LOS HONGOS, de Óscar Ruiz Navia

Los Hongos 2

Una constante actual en occidente es dar marcha atrás en materia de libertad ciudadana, como apuntan las protestas estudiantiles del pasado año en México o la aprobación de la Ley Mordaza hace apenas unos meses en España. Contra estas políticas de opresión y miedo surgen, sin embargo, movimientos subterráneos que se mueven por debajo de un sistema corrupto y obsoleto en busca de nuevas vías de expresión. Ras y Calvin, los protagonistas de Los Hongos (Óscar Ruiz Navia, 2014), son dos soldados de una guerra que no se reconoce como tal desde el poder, y que intenta crear un cambio social. ¿Qué cambio? Todavía es pronto para saberlo, pero la utopía, pese a ser inalcanzable, sirve, ante todo, para movernos.

Movernos por la ciudad, en este caso por Cali, esquivando la publicidad omnipresente en bancos, en autobuses, en la ropa y en las paredes; y escondiéndose de la policía, el brazo ejecutor del poder, para pintar de colores un trozo de esa jungla de asfalto. El graffiti, en la película, se convierte así en un acto artístico y liberador, y sobre todo en un acto político. Un acto que golpea a aquellos que vociferan, desde la barra del bar, que un cambio es necesario y que el sistema no funciona. Un acto de urgencia, también, puesto que hace falta coger el spray y pintar las paredes antes de que sean cubiertas por anuncios electorales.

Ciertos agentes sociales muestran actitudes disuasivas o directamente represivas ante estas acciones artísticas. “¿Tenéis permiso para pintar aquí?”, pregunta un policía a los grafiteros, “Esta pared es del ayuntamiento”. ¿Del ayuntamiento o de los ciudadanos? La diferencia en las palabra incide en el retrato que Los Hongos hace de una sociedad, la colombiana, en la que la corrupción salpica a la totalidad del poder. La corrupción política, además, se mezcla con la siempre presente religión, que aprovecha su poder de congregación para organizar una ‘improvisada’ visita electoral. Así, política y religión son elementos empleados para lavar la mente de aquellos que divergen del pensamiento único, como es el caso de la madre de Ras, que lava literalmente el maleficio de su hijo.

Se puede tender un puente entre Los Hongos e They Live (John Carpenter, 1988), la película en la que Roddy Piper observaba los grandes carteles que rezaban “OBEY” y descubría a los zombis que vivían escondidos en la sociedad. Zombis que hoy visten traje y corbata, y que contaminan una realidad cada vez más anómica e impasible ante los fuertes retrasos en materia social y política que promueven los gobiernos. La putrefacción del sistema es la que permite que los hongos vivan, extrayendo energías para crear nuevas formas de vida. El ocaso del Estado del Bienestar es el nacimiento de un nuevo estado, que comienza a dibujarse a golpe de graffiti.

Los Hongos 3

Mezclando fórmulas entre el documental y la ficción, Óscar Ruiz Navia consigue impregnar la película de veracidad. Así, la cámara entra a veces dentro de la acción, como ocurre en la secuencia de la redada a través del punto de vista de uno de los policías, o mediante una videocámara en una fiesta. Al igual que en su anterior trabajo, Solecito (Óscar Ruiz Navia, 2013), este director vuelve a jugar con actores no profesionales y con fórmulas que dan como resultado una película que parece a veces más próxima al documental que a la ficción pura, como ocurre en la escena en la que Ñañita recuerda su pasado a través del álbum de fotos. En esta secuencia, como señala Víctor Paz, “el documental aparece con fuerza” al recordar el episodio de La Violencia. Rodada con un presupuesto pequeño, la decisión de rodar en 35mm se convierte en una especie de declaración de intenciones. De este modo, no existe la posibilidad de repetir o de revisar, como ocurre en el digital, por lo que el director afronta estas condiciones como un artista urbano que no tiene forma de planificar un graffiti. Sólo existe una opción: filmar / pintar.

Dentro y fuera de la película, la solidaridad aparece reflejada de varias maneras. Dentro, en la inspiración que supone la Primavera Árabe y el grito de ‘Nunca más guardaremos silencio‘ para Ras y Calvin. Fuera, en la crítica que se hace de un momento social que trasciende fronteras, especialmente al otro lado del Atlántico. La fuerte represión policial, la corrupción política y los nuevos movimientos culturales no son exclusivos de Cali. Si bien, por origen, la película es colombiana, Los Hongos pertenece en realidad a toda Latinoamérica.

Este título, junto a otros como Güeros (Alonso Ruíz-Palacios, 2014) o El Palacio (Nicolás Pereda, 2013), ratifica una corriente de nuevos cineastas latinoamericanos que denuncian una sociedad en la que hace falta el cambio; un cambio que comienza en el arte; un arte que agita la mente y que viaja con el espectador después de abandonar la butaca. Frente a aquellas obras que parecen realizadas para complacer a los gobernantes, o aquellas pensadas para ser puro entretenimiento, es preciso recuperar el arte más puro del cine a través de un cine de Autor con A mayúscula, en el que el director se comprometa y se transforme en cineasta-político. “No nos importan el dinero. Queremos que la gente valore lo que es de su propio país”, dice en uno vídeo promocional Calvin, refiriéndose a la situación que vive una película de este tipo ante un panorama en el que se manda a golpe de blockbuster. Esta situación se repite a lo largo del mundo occidental, y hace que la supervivencia de estos hongos cinematográficos sea reducida. Aquí es en donde surge el reto.

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