THE LIGHTHOUSE, de Robert Eggers

Al menos una vez al año, la prensa se hace eco de alguna oferta de trabajo que promete estar a cargo de una isla, en algún paraíso de la Tierra. Y, al menos una vez al año, todos tenemos esa conversación en la que imaginamos esa paradisíaca vida, lejos del ruido de las ciudades y absortos en la convivencia con la naturaleza. Cosas del capitalismo, supongo. The Lighthouse juega a absolutamente el contrario. Quizá por eso, por no vendernos un paraíso en la Tierra, su estreno se retrasó más de medio año desde su paso por el Festival de Cannes.

Partiendo de la llegada de dos hombres a una isla en Nueva Inglaterra, la película explora la relación entre lo viejo y borracho farero Thomas Wake (Willem Dafoe), y el aprendiz (Robert Pattison). Con el sonido de la bocina del faro como única referencia temporal, la historia se desarrolla de forma repetitiva, en una rutina digna de Sísifo donde enseguida la salud mental comienza a resentirse. El aislamiento, la imposibilidad de huir de esa isla, y la repetición constante de tareas y anécdotas del viejo, comienzan a minar al aspirante que comienza a tener alucinaciones. Mientras, en lo alto del faro, la luz corta el cielo tormentoso y llama con el su sonido repetitivo; una llamada que solo Wake, que tiene en su poder la llave del faro, puede responder. Una llamada que para el más joven se convierte en un objetivo, en una obsesión.

El guion, escrito por el director y su hermano (Max Eggers), habla de ambición y de rebelión, sin dejar de lado temas como la homosexualidad o deseo carnal. Sobre este último, no son pocos los símbolos fálicos que llenan la película (pensemos en el faro, por ejemplo) o las escenas en las que se retrata un tipo de masculinidad muy propia del siglo XIX que hoy está ya superada. En una noche de tormenta, los dos fareros bailan abrazados después de beber toda la noche, las miradas se cruzan y se genera una tensión sexual… que es resuelta en una pelea a puñetazos. Se podría criticar a la cinta por solo dar una pincelada respecto a esto, mas no es una película de amor lo que estamos viendo, sino el descenso a los infiernos y la locura de quien está encerrado en una isla.

Filmado en un durísimo blanco y negro, la película atrae nuestro vistazo precisamente por situar sus referentes visuales en un cine más propio de inicios del siglo pasado. Enseguida comenzamos a encontrar referencias en la estética que nos remiten la Eisenstein, Fritz Lang o a autores más recientes como Kubrick. El formato de la película, casi cuadrado (1.19:1), constriñe la imagen generando angustia en el espectador, algo a lo que también ayuda el diseño sonoro, donde la constante lluvia y el lamento repetitivo y trágico del faro crean el ambiente oscuro que lo rodea todo.

Hace falta también destacar el trabajo lingüístico de haber respetado un inglés arcaico y con unos acentos muy marcados, unas construcciones verbales que ponen la prueba el oído y que rompen con lo que sabemos de inglés. Especialmente increíbles son las secuencias en las que Pattison o Defoe disparan monólogos en esa lengua ya desaparecida. Cualquier doblaje de este filme resultará en una obra nueva, puesto que The lighthouse solo puede existir en ese inglés recio y duro.

The lighthouse es, al fin y al fin y a la postre, una película de terror. Es por ello que lo sobrenatural también tiene espacio en la cinta, dando paso a giros o apariciones lovecraftianas provocadas, o no, por las alucinaciones de la soledad de esta isla. El terror que se genera no es aquel que nos hará saltar de nuestro asiento, sino el que irá creciendo poco a poco en nosotros, arrastrándonos hacia esta oscuridad de altos contrastes donde lo inevitable está cada vez más próximo. La luz del faro cruzará nuestros horizontes, sí, pero esta será absolutamente inalcanzable para nosotros. El tiempo no nos redimirá, pero quizás sacie nuestros instintos más primarios.

Se puede criticar que la película es densa, se puede criticar que la historia es mínima, se puede, en definitiva, buscar todos los errores que uno desee. Sin embargo, yo prefiero quedarme con los aciertos del que es el segundo film de un director (ya habrían querido otros firmar segundas obras así). Escojo quedarme con la angustia que me genera la cinta al hacerme vivir esa estancia angustiosa en esa isla en la que nunca deja de llover. Escojo mirar con reticencia a las gaviotas, pues ellas son las almas de los marineros que murieron. Escojo, en definitiva, no presentarme a esa oferta de trabajo que me promete el paraíso de la soledad en una isla, porque he visto al otro lado del cristal, y fuera de la sociedad soy solo un animal más.

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