O ESTRANHO CASO DE ANGÉLICA, de Manoel de Oliveira

Sesenta años han sido los que el cineasta luso ha tardado en poder materializar Angelica (1951), un guión que partía de una experiencia personal con una prima: “La joven, muy bella, se hallaba tendida en un canapé azul, en el centro de un salón. Sus cabellos eran dorados y estaba vestida de blanco, como una novia. Yo llevaba conmigo una cámara Leica, que en el acto de enfocar producía un desdoblamiento en la imagen[…] Como estaba fotografiando a una muerta de la que se desprendía una doble imagen, me asaltó la idea de que una de ellas correspondiera a la mujer viva y no muerta. Y que esta imagen no encerrara a la otra, y lo trastornara todo. El hecho me afectó profundamente, de la misma manera que al protagonista de Angelica, que, revelando la fotografía de una muerta, la percibe como viva”1.

En O Estranho Caso de Angelica, Oliveira nos relata una extraordinaria historia de amour fou. Un fotógrafo, Isaac (Ricardo Trepa) que se enamora de “la imagen viviente de una cosa muerta”, Angelica (Pilar López de Ayala), a raíz de unas instantáneas que le solicita la familia de ésta el día de su entierro. Roland Barthes decía que “el cuerpo de la persona amada es inmortalizado a través de la fotografía por medio de un metal precioso, la plata (monumento y lujo); a lo cual habría que añadir que este metal, como todos los metales de la Alquimia, es viviente”2. Una confusión entre lo Real y lo Viviente que pone de manifiesto la capacidad resurrectora y fantasmática de la fotografía y del cine. El mismo Oliveira ha declarado en alguna ocasión que el cine no es la vida, no es la representación de la vida, es el fantasma de la propia vida. Y es que su cine, como bien ha señalado Carlos Losilla, “adquiere la forma de un fantasma, el del cine moderno, a través de imágenes espectrales e inquietantes, alejadas de cualquier tipo de realismo que en ocasiones resultan incluso insoportables, producto de una ensoñación malsana”3. Quizás Angélica puede representar ese fantasma.

Amor y melancolía

Giorgio Agamben señaló que la cultura occidental concibe el amor como un proceso esencialmente fantasmático. Manoel de Oliveira sin ninguna duda avala la afirmación del filósofo italiano con su última película. “¿Cómo apropiarse del inapropiable objeto de amor (es decir del fantasma) sin incurrir en la suerte de Narciso (que sucumbió a su propio amor por una ymage) ni en la de Pigmalion (que amó a una imagen sin vida)? O sea. ¿Cómo puede Eros encontrar su propio espacio entre Narciso y Pigmalión?”4. En esta problemática parece encontrase Isaac, que sabe que el objeto de su amor es un fantasma, un espíritu. Todos sabemos el abismo que separa lo corporal de lo fantasmal, el cuerpo del alma, incompresible parece entonces el encuentro que muestra Oliveira entre estas dos sustancias. Hugo de San Victor relataba en el siglo XII la inexplicable unión entre el cuerpo y el espíritu: “Asciende el cuerpo y desciende el espíritu: sube el espíritu y desciende Dios… El cuerpo asciende por medio de los sentidos, el espíritu asciende a través de la sensualidad”5. Resumen, sin duda, perfecto, de la unión entre Angélica e Isaac.

La película reflexiona sobre la capacidad resurrectora y fantasmática de la fotografía y del cine

Pero un excesivo amor hacia un objeto perdido puede desencadenar en una actitud melancólica, que como señala Agamben, “aparece esencialmente como un proceso erótico impregnado de un ambiguo comercio con los fantasmas”6. Una melancolía, la de Isaac, que no solo viene motivada por el extraño enamoramiento por un espíritu, sino también por la desaparición de formas de vida pasada. Por eso Isaac registra esas instantáneas en las lindes del río Duero, con los agricultores trabajando las tierras, al son de canciones populares. Formas de vida y modos de la cultura popular que parecen destinadas a extinguirse. Lugares, dice Xurxo González, “donde el cineasta encuentra las visiones de una naturaleza primigenia y exuberante para exponer las contraprestaciones del progreso y donde busca en las ruinas de su memoria”. Y es que o Estranho Caso de Angelica desprende en esos momentos un sentimiento que podríamos vincular con el saudosismo, avalado por los libros que Isaac tiene en la habitación y que Manoel de Oliveira parece querer llamar la atención en un plano: Teixeira de Pascoes7. Un Isaac que parece un ser anacrónico, venido de principios del siglo XX por sus vestimentas y su antigua cámara analógica, al igual que el cine de Oliveira, que “parece venir del pasado para hablar del mundo contemporáneo observando de la perspectiva de alguien que ya no pertenece a él”8.

El teatro y la muerte

Roland Barthes afirmaba que, si la fotografía entronca con el arte es gracias al teatro, a su vez Manoel de Oliveira es conocido por hacer un cine con influencias teatrales que lo ha llevado a decir: “El cine no exite, lo que existe es el teatro”. La fotografía y el cine vinculados a través del teatro. Pero es el mismo Barthes el que dice que si la fotografía está vinculada al teatro es gracias a la muerte por la conocida relación en los orígenes del teatro con el culto a los muertos a su vez. Oliveira se ampara en el mecanismo fantasmal de cine como un medio de proclamar la victoria sobre la muerte, el cine como embalsamador de cuerpos. Protagonista y cineasta, Isaac y Oliveira unidos, entonces, por el teatro y la muerte.

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1. VV AA: Manoel de Oliveira, Santiago de Compostela: Xunta de Galicia: Concello: Universidade, servizo de publicacións e intercambio científico, 2004

2. BARTHES, Roland, La cámara lúcida:Nota sobre fotografía, ed: Paidos Comunicación.pp 143

3. LOSILLA, Carlos, “Modernidad a destiempo”, Cahiers du cinéma España, nº18, Diciembre 2008, p 7

4. AGAMBEN, Giorgio, Estancias: La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Ed: Pre-textos. Pp 211

5. Citado en AGAMBEN, Giorgio, Estancias: La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Ed: Pre-textos. Pp 173

6. AGAMBEN, Giorgio: Op. Cit. Pp 61

7. Teixeira de Pascoes(1877-1952) es un poeta portugués impulsor del saudosismo. “A saudade ressuscita os mortos, dentro em nós; mas, se enlouquece, põe-nos a viver, cá fora, à luz do Sol. A loucura tem outra energia. Faz o mármore e a estátua. O mundo foi construído assim”

8. LOSILLA, Carlos: Op: Cit p 6

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