RENOIR, de Gilles Bourdos

Renoir Vs. Renoir

En los albores de la Primera Guerra Mundial, un anciano mueve un pincel entre sus artríticos dedos bajo la luz etérea de la campiña francesa. La villa es Cagnes-sur-mer, situada en la Costa Azul, y el anciano no es otro que Pierre-Auguste Renoir. El maestro impresionista lucha por no perder su espíritu creativo frente a los achaques de la enfermedad, el fallecimiento de su amada esposa Aline y la marcha de su principal musa, Gabrielle Renard, mientras que sus dos hijos mayores, Pierre y Jean, combaten en las trincheras con un destino incierto. El único soplo de aire fresco en medio de este desolador panorama es una joven pelirroja, de nombre Andrée Heuschling, que entra en la casa del pintor para convertirse en su última modelo. Este personaje será la pieza que permita desencajar el puzzle de pasiones contenidas que componen Renoir (Gilles Bourdos, 2012), un biopic que reconstruye los últimos años del pintor y los primeros de su hijo cineasta.

La biografía es un género en el que numerosos cineastas europeos se han prodigado con desigual resultado durante los últimos años, y del que Gilles Bourdos ha salido ahora más o menos airoso. En lugar de centrarse en las eminentes carreras del padre (pintor) y del hijo (cineasta), el realizador francés prefiere diseccionar el paisaje íntimo de la familia Renoir a partir de la llegada de Andrée, quien años después se convertiría bajo el nombre de Catherine Hessling en la intérprete principal de las primeras películas del joven Jean. Esta reivindicación de una actriz ya olvidada es el detalle más original de una trama demasiado previsible (porque obviamente son ‘hechos reales’), en la que Bourdos se permite algunas ‘licencias’ para adornar la historia, como situar la acción en 1915, cuando en realidad la joven Heuschling no entró a trabajar para Renoir padre hasta 1917.

Esa falta de rigor y de intensidad dramática se compensa con unas buenas interpretaciones por parte del trío protagonista: la mejor es, como no podría ser de otra manera, la del anciano Renoir a cargo de Michel Bouquet, curtido como secundario de lujo a las órdenes de Abel Gance, François Truffaut y Claude Chabrol, entre otros. Al igual que en su interpretación de François Mitterrand en Le promeneur du Champ-de-Mars (Robert Guédiguian, 2004), el polifacético y veterano actor francés se transmuta en el pintor impresionista para hacer de cada frase una sentencia, incluida la celebérrima “el dolor pasa, la belleza permanece”. Frente a él, Christa Theret, que encarna a la joven Andrée Heuschling, y Vincent Rottiers, que hace lo propio con Jean Renoir, ofrecen una destacable réplica contraponiendo su joie de vivre a la senectud de Auguste Renoir: Theret compone un personaje femenino sensual y desinhibido que atraerá por igual a padre e hijo, mientras que Rottiers resulta un tanto menos creíble debido a su escaso parecido con el auténtico Renoir, cuya imagen todavía tiene muy fresca el público cinéfilo.

La película adopta un tono pausado que se recrea en los largos silencios y en la plasticidad de unas imágenes que van conduciendo al espectador, como si estuviese en una galería de arte, hasta el esperado y evidente final. En este sentido, es de justicia destacar la sobresaliente labor del director de fotografía Mark Ping-Bin Lee, conocido por sus trabajos en el cine asiático, como In the Mood for Love (Wong Kar-wai, 2000) o The Puppetmaster (Hou Hsiao-Hsien, 1993). Sus imágenes, junto con la música de Alexandre Desplat, trasladan al espectador a ese apartado rincón de la Costa Azul en donde un arte nace a partir de las cenizas de otro.

Bourdos recrea así en Renoir una magnífica paleta de colores para el deleite visual del público, pese a descuidar su argumento: por ejemplo, algunas tramas parecen haberse quedado a medias, como la de Claude (‘Coco’) Renoir, el hijo pequeño del pintor, un personaje que se presenta como un outsider que se acaba de quedar huérfano de madre y ve a la nueva modelo como una intrusa que le apartará todavía más de las atenciones de su padre y hermano. Probablemente, Bourdos pretendía reflejar en el pequeño ‘Coco’ los miedos del Renoir anciano (soledad, aislamiento, separación), pero su historia no acaba de cuajar. Una lástima, porque el asombroso parecido entre el personaje real y el intérprete Thomas Doret -el joven protagonista de Le gamin au vélo (Luc y Jean-Pierre Dardenne, 2011)-, así como su más que correcta actuación, podrían haber sido el cuarto pilar de una película bella como un cuadro que no ha conseguido generar una ‘gran ilusión’.  

Comments are closed.