FESTIVALES DE CINE: UN MODELO A CAMBIAR

Foto: Daniel Gallego

En paralelo a las proyecciones que el Festival de Cine de Ourense programó en la ciudad durante una semana, lugares como el Café Pop Torgal, uno de los epicentros culturales de ciudad, acogieron diferentes presentaciones, performances y debates. En el ecuador del festival, Fran Gayo, director artístico del OUFF, moderaba una mesa redonda sobre los festivales de cine que pretendía, no tanto solucionar un modelo que parece estar quedándose obsoleto o descompasado con los tiempo, sino abrir nuevas líneas de pensar el cine desde los lugares de encuentro que estas citas suponen. Invitados en la mesa junto a Fran Gayo, Ángel Rueda, co-director de la Mostra de Cinema Periférico (S8), Andrea Franco, programadora del OUFF, Meghan Monsour, directora de programación de Ambulante Gira de Documentales, y Xosé Ramón Rivas, programador de documental en Edinburgh International Film Festival. Antes de empezar a repasar lo allí debatido, es necesario reproducir las líneas de Mariano Llinás con las que Fran Gayo abrió el evento:

«Los festivales se convirtieron en lugares de comercio, lugares a los que las películas van a trabajar, convertidos en sables y lanzas de sus directores y productores. Los Grandes Festivales se parecen menos a un museo que a esa versión alucinada de la Bolsa de Roma que describe Antonioni en El eclipse. (…) El crítico sale da la función, tantea la opinión de sus colegas con la experiencia de un tahúr, y corre a lanzar al espacio sus anotaciones cibernéticas; el público se queda en la butaca: espera que alguien venga a hablarle, a explicarle como un guía turístico aquello que acaba de ver; el director, que pasó fuera de la sala toda la proyección, entra puntual, recibe los aplausos y se pone a hablar».

Cada uno desde una perspectiva diferente, los ponentes coincidieron en señalar la obsesión de público y medios por un palmarés que indique ‘qué ver’ dentro de una programación trabajada durante mucho tiempo. En efecto, mostras de cine como (S8), que no tiene sección competitiva, consiguen menor visibilidad a nivel exterior ya que los medios no especializados buscan el impacto de un ganador o una mención especial, en lugar de observar el conjunto de cineastas y obras reunidos en la programación. Se habló a lo largo de este encuentro de la necesidad o no de tener una sección competitiva, lo que suele ser la ‘Sección oficial’, puesto que la existencia de esta crea una separación entre las películas que están allí presentes y las que están programadas dentro de otras partes del mismo programa. Incluso desde la perspectiva de los directores de cine, la presencia de una película en un festival grande pero dentro de una sección paralala es, a veces, contraproducente, puesto que el filme no recibe la atención necesaria y acaba por morir en el circuíto. Si bien es innegable que la presencia de una película en un festival grande ayuda a la difusión del mismo, es, en muchos casos, la programación del mismo en festivales menores (en tamaño, no en calidad) la que les imprime un nuevo significado y arrojan más luz sobre la obra.

Respecto a ésto, es importante el debate que se generó alrededor de las premieres, estrenos y las condiciones que el propiofestival impone a la hora de seleccionar filmes. Hubo acuerdo en señalar que el hecho de estrenar en exclusividad una película no significa nada más allá que para publicitar ese hecho como un atractivo o un gancho, lo que, realmente, no añade ningún valor a la línea de programación. Andrea Franco expuso que el público de los festivales de cine, si bien en parte es gente del sector que recorre estas citas a lo largo del año, es mayoritariamente los habitantes de la ciudad y que privarlos de ver un filme oprque se estrenó en otra parte del estado es un absurdo. Salió a la palestra también casos inversos, como el de Potamkin (Stephen Broomer, 2016), estreno mundial en la ciudad de A Coruña durante la Mostra de Cinema (S8) por la voluntad del creador de hacerlo durante esa cita. Ángel Rueda explicó que en su caso la programación nunca tiene en cuenta si son estrenos o premieres, pero, el hecho de que un director de talle mundial esté interesado en que sea durante tu festival es motivo de honor. Finalmente, es salientable la aportación que Enric Albero, programador del IBAFF, hizo acerca de que no todos los festivales tienen que tener de todo, quizá es precisamente el riesgo de dejar fuera opciones programátcias (sean sección competitiva, sean retrospectivas) las que le confieren originalidad y sello propio a los festivales, más allá de cuentos estrenos hay o premios se otorgan. “No es cuestión de ser grande en tamaño, sino de ser grande de otra forma”, añadió Andrea Franco

Potamkin (Stephen Broomer, 2016)

Potamkin (Stephen Broomer, 2016)

Entre otro de los temas tratados en el encuentro se habló de la necesidad de mantener una educación cinematográfica en la ciudad a lo largo del año que repercuta, posteriormente, en la creación de público para el festival. A este respecto, Andrea Franco señaló la importancia de instituciones como el CGAI, en el caso de (S8), o el Cineclube Padre Feijoo, en el caso del OUFF, a la hora de generar movimiento alrededor de un cine no comercial a lo largo del año. Un movimiento que acaba por generar una cultura de festival, como explicaba Xosé Ramón Rivas sobre lo que ocurre en Edimburgo, donde las diferentes citas alrededor del Teatro, Artes Escénicas, etc., acaban por crear ese caldo de cultivo que propicia que el festival de cine tenga ya ganado el interés de la ciudad. En el caso de Cine Ambulante, Meghan Monsour explicaba que el modelo es totalmente opuesto, ya que no es el público el que va al festival, sino que es el festival el que recorre el país, México, buscando a un público al que acercarle este cine. Diferentes casos de ver al público pero que coincidían en la necesidad de empezar a inculcar esta cultura de festival ya desde las propias instituciones educativas que, a veces, son las más opacas. Ángel Santos, director de Novos Cinemas, señaló que en muchas ocasiones los centros educativos solo conciben estas actividades complementarias si están enfocadas hacia un objetivo concreto: talleres de cámara, de vídeo, etc., pero si es para ver cine y expandir los conocimientos, la activida parece absurda y lúdica en lugar de formativa.

Paralelo a la conversación sobre como acercar al público joven a los festivales, surgieron las voces de Alberto Lechuga, crítico de SoFilm, y Blanca Martínez, co-creadora de Visual404, hablando de invertir ese paradigma: acercar el festival al público. Se habló allí de una forma de programar que “llega tarde”, anclada en fórmulas de revisión de lo que dio de si la producción del período transcurrido entre una y otra edición del festival; como consecuencia, las nuevas expresiones quedan fuera, esperando, en el próximo año, su hueco y repitiendo de nuevo este bucle de desactualización. Por el contrario, también hubo quien apuntó que esta forma de programar no podía caer en la trampa de escoger contenidos que solo tengan un formato innovador o un dispositivo original: la calidad debe permanecer como criterio principal, sea en uno u otro dispositivo.

El encuentro, que se extendió durante dos horas en el Café Torgal, terminó sin llegar a ningún punto en concreto excepto uno: todas las preguntas que se pusieron encima de la mesa necesitan ser habladas, debatidas y rebatidas. Cada festival tiene, lógicamente, unas circunstancias, una línea de programación y un público específico, pero esto no excluye que se pueda aprender de la experiencia de otro. Es precisamente, la existencia de espacios para el debate como este organizado por el Festival de Ourense, los que permiten que los festivales sigan evolucionando y que no queden estancados en una fórmula que, en algunos casos, es ya caduca.

 

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