NOVOS CINEMAS 2016: DE LA AUTOINDULGENCIA (DE LOS PERSONAJES) A LA AUTOEXIGENCIA (DE LOS PROGRAMADORES)

31 John From

La primera edición de un festival es, en estos tiempos de recortes austeritarios, un acto de valentía, y más aún si ese festival se construye a partir de un concepto fuerte y significativo, como ocurre con Novos Cinemas, el Festival Internacional de Cine de Pontevedra. La idea de sus programadores, Suso Novás y Ángel Santos, es tan sencilla cómo efectiva: crear un festival dedicado a aquellos cineastas que sólo tienen uno o dos largometrajes en su trayectoria, dándole así visibilidad, por un lado, a propuestas que exploran nuevas posibilidades formales y narrativas, y por otro, a relatos protagonizados por personajes jóvenes, con sus correspondientes conflictos e idiosincrasias, que van cambiando generación a generación. Con estos mimbres, este festival nace con una doble función: ayudar a estos cineastas a apuntalar sus carreras y atraer a los espectadores menores de cuarenta años a la sala de cine, esos mismos espectadores que pasamos más tiempo delante de la pantalla del ordenador que de la pantalla de cine.

Estas dos líneas quedaban reflejadas en los títulos de la sección oficial: primero, el cine como experiencia (estética, inmersiva), y después, el cine como retrato (de la gente joven). En este contexto, el jurado acertó al dar el Premio Novos Cinemas a John From (João Nicolau, 2015), la película que probablemente mejor aunaba ambas tendencias. Esta cinta describe en su primera mitad el tedio estival de una adolescente, que no tiene nada que hacer ni ningún lugar a donde ir. En las primeras secuencias, Nicolau muestra sus itinerarios hacia el centro sociocultural de su barrio, o las bromas con su mejor amiga, a través de composiciones geométricas, colores primarios y un tono lúdico y lacónico a medio camino entre los trabajos de Wes Anderson y Aki Kaurismäki – del que incluso hay una cita textual a Varjoja paratiisissa (Sombras en el paraíso, 1986). La llegada de un nuevo vecino, fotógrafo de profesión, y autor, en particular, de una exposición sobre Melanesia, va a disparar la imaginación de la protagonista, que será capaz de intervenir sobre lo real para crear una versión tropicalizada de su entorno. El ritmo lento y demorado de la primera mitad gana sentido en la segunda, en la que una pocas buenas ideas de diseño de producción y vestuario consiguen transmutar un barrio lisboeta en un paraíso melanesio. Nicolau desarrolla así un relato construido a partir de las expectativas soñadas por su protagonista, siguiendo la estela de la última obra maestra de Alain Resnais, Les herbes folles (2009). De este modo, John From supera la irregularidad del primer largometraje de Nicolau, A Espada e a Rosa (2010), e incluso amplía los hallazgos de su mejor trabajo hasta la fecha, el corto Gambozinos (2013).

¡Qué difícil es ser joven!

Superada la adolescencia, los problemas socio-emocionales continúan, como le ocurre a los personajes de Short Stay (Ted Fendt, 2016), Baden Baden (Rachel Lang, 2016) y Les deux amis (Louis Garrel, 2015). Mike, el protagonista de Short Stay, trabaja en una pizzería y vive con su madre en New Jersey, pero un día decide cambiar de vida, casa y trabajo: primero alquila el cuarto de su amigo Mark en Philadelphia, mientras este se va de viaje a Polonia, después lo sustituye en su empleo como guía turístico, pero al final todo le saldrá mal por mor de uno de los peores males de la sociedad estadounidense: la obligación de ser nice. Mike no es suficientemente nice. Es un ingenuo introvertido, algo pasmarote, y eso no gusta en los states. No es tan egocéntrico y astuto como su amigo Mark, que parece que es lo que se lleva ahora. Y así le va, claro… Menos mal que está ahí Ted Fendt, el director de Short Stay, para reivindicar su derecho a ser un muermo: Fendt redime sus miserias retratándolas con un humor inspirado en los cómicos del cine mudo que recuerda un poco también a los filmes de Éric Rohmer y a los primeros trabajos de Jim Jarmusch. La elección del tema –la desorientación vital a los treinta años– y del soporte –celuloide, 16 milímetros– acerca esta propuesta al universo creativo de uno de los dos programadores del festival, Ángel Santos, como también le ocurre a Baden Baden, la versión femenina y francesa de la misma encrucijada vital que explora Short Stay.

Short Stay (Ted Fendt, 2016)

Short Stay (Ted Fendt, 2016)

Ana, la protagonista de Baden Baden, es bastante más sociable y divertida que Mike, pero sus dificultades de adaptación a la vida adulta son similares: sin vocación, sin trabajo fijo, sin grandes expectativas y con la autoestima por los suelos. Su retrato, esta vez, se articula alrededor de sus encuentros con distintos amantes y pretendientes, en otra muestra de que la sombra de Rohmer es alargada. La cineasta Rachel Lang construye Baden Baden a partir de la experiencia previa de varios cortos anteriores filmados con la misma actriz, Salomé Richard, lo que provoca, al contrario de lo que ocurría en Short Stay, que esta vez el conjunto resulte algo irregular: toda la trama relacionada con la abuela, con su casa y con la reforma de su cuarto de baño funciona mucho mejor, sin ir más lejos, que cualquiera de las aventuras sentimentales de la protagonista.

En esta línea de programación, Les deux amis fue probablemente la propuesta menos conseguida de todas. La crisis existencial está aquí canalizada a través de una relación de amistad masculina: la que une a Vincent con Abel. El problema, esta vez, no es que los personajes sean poco espabilados, porque eso también le pasaba en menor medida a Mike y a Ana, sino que el desarrollo de la propia trama se contagie de su falta de luces. La historia tiene que ver con la pasión súbita que Vincent desarrolla hacia Mona, una joven presidiaria en régimen de tercer grado. Los pésimos consejos amorosos de Abel provocarán que Mona se quede un día y dos noches fuera de la prisión, convirtiéndose así en prófuga de la justicia muy a su pesar. Las horas que pasará en compañía de estos dos amigos no ayudarán precisamente a su relación amorosa, pero sí que dinamitarán las bases sobre las que se sustentaba la amistad entre Vincent y Abel. La química entre los actores es evidente, pero la falta de pulso narrativo de Louis Garrel, que alarga en exceso muchas secuencias, estropea los méritos puntuales de este largometraje.

Otros mundos, otros cines

Más allá de estos conflictos más o menos graves de personajes más o menos autoindulgentes, la otra línea de programación agrupaba títulos más arriesgados que compartían una voluntad similar de experimentar con el lenguaje y el relato cinematográfico. Entre todos ellos, la propuesta más fascinante volvió a ser, en mi opinión, Dead Slow Ahead (Mauro Herce, 2015), que continuó en Pontevedra con su exitosa singladura festivalera, casi un año después de ganar el Premio Especial del Jurado en el Festival de Locarno 2015. Esta película se sumerge en las profundidades de un carguero filipino en un viaje en busca de formas, figuras y espectros que avanza del exterior hacia el interior. La tendencia a la abstracción de sus imágenes sitúa a Mauro Herce en el linaje de determinados cineastas paisajistas, como Michelangelo Antonioni, Chantal Akerman, James Benning, William Raban o Apichatpong Weerasethakul, aunque su paralelo más evidente son los cineastas etnógrafos del Harvard Sensory Ethnography Lab. En este sentido, Dead Slow Ahead guarda muchos parecidos con Leviathan (Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel, 2012), otra pieza de inspiración marinera, con la que comparte su capacidad para retratar lo común de forma extraordinaria. El plano de la costa desértica que termina en mar abierto, o el largo zoom out que se aleja de la bodega del barco, o sobre todo la secuencia final de las conversaciones telefónicas superpuestas sobre imágenes de la maquinaria son fragmentos que tienen la habilidad de combinar la épica con la estética sin renunciar al retrato de la tripulación: un colectivo espectral, desterritorializado, compuesto por marineros ajenos a los suyos y a sí mismos.

Dead Slow Ahead (Mauro Herce, 2015)

Dead Slow Ahead (Mauro Herce, 2015)

El protagonista de 边野餐 (Kaili Blues, Bi Gan, 2015) –otro título procedente de Locarno, por cierto– es también un ser desconectado de los suyos y desplazado en su propia ciudad, Kaili, en este caso por culpa del tiempo que ha pasado en prisión. El cineasta chino Bi Gan ancla esta historia en el espacio, filmando todas las localizaciones de la película con un fuerte sentido de lugar, como Jia Zhang-ke en 三峡好人 (Still Life, 2006); mientras que emplea simultáneamente una estructura temporal muy enigmática, en la que los cambios de época resultan casi imperceptibles, al estilo de Wong Kar-wai en 阿飛正傳 (Days of Being Wild, 1990). La película comienza con un ritmo perezoso y demorado, para acelerarse después en un plano secuencia virtuoso y vertiginoso: a lo largo de unos cuarenta minutos, Bi Gan acompaña los desplazamientos de sus personajes por un valle estrecho, ladera arriba y ladera abajo, en moto, coche, barca y a pie, de un lado del río a otro, haciendo varias paradas para comer, cortarse el pelo y asistir a un concierto. La sensación de fluidez y continuidad que transmite este plano es mayor que la de otros experimentos similares por algo tan simple como estar filmado en exteriores, en localizaciones naturales. Es más, todo la película parece estar ya contenida en ese plano, que explica muchas escenas anteriores y anticipa también alguna posterior.

El trabajo del luto

El grande tour de force del festival fue, sin embargo, Risttuules (In the Crosswind, Martti Helde, 2014), una minuciosa reconstrucción de la deportación de millares de estonios a Siberia durante los años cuarenta, en el peor momento del estalinismo y de la Segunda Guerra Mundial. La técnica elegida por el cineasta no podía ser más ambiciosa: representar todas las fases de este proceso mediante una serie de planos secuencia filmados en blanco y negro en los que los actores están completamente inmóviles, como en una fotografía o en un grupo escultórico, mientras que la cámara se mueve entre ellos, explorando todos los detalles de la escena. La planificación de los movimientos de cámara es milimétrica, estableciendo un montaje en el interior de estos planos con una clara voluntad narrativa. Hay momentos en los que los actores incluso cambian de posición mientras están fuera de campo, para hacer avanzar la acción sin cortar el plano ni transgredir las normas del dispositivo, como ocurre en las secuencias de la despedida ante el tren, del robo del pan o de los fusilamientos. El efecto resultante crea la ilusión de poder volver al pasado, a esos momentos congelados en la memoria histórica del pueblo estonio – una memoria que es a un tiempo individual y colectiva. Todas estas secuencias están acompañadas por la lectura de las cartas que la mujer protagonista le envía a su marido, unos textos emotivos y explicativos que dan cuenta de la evolución del proceso. El problema de In the Crosswind, por desgracia, es la pobreza de su discurso, que queda apenas reducido a los dos siguientes elementos: por un lado, el lamento por el sufrimiento del pueblo estonio; por otro, la denuncia de la maldad intrínseca a los dirigentes soviéticos. El film no deja margen para matices ni sutilezas, subrayando con énfasis cada uno de los dramas mostrados a través de la música y de los movimientos de cámara. El virtuosismo de la puesta en escena se ve así lastrado por culpa del maniqueísmo y de la cursilería de la película. Una pena.

Siembra (Ángela Osorio e Santiago Lorenzo, 2015)

Siembra (Ángela Osorio e Santiago Lorenzo, 2015)

In the Crosswind surge de la necesidad de establecer un luto colectivo por la memoria de las víctimas, como también ocurre en Siembra (Ángela Osorio e Santiago Lorenzo, 2015), un largometraje colombiano filmado en una comunidad de desplazados en Cali. El luto, en este caso, es por la tierra abandonada, a pesar de aparecer camuflado en la ficción por la muerte del hijo del protagonista.  Este proyecto surgió en el ámbito universitario como una investigación etnográfica, pero aún así supo pasar de la observación a la participación para retratar desde dentro a todas aquellas personas que son como los protagonistas: padres e hijos, presentes y ausentes, vivos y muertos. La elección de la fotografía en blanco y negro potencia el doble carácter documental y monumental de la propuesta, que presenta algunos elementos en común con el trabajo del cineasta portugués Pedro Costa con la comunidad caboverdiana lisboeta. La cámara de Ángela Osorio y Santiago Lorenzo consigue capturar la vida cotidiana y la forma de estar en el mundo de varias generaciones de desplazados colombianos, ofreciendo al público un conjunto de secuencias absolutamente sorprendentes: de los bailes orgánicos y entregados de los más jóvenes y de los más viejos al llanto inconsolable del Turco ante la tumba del Yosner, el clímax emocional de esta película y de todo el festival.

Por último, la sección oficial también incluía una sesión programada en colaboración con la Asociación Cultural Convergencias de la Crítica Cinematográfica, como ya ocurre desde hace un par de años en Play-Doc y en el Festival Internacional de Gijón. La pieza seleccionada esta vez fue el largometraje brasileño Branco Sai, Preto Fica (Airley Queirós, 204), una ficción documental propuesta por el crítico Javier Trigales. A medio camino entre la ciencia-ficción y la etnografía participativa, esta obra reivindica, igual que In the Crosswind y Siembra, la necesidad del luto para superar los traumas colectivos, identificado en este caso con la violencia policial sobre la población negra y marginal de Ceilândia, uno de los suburbios de Brasilia. La película es muy irregular, hasta el punto de que las secuencias de ciencia-ficción funcionan bastante mejor que los testimonios documentales, pero también cuenta con una de las mejores declaraciones de principios del cine contemporáneo – por sincera y sintética: “Da nossa memória fabulamos nóis mesmos”. Punto para Airley Queirós y sus camaradas en el CEICINE – el Coletivo de Cinema da Ceilândia. Punto para Novos Cines: con una programación así en su primera edición, ya tarda en llegar la segunda…

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