ZOMBI CHILD, DE BERTRAND BONELLO

A LA SOMBRA DE TOURNEUR, UNA NUEVA REVOLUCIÓN

La obra del francés Bertrand Bonello ha transitado a menudo por distintas modulaciones del cine de género con una voluntad claramente política y un estilo inmersivo, lejos sin embargo del expresionismo barroco que abunda en los filmes de terror de la actualidad. Lo último del galo, Zombi Child (2019), responde perfectamente a esta reducción de su trayectoria que acabamos de trazar en un par de líneas. Sin mucho que ver con otros contemporáneos también de corte sensorial como Nicolas Winding Refn, Panos Cosmatos o Ari Aster; su filiación y herencia tenemos que encontrarla en I Walked With A Zombie (Jacques Tourneur, 1943), de la que toma la misma idea animista de la tradición haitiana en cuanto a los muertos vivientes. No estamos por tanto ante los comecerebros de George A. Romero. Los ejemplos no son gratuitos, ya que en una secuencia de la película las chicas protagonistas miran el trailer de una cinta del género en sus móviles y la referencia es claramente la que puso a andar Night of the Living Dead (1968) y que mantiene la rueda en movimiento todavía hoy con hits como Peninsula (Yeon Sang-ho, 2020), que, visto lo que está haciendo en la taquilla de Asia, puede que acabe siendo el título que más recaude en este año pandémico. !Qué irónico!

¿Pero de qué va Zombi Child? Pues de un grupo de adolescentes que viven en una elitista escuela femenina de Francia, fundada por el propio Napoleón Bonaparte para descendientes de la Legión de Honor. Allí se forman y pasan el tiempo consumiendo canciones y relatos de terror en sus dispositivos. Forman incluso una suerte de sororidad secreta en el centro para compartir estas experiencias clandestinamente. La última en llegar es Mélissa, cuya familia procede de Haití y practica voodoo. Queriendo impresionar a sus nuevas amigas, les cuenta una historia familiar que provocará que una de ellas juegue con poderes que escapan a su comprensión.

Recordemos que el zombi en la cultura haitiana es una figura con el alma soterrada en el cuerpo de lo que una vez fue un hombre, víctima de un siniestro ritual que lo hace vagar sin voluntad propia y olvidando su propia identidad. Un desmemoriado que, sin capacidad de resistencia, es utilizado para trabajar como esclavo en las plantaciones de azúcar. La lectura política está más que clara, ¿no? ¿Cómo actualiza Bonello este cuento? Pues, por un lado, filma un largo flashback que tiene lugar en los años sesenta y en el que quedan registrados los ritos de enterramiento de esta religión, como hiciera Maya Deren hace ya unos setenta años, en una secuencia que recordará al viralizado vídeo con Fernando Simón y los hombres bailando con el ataúd. En otra línea temporal, trae la acción a la Francia de hoy en día. Casi al inicio del filme, el profesor de historia de las chicas les explica cómo la revolución está en la esencia de la creación de la república, pero que estos ánimos fundacionales no siempre se han mantenido presentes en sus escasos siglos de historia. La república ha tapado muchas cosas para construirse su propio relato. Hacer la revolución es desenterrar también a ese zombi de la vergüenza, el del imperialismo, el de la colonización, el del racismo. El docente las invita a encontrar su modo de mantener viva la revolución. De nuevo, se lo dice a unas privilegiadas chicas marcadas por un Dios, Napoleón, que acabó actuando como emperador de Europa, en una actitud más monárquica que republicana. Y en esta secuencia se encuentra el corazón argumentativo de la propuesta.

Seguramente la revolución de estas chicas llegue a través de un apropiacionismo cultural por el que Bonello parece sentirse tan fascinado, como advierte de la necesidad de ejecutarlo con justicia ejemplar. El abono de la generación que retrata es una cultura pop que se nutre de distintas referencias más o menos degeneradas. El autor francés se mofa de la deriva despolitizada del zombi romeriano, tampoco deja de establecer un guiño irónico a Hogwarts como el universo ficticio millennial por excelencia en el terreno del coming-of-age. Pero al mismo tiempo, la protagonista sublima a Rihanna.

La cinta resulta divertida en este juego posmoderno de referencias, aunque lo que la convierte en una experiencia realmente inmersiva es su voluntad de mezclar épocas en el montaje, ordenando las secuencias casi por temática, como quien pincha una sesión de música, más que estableciendo una progresión cronológica apreciable. Este recurso permite crear un final elíptico, abierto, abrupto y sorprendente, mientras que genera una atmósfera que no necesita desarrollar ninguna intriga. Es sin duda aquí donde Bonello, siguiendo la senda dejada por Tourneur, organiza su revolución, tan aparentemente ligera como corrosiva.

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