LA CLASE MEDIA

En febrero de 2010 Ricardo Steinberg y yo escribimos una historia breve con un objetivo claro: rodar profesionalmente el que iba a ser nuestro primer trabajo como directores, Meine Liebe. La prioridad era hacer una película y la longitud, por ser la primera, debía ser corta. Nuestra experiencia en cine y televisión —en sonido, guión y producción— nos permitió abordar el proyecto de forma rápida y, visto con perspectiva, de manera fácil, efectiva y sin grandes complicaciones.

El presupuesto del proyecto era elevado y, desde el principio, fuimos conscientes de que sería imprescindible conseguir algún tipo de ayuda o buscar coproducción. En ese momento, se acababa de abrir la convocatoria de las ayudas a la producción de cortometrajes de la Comunidad de Madrid y, a través de nuestra productora Foro Sonoro, nos presentamos compitiendo con otros proyectos. Cuando nos enteramos de que nos habían concedido una pequeña cantidad del presupuesto, todo se precipitó. Pedimos un crédito personal, aceleramos la preproducción y un mes después estábamos rodando con un equipo de treinta personas, la mayoría de las cuales no cobraron sueldo, pero sí fueron dadas de alta en la seguridad social.

Después, conseguimos la ayuda a cortometraje que concede el Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales (ICAA) y la colaboración de Mayfield Pictures, que nos permitieron terminar de pagar la postproducción y finalizar la obra. En enero de 2011 estrenamos Meine Liebe, había pasado menos de un año desde la primera versión del guión. El viaje por festivales que siguió no paró de darnos alegrías e incluso algo de dinero para amortizar el crédito. Pero lo mejor vino al final, con la nominación a los Goya 2012 al Mejor Cortometraje de Ficción, y cuando nos llamaron del Festival IBAFF para decirnos que Abbas Kiarostami había decidido crear The Abbas Kiarostami Film Seminar premiando a Meine Liebe. Emocionante.

Meine Liebe (Laura Pousa & Ricardo Steinberg, 2011)

Meine Liebe (Laura Pousa & Ricardo Steinberg, 2011)

Con los buenos resultados artísticos que conseguimos, lo lógico, y lo que muchos compañeros esperaban, era que rápidamente estrenáramos otro corto, que solicitásemos nuevas ayudas y subvenciones para continuar yendo a festivales y consolidarnos como cortometrajistas. Pero por diferentes decisiones personales y profesionales no lo hicimos. Una de ellas fue pensar en el cortometraje simplemente como un formato y no como una alternativa al largo. Que el cortometraje funcione como prueba, como ejercicio o como un vehículo más para expresar y desarrollar ideas es perfectamente válido así como útil, pero que se convierta en la única vía para poder rodar y que, sistemáticamente, se profesionalice sin retribuciones puede convertirse en una perversión para el propio sistema en el que nos movemos.

En un mundo cinéfilo y feliz, sea cual sea la duración de una película es deseable que, dentro de su contexto productivo, se pague por el trabajo profesional. Por supuesto, no se trata de dejar de hacer cortos ni tampoco de no echar una mano a los amigos ni, mucho menos, de rodar únicamente con ayudas y subvenciones, pero resulta preocupante que ésta sea la única forma, a priori, de poder levantar un proyecto corto o largo sin sentir que estás abusando más de la cuenta de otros profesionales que colaboran con su esfuerzo y su talento. En nuestro caso concreto, si no hubiéramos recibido la ayuda de la CAM, es muy probable que no decidiéramos rodar Meine Liebe o lo habríamos hecho en peores condiciones para todo el equipo.

Lo más significativo de esto es que estamos hablando de un corto, de una obra con una vida limitada, con muy pocas opciones de rentabilizarse como producto audiovisual, a no ser por el reconocimiento de los premios y las exiguas ventas a televisiones. Parecería que el proceso y el esfuerzo de producción de un largo es diferente, pero hoy en día, hablando en términos generales, no lo es tanto. Del mismo modo que ocurre en los cortos de un presupuesto digamos elevado y que responden a una estructura de producción determinada, para poder levantar un proyecto, a las ayudas del estado se suman, en muchos casos, el crowdfunding, la coproducción (la otra puerta a la solicitud de nuevas ayudas), la entrada de una cadena de televisión, los ahorros o la decisión de montar una cooperativa (asunto que la actual legislación no incentiva).

Meine Liebe (Laura Pousa & Ricardo Steinberg, 2011)

Meine Liebe (Laura Pousa & Ricardo Steinberg, 2011)

Es decir, la política audiovisual española —con exenciones fiscales del 20% (hasta el primer millón de euros) para empresas e inversores de otros sectores que se animen a participar en obras cinematográficas—, persiste en convertir a las ayudas y subvenciones, al desarrollo o a la amortización, en una de las dos piedras angulares del modelo cinematográfico actual. La otra son las televisiones, que estrechan el margen hacia un tipo de películas de máxima rentabilidad. Con este panorama, la partida destinada al desarrollo de proyectos por cauce público deja de entenderse como una inversión para adquirir un carácter excepcional, de premio y favor para unos pocos, debido fundamentalmente al decreciente presupuesto destinado. Los subvencionados, obviamente, acuden con más opciones de éxito a foros de festivales, tienen más posibilidades de ser escuchados en los departamentos de cine de las televisiones públicas y privadas, de conseguir coproducción o de acceder a otras ayudas europeas e internacionales.

Surgen así varios interrogantes: ¿es justo este sistema? ¿Es justo que muchos de los proyectos que no reciban la ayuda a la producción de largometraje del ICAA (la convocatoria 2014 se resuelve en los próximos días) no tengan otra alternativa y pierdan la posibilidad de ser realizados? ¿Es justo que recaiga sobre la respetada subjetividad de una comisión de profesionales —de ámbito nacional, en este caso, o en las Comunidades Autónomas— tal responsabilidad? ¿Es justo que el estado, con un actitud paternalista, ‘premie’ a los cineastas sin crear las bases de una verdadera industria que nos permita decidir libremente? ¿Es justo que parezcamos cineastas caprichosos empeñados en hacer películas y no trabajadores creativos que generan riqueza fácilmente contabilizable a través del PIB?

Insisto, no estoy en contra de las subvenciones porque creo que el estado debe apoyar a todos los sectores productivos, pero creo firmemente que no tendrían que ser la única vía que garantice rodar una película en condiciones dignas (a veces). El amor al arte existe, pero el amor a vivir de nuestro trabajo también. Tenemos que defender una industria donde haya, de un lado, películas taquilleras y frente a ellas, las radicalmente independientes y artesanales, apoyadas o no por el estado. Pero no nos olvidemos de recuperar un cine de clase media que, en paralelo a lo que ocurre en nuestra sociedad, está desapareciendo, por no decir que ya no existe. En este sistema de subvenciones del que estamos hablando, este tipo de películas son las grandes perjudicadas, las que se quedan a medio camino entre el taquillazo y la excepcionalidad. Defendamos pues el cine de los márgenes frente al mainstream, pero reinvidiquemos también la comercialidad de películas medianas, con identidad cultural, con carácter propio y, fundamentalmente, la diversidad de historias que amplíen el horizonte de la producción cinematográfica que, ahora mismo, se percibe muy borroso.

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