PUNTO DE VISTA 2016: DE LA PALABRA Y EL GESTO

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Ya comentamos el pasado año que Punto de Vista sigue siendo un festival de compromiso político, escorado hacia terrenos de carácter más poético desde que Oskar Alegría tomó la dirección artística. Retrospectivas como la de Margaret Tait en la anterior edición, o la de Jean-Daniel Pollet en esta ocasión, evidencian esa querencia. Pero es en la sección oficial donde se toma el pulso a un certamen. Comprobamos que, en este caso, existe un profundo vínculo de espíritu entre ésta y las paralelas.

El ganador de la competición fue Andrés Duque, con un filme en el que da un pequeño giro a su carrera tras dos diarios filmados tan personales como son Color perro que huye (2010) y Ensayo final para Utopía (2012). En estos, la imagen rota y ligera del soporte digital actuaba cual pintor con una paleta de múltiples posibilidades cromáticas. La profunda introspección y la tendencia a lo abstracto de estas dos películas, nos enviaban a terrenos muy íntimos. Hay verdaderos momentos de intimidad y abstracción también en Oleg y las raras artes (2016). Mis preferidos, los que sí están filmados en un soporte digital pobre, a distancia corta, en la casa del pianista que protagoniza la cinta. Su contrapunto, como en una pintura barroca, son aquellos otros en los que toca el instrumento, en un bello palacio ruso. Aquí, la realización es pulcra y elegante. Algunos preferimos cuando Duque se mancha más, pero no podemos dejar de aplaudir el respeto con el que trata a un personaje que pretende representar con justicia, pero que, al mismo tiempo, adora. Este juego a dos distancias le permite al cineasta, por un lado, trasladar la ejecución del arte de Oleg Karavaichuk sin intervenciones autorales; por otro, presentarse en la distancia corta no como un observador, sino como un conversador, pues de eso va Oleg y las raras artes, de la palabra y el gesto. Es un filme hablado, pero que al mismo tiempo no renuncia a registrar los movimientos que hacen a Oleg único. Los planos cerrados en las manos del pianista, tocando con vehemencia el instrumento, son la excepción que se permite Duque en esa asepsia, para comunicar la pasión encerrada en los rituales de un arte de palacio; pero arte al fin y al cabo.

Leyó bien el jurado el espíritu de la sección oficial con este fallo, pues esto de la palabra y el gesto en torno al sentimiento artístico, y especialmente en lo que se refiere a las relaciones personales, parecía articular buena parte de la competición. Olmo & the Seagull (Petra Costa, Lea Blog, 2015) podría haber sido otro premio representativo de esta tendencia. Con una narración centrada única y exclusivamente en la actriz Olivia Corsini, las realizadoras construyen junto con ella una metanarración de su propia vida. Embarazada y apartada del mundo teatral durante una temporada, estas tres mujeres idean, entre la ficción más al uso, lo performativo y mediante una muestra del dispositivo que rompe en muchas ocasiones la cuarta pared; un monumento a la figura da mujer contra una sociedad de profundo poso patriarcal, incluso en contextos librepensadores como en el que nos sumerge el filme. Aquí no hay distancia, la cámara no se separa de Corsini, en momentos actuados – representaciones de su propia vida – con su pareja, también actor, Serge Nicolai. Mucho se habla en esta película, que bien podría haberse titulado Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, Ingmar Bergman, 1973) – por lo de las palabras – o, por qué no, en los momentos en los que la actriz está sola en la casa, Repulsion (Roman Polanski, 1965) – por lo de los gestos – y que, por encima de todo, ofrece diversos niveles narrativos en su enredadera entre lo real y lo ficticio. Una muy honesta e íntima reflexión en torno a la maternidad, fuera de los tópicos de momento feliz que la sociedad nos vende de la mujer embarazada, ese tótem que sustenta la economía.

Porque sí, de la familia también fue Punto de Vista. Tres filmes como Casa blanca (Aleksandra Maciuszek, 2015), Ris cantonais (Mia Ma, 2015) y If Mama Ain’t Happy, Nobody is Happy (Mea de Jong, 2014) hablaban precisamente de relaciones paterno-filiales, aunque desde postulados muy distintos. En este binomio palabra-gesto que nos ha dado por utilizar, el primer filme se decanta por lo último. En una línea de no ficción muy próxima a Nicolás Pereda o Nelson Pereira dos Santos, sigue los pasos de una viejecita que convive con su hijo con síndrome de down, quien la cuida con esmero, frente a la reprobación y el desconocimiento de su entorno. Un filme tierno que se llevó, sin sorpresas, el premio del público. Los dos siguientes ya entran en la categoría de filme hablado. Son, de hecho, una continua conversación entre hija y padre, en el primer caso, e hija y madre, en el segundo. Ris cantonais es un diario íntimo al uso, en torno a la identidad franco-china de su protagonista, realizado con corazón. La busca de entendimiento en y del padre, pasa por acompañarlo a su universo; uno plenamente francófono, pero con idas y vueltas siempre a una comunidad china en Francia en la que, los dos, de un lado o del otro, resultan outsiders. Mea de Jong también busca comprenderse en la madre. La sienta en el diván de su improvisado psicoanálisis fílmico y, mediante el formato de entrevista con imágenes de archivo, compone un sentido retrato suyo, pero que habla también de sí misma.

Por su parte, el Jurado de la Juventud premiaba a Guido Hendricx por Among Us (2014), “por su valentía, por dar voz a unos testimonios condenados por la sociedad, y ayudar a crear un intenso debate en torno a un tabú”. Se refieren a los pederastas, en concreto a tres, a los que el holandés deja hablar, expresándose con voz propia, más allá del ensordecedor ruido generado en torno a estas personas. Filme introspectivo, también de palabras y gestos, que entra por los ojos con pulcras secuencias en railes, encajaba perfectamente en este binomio de naturaleza íntima.

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De lo privado a lo público

Otras propuestas salían de esta tendencia para pensar más la plaza, situándose en el debate de importantes demandas políticas. Lampedusa in Winter (Jacob Brossmann, 2015) hace un retrato de lo que ocurre en la isla italiana, foco de la emigración desde los países del norte de África en el Mediterráneo, cuando se marchan las cámaras del muelle y las playas. Con un estilo de cine directo clásico, traza un retrato que incluye a todas las instituciones de la isla, incluida la comunidad emigrante.

También de interés fue Où est la jungle? (Iván Castiñeiras, 2015). Castiñeiras realiza un ejercicio doble en su aventura amazónica. Por un lado, un antropólogo intenta comprender las culturas indígenas que estudia. Por el otro, esas mismas culturas ya hace tempo que fueron expulsadas de su hogar; viven en chabolas en las ciudades, ante el avance imparable de la industrialización del hombre blanco. El filme es como las incursiones selváticas de Werner Herzog, Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) y Fitzcarraldo (1982), con un nihilismo postmoderno basado en los objetos, en la intensa observación de los trazos dejados por esas explotaciones pasadas. Una cinta que mira sin pavor a los documentos y huellas de la barbarie, las pruebas del crimen en el paisaje y en sus habitantes. Rodada con una inusitada belleza plástica por el propio Castiñeiras, fue una de las propuestas que más nos impactó.

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