Novos Cinemas 2020: Sección Oficial

l n' y aura plus de nuit, Eléonore Weber

l n’ y aura plus de nuit, de Eléonore Weber ©Perspectivefilms

El Festival Novos Cinemas de Pontevedra volvió a demostrar con su quinta edición por qué sigue siendo una de nuestras citas imprescindibles. Si el año pasado defendíamos la importancia de los festivales pequeños ante el modelo (muchas veces fagocitario) de los grandes eventos, en esta ocasión volvemos a sacarnos el sombrero ante la resiliencia mostrada por un festival que, en un año como lo que venimos de cerrar, fue capaz de celebrarse con garantías y manteniéndose fiel a su compromiso de ofrecer un espacio para las nuevas voces del panorama internacional. La Sección Oficial de la 05 edición de Novos Cinemas (15-20 diciembre) acogió una selección de nueve largometrajes que van desde los relatos iniciáticos hasta el cine-ensayo, pasando por la animación experimental y la crítica poscolonial con toques de realismo mágico.

El Jurado Internacional, formado por Elena Duque, Pela del Álamo y Nuria Giménez Lorang, otorgó el Premio Novos Cinemas al mejor largometraje de la Sección Oficial a l n’ y aura plus de nuit, de la cineasta francesa Eléonore Weber, un film estremecedor compuesto exclusivamente por imágenes de archivo filmadas desde helicópteros militares de los ejércitos estadounidense y francés. A través de estas grabaciones, que corresponden a actuaciones militares durante las campañas de Afganistán, Irak y Siria, la cineasta cuestiona las dinámicas de poder, la percepción humana y nuestra pulsión hacia las imágenes, invitándonos a un ejercicio de voyeurismo incómodo y revelador.

“Imágenes que no están concebidas para ser vistas”, en palabras de Pierre V., un soldado francés anónimo al que Weber confronta con estas filmaciones en las que se cometen ejecuciones reales, muchas veces fruto de errores humanos. Mediante la voz de una narradora, sus reflexiones se mezclan con las de la propia cineasta, describiendo las distintas situaciones y procedimientos, mientras ponderan las implicaciones morales de estos actos. “Una reflexión poliédrica sobre la relación Norte-Sur y la fragilidad del individuo, así como sobre los nuevos valores de la imagen”, en palabras del jurado. Entre tomas filmadas con cámaras térmicas y de visión nocturna, y con la amenaza constante que representa la cruz del visor sobre las imágenes, la realizadora trata de encontrar la humanidad detrás de estas grabaciones, buscando la empatía que esconden las composiciones pausadas en las que observamos la vida cotidiana de gente común. Inocentes forzados a vivir bajo el punto de mira, a los que nunca abandona el sentimiento de fatalismo. Una pieza para remover conciencias, que termina con un epílogo en el que se esbozan las líneas de un futuro distópico cada vez más próximo, en el que unos seguirán dominando la luz y archivando las imágenes, mientras otros estarán obligados a vivir en una noche perpetua.

Por otra parte, la mención especial del jurado oficial fue para la cinta de animación Accidental Luxuriance of the Translucent Watery Rebus, del croata Dalibor Baric. Una obra compuesta con gran habilidad empleando distintas técnicas de animación, pero que resulta irregular en su conjunto. El cineasta nos invita a un viaje estimulante, con momentos puramente lisérgicos, en el que es preciso dejarse llevar. La película esconde una historia de cine negro y ciencia ficción con múltiples referencias e inspiraciones, y se prodiga en exquisitas composiciones estéticas acompañadas por una cuidada (aunque confusa) dimensión sonora. Con todo, la pieza resulta un tanto frustrante, transmitiendo la sensación continúa de estar siendo atrapados y expulsados por la propia narración, a lo largo de un relato que seguramente se habría beneficiado de una subdivisión en formato corto, donde el cineasta tiene una amplia y reconocida trayectoria.

Tal día hizo un año, Salka Tiziana

Tal día hizo un año, de Salka Tiziana ©

El premio de la crítica de esta edición fue para Tal día hizo un año, la prometedora ópera prima de la germano-española Salka Tiziana. Un film semi-autobiográfico marcado por la austeridad narrativa, donde los gestos, los sonidos y (particularmente) los espacios son los encargados de transmitir los sentimientos de aislamiento y desconexión que marcan la relación entre sus tres protagonistas. La cinta comienza con la llegada de Larissa y sus dos gemelos a la casa familiar de su marido, en medio de la Sierra Morena, donde espera reunirse con él. Sin embargo, un problema con su viaje provoca que Larissa tenga que pasar unos días sola con su suegra y su cuñada. A partir de este momento, observamos a las tres mujeres en su día a día, percibiendo cómo media entre ellas un abismo de incomunicación que va más allá de las diferencias lingüísticas. Con todo, mantenemos siempre una distancia (física y emocional) impuesta por la directora, que nos niega un acceso más íntimo a los personajes, evitando primeros planos y diálogos excesivos. Los sonidos de las cigarras y de las explosiones, procedentes de una base militar próxima, acompañan la narración y las sugerentes imágenes, filmadas en digital y 16mm para contraponer los planos interiores con los imponentes paisajes (el otro gran protagonista del film). Tiziana se revela en su primer largo como una cineasta a seguir, aunque su marca personal probablemente no convencerá a todo el mundo.

El sorprendentemente conservador premio del Jurado Joven fue para The Trouble with Nature, el drama de época del danés Illum Jacobi, en el que seguimos al filósofo Edmund Burke en su búsqueda de lo sublime en las montañas alpinas. Una obra con una modesta puesta en escena y una fotografía naturalista, de corte pictórico y con referencias más que evidentes (demasiado, tal vez), que destaca especialmente por la dinámica entre el protagonista y su sirvienta/acompañante, Awak. Una mirada lúdica y prosaica a la deconstrucción de un arquetipo, que sirve como pretexto para componer una oda a la insistente belleza del mundo natural.

El África lusófona estuvo presente por partida doble en la sección oficial con los títulos Mosquito, de João Nuno Pinto, y Ar Condicionado, de Fradique (esta última, la más injusta ausencia del palmarés). La película de Nuno Pinto, escogida como cinta de inauguración en el Festival de Róterdam de 2020, es un relato iniciático que nos traslada al frente africano durante la Primera Guerra Mundial. El film presenta una factura impecable, una fotografía saturada y un protagonista solvente al que acompañamos en una nueva incursión al “corazón de las tinieblas”. La historia golpea desde la primera secuencia (en parte por su efectismo), en la que vemos a los soldados portugueses desembarcar a lomos de los nativos del Mozambique, a los que tratan como simples bestias de carga, pero es difícil llegar a vincularse con la obra a nivel emocional. Siguiendo con las reminiscencias a la obra de Conrad y otros relatos del África colonial más oscura, nos unimos al jovencísimo soldado Zacarias (apenas un adolescente con la cabeza llena de consignas patrióticas y sed de aventuras), en un auténtico descenso a la locura, aquella que se encuentra en el seno de la guerra y del propio ser humano. Poco a poco, se van borrando las fronteras entre enemigos y aliados, así como entre realidad y fantasía, hasta el punto de no ser capaces de distinguir si aquello que vemos es real o un sueño febril inducido por la malaria.

Ar Condicionado, Fradique

Ar Condicionado, de Fradique

Saltando a la costa oeste del continente, Ar Condicionado nos regala un relato cautivador ambientado en la vibrante ciudad de Luanda, capital de la República de Angola. La ópera prima del artista Fradique (uno de los nombres que sin duda definirá el cine angoleño en los próximos años), se vale del realismo mágico y la ciencia ficción para ofrecer un retrato fascinante sobre la realidad sociopolítica del país y los vestigios de su pasado colonial, así como los traumas nacionales provocados por la posterior guerra civil. La premisa del film es suficiente para transmitir la idiosincrasia y atractivo del mismo: una misteriosa epidemia provoca que los aparatos de aire condicionado del país dejen de funcionar, llegando a descolgarse de las paredes de los edificios y precipitarse en las calles y patios (a veces con fatales consecuencias). En medio de este caos, en contraste con un ambiente cada vez más agitado, acompañamos a un estoico Matacedo, bedel y guardia de seguridad en un complejo de viviendas, en su misión para recuperar uno de estos aparatos dañados. Conversaciones telepáticas, científicos locos y velatorios delirantes forman parte del inolvidable microcosmos de un film que, en líneas generales, opta por una aproximación naturalista, desprovista de alardes técnicos (o empleados de manera sutil). Por otra parte, la banda sonora de Aline Frazao es sin duda el otro punto fuerte de la película, con sus fusiones de jazz y ritmos locales que capturan perfectamente el espíritu de la historia. En definitiva, una obra que bien podría servir de estandarte para la línea de programación de la que hace gala el Novos Cinemas.

Sin embargo, como no todo van a ser aciertos, es justo dedicar unas líneas a la obra más floja de la competición: la italiana Fortezza, firmada por Ludovica Andò y Emiliano Aiello. Emulando el espíritu de los hermanos Taviani en su célebre César debe morir (2012), los cineastas afrontan la adaptación de la obra maestra de Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, con la colaboración de los presos de la cárcel de Civitavecchia. Incluso para aquellos que no conozcan la obra de los maestros italianos, esta nueva aproximación al trabajo con reclusos carece de substancia más allá del propio dispositivo fílmico, que eclipsa toda la historia y anula cualquier posible conexión emocional. La exposición mecánica  de los diálogos, así como una adaptación frustrante del espíritu kafkiano que domina el relato, centrado en una guarnición militar localizada en una frontera olvidada, donde los soldados encargados de vigilarla esperan la llegada de un enemigo invisible, acaban por provocarnos tedio y apatía. Un ejercicio digno y con buenas intenciones, que traslada con éxito las reflexiones sobre los propios límites de los actores (literales y figurados), pero que difícilmente logra mantener nuestro interés durante los apenas 72 minutos de metraje.

Completaron la selección la vanguardista pero irregular Si yo fuera el invierno mismo, de Jazmín López, y el divertido crowdpleaser de Jonathan Wisocki, Dramarama. En la primera de ellas, asistimos a un relato performativo articulado en dos niveles. Por un lado, acompañamos a un grupo de amigos que se recluyen en una casa abandonada para recrear escenas de tres obras icónicas ligadas a la revolución social y cultural de los 60 (La Chinoise, de Jean-Luc Godard, El fuego inextinguible, de Harun Farocki y Trasplante de vello facial, de Ana Mendieta). Por otro, seguimos a una de ellas en su particular proceso de luto y “re-enactment” de una relación amorosa fallida. Una propuesta arriesgada y pretenciosa, en la que se mezclan multitud de referencias artísticas y disquisiciones filosóficas un tanto superficiales, pero que logra profundizar realmente en la psique de la protagonista, valiéndose de mecanismos que, más allá del artificio, sobresalen por su representación precisa y genuina de las consecuencias de una ruptura. Muchos serán capaces de simpatizar con ese espacio mental en el que se recrean hasta la extenuación las conversaciones y acciones pasadas, en el que se mezclan los hechos y las proyecciones, repasando cada detalle para encontrar el momento exacto donde todo comienza a desmoronarse. La directora tiene ciertos problemas a la hora de conjugar las dos dimensiones discursivas del film (que a pesar de todo trabajan hacia un objetivo común), pero logra componer una obra hipnótica que se apoya en una puesta en escena y una dirección de fotografía estudiadas al milímetro, así como en la presencia magnética del personaje principal.

Finalmente, la Dramarama de Wisocki presenta una historia mucho más convencional, puro cine indie estadounidense sin mayores pretensiones (pero no por eso carente de mensaje) que supuso un cierre más que celebrado para esta edición. Una de esas pequeñas “concesiones” de la programación que acabó haciéndose con el (previsible) Premio del Público. La obra nos traslada a una zona residencial de California a comienzos de los años 90, donde conocemos a un carismático grupo de amigos adolescentes que se preparan para pasar la última noche juntos antes de marcharse a la universidad. Una entrañable banda de frikis y outsiders, apasionados por el mundo del teatro y las artes escénicas, que se entretienen organizando juegos de misterio y fiestas de disfraces, mientras afrontan los miedos e inseguridades propias de su edad. Basada en las experiencias personales del director, la historia se centra principalmente en el personaje de Gene, que tiene problemas para salir del armario por miedo a la reacción de sus amigos, todos ellos condicionados por una educación cristiana que los lleva a reprimir su sexualidad. Un homenaje claro a las obras de John Hughes y otros relatos adolescentes de la época, Dramarama cuenta con infinidad de referencias pop que harán las delicias de los más nostálgicos, mientras que la química entre las actrices y actores protagonistas (cada uno con sus momentos para brillar) logra que conectemos con sus dramas y pasemos una agradable y conmovedora velada.

Dramarama, Jonathan Wisocki

Dramarama, de Jonathan Wisocki

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