante varias cintas, aunque siempre en forma de retiro o dado por muerto, pero acababa volviendo. Aquí lo matan de verdad, pero a pesar de lo que muestre esta representación, hasta esta destrucción está llena de ironía y ambigüedad. El legado de Bond podía ser no una hija a la que ve cinco minutos, sino esa Lashana Lynch, mujer y negra, que toma el código 007 tras su retiro momentáneo. El pique entre los dos agentes es constante en todo momento, hasta que al final la nueva 007 pide que se le reasigne el dígito a Bond para su última misión. Al fin y al cabo, es solo un número. Número sí, pero numerario. Se lo prestan de nuevo, pero solo para darle matarile poco después.

No Time To Die juega de forma irónica con estas tensiones entre pasado y futuro, o lo que entiende Hollywood que debe ser el futuro del blockbuster, realizando una proyección con mucha flema británica de lo que se espera de un filme como este en pleno 2021. Quizá las pretensiones (no del todo logradas, pero loables), fuesen despedir a un héroe de acción cuyo prototipo se antoja en descomposición, aun cuando está siendo sustituido demasiado a menudo por manierismos inanes y superficiales por quienes no han comprendido la batalla dialéctica cultural en la que estamos inmersos y se apuntan al carro por simple moda. No Time To Die también parece querer atacar esta cuestión.

Hace unos días, el crítico David Ehrlich opinaba en Indiewire que esta película es a la saga Bond lo que The Last Jedi (Rian Johnson, 2017) significó para Star Wars. Le compro la idea. El metraje no podía estar más lleno de mujeres diversas con roles activos. Véase la citada Lynch o una Ana de Armas (latina) que llena de vivacidad y goce una de las escenas más disparatadas y disfrutables de la cinta. El personaje de Q es aquí abiertamente gay y, lo más importante, se sacrifica al mito para dar paso a la siguiente generación. Aunque, de nuevo con decisiones muy conscientes, su peso acabe por ser demasiado relevante en la cultura popular como para desprenderse de él por completo. En una escena final en coche que emula la del inicio del filme, el personaje de Léa Seydoux le dice a su hija: “te voy a contar la historia de un hombre. Su nombre era James Bond”. Así empiezan los cuentos que forjan los mitos. El rey ha muerto, larga vida al rey.

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