O QUE ARDE CURA (2012), de João Rui Guerra da Mata

EL FUEGO COMO FORMA Y FONDO

IndieLisboa 2012: Competição Internacional e Competição Nacional

El dormitorio de una mujer. A la izquierda, un gran lecho desordenado. A la derecha, puerta que da a un cuarto de baño encendido. Una mesita con un teléfono. Una silla baja. Algunos libros. La luz de una lámpara (…) Suena el teléfono. La mujer deja caer el abrigo y se precipita hacia el auricular. Desde ese mismo instante va a hablar sin interrupción: de frente, de espaldas, de perfil, de pie, de rodillas, sentada o paseando. Al acabar caerá derribada sobre la cama, abandonando el auricular.

Así comenzaba la adaptación que Enrique Llovet realizó en 1986 de la pieza teatral La Voix humaine, escrita por Jean Cocteau en 1930. En este libreto, escrito en forma de monólogo y ambientado en el París de entreguerras, el autor francés reflexionaba sobre la complejidad y los límites de la (in)comunicación humana a través de un medio (entonces todavía) tan inestable como el teléfono. Esta obra originó varias adaptaciones de prestigio, entre las que destacan la ópera escrita por el compositor francés Francis Poulenc en 1958, una versión cinematográfica co-escrita y dirigida por Roberto Rossellini para el segundo episodio de L’amore (1948), protagonizado por Anna Magnani, o la última producción del popular show televisivo ABC Stage 67, en la que Ingrid Bergman encarnaba al personaje único de la pieza.

Ahora, el texto del polifacético creador galo inspira O que arde cura, nuevo trabajo conjunto de João Rui Guerra da Mata y João Pedro Rodrigues. La estrecha colaboración entre ambos cineastas portugueses ha ido consolidándose a lo largo de la última década en películas como O Fantasma (2000), Odete (2005), China China (2007) y Morrer Como Um Homem (2009), y confluyó definitivamente en la codirección del documental Alvorada Vermelha(2011), premiado como el mejor cortometraje nacional en Indie Lisboa el pasado año.

En esta ocasión, Guerra da Mata dirige y firma el guión, mientras que Rodrigues recoge el testigo de Anna Magnani, Ingrid Bergman, Simone Signoret o Liv Ullmann como protagonista único. El cambio de sexo del protagonista no es, sin embargo, la modificación más destacable de O que arde cura respecto a La Voix humaine, sino la reubicación geográfica y temporal de la historia, que resulta determinante para comprender el valor y calado pleno del film de Guerra da Mata. La acción se traslada a Lisboa, el 25 de agosto de 1988, el día después del cumpleaños del protagonista. Sin embargo, esa fecha perdurará para siempre en la memoria colectiva de los lisboetas como el día del trágico incendio del barrio de Chiado, considerado el mayor desastre acontecido en la capital lusa desde el terremoto de 1755.

El omnipresente fuego es un elemento de incensante poder destructor, purificador y revitalizador

En un televisor vemos la cobertura de esta terrible noticia por parte de RTP, mientras escuchamos de fondo al protagonista respondiendo a una llamada telefónica. A partir de ese momento, al igual que en la pieza de Cocteau, el hombre comenzará una íntima, dolorosa y melancólica “conversación” (en la que únicamente escucharemos su voz) con la persona que amó durante los últimos años, de quien se acaba de separar y de quien sigue enamorado.

El trabajo de adaptación es, sin duda, desafiante: un único escenario, un único personaje y un monólogo interpretado en tiempo real, como en aquella sublime Cinco horas con Mario,de Miguel Delibes, si bien en aquel caso se trataba de un soliloquio y en éste de un diálogo en el que sólo escuchamos a uno de los interlocutores. Pero O que arde cura no es literatura, teatro u ópera, sino cine, y Guerra da Mata demuestra una espléndida clarividencia a la hora de discernir y aplicar las extraordinarias potencialidades de este arte. El cineasta se alía brillantemente con el director de fotografía Rui Poças y el director artístico José Pedro Penha para articular un lúcido e ingenioso dispositivo de realización y puesta en escena. La sencilla aunque fértil escenografía en la que se desarrolla toda la acción es un reducido set semejante al espacio de una videoinstalación con varios proyectores, en el que la cámara explora múltiples puntos de vista y encuadres mientras João Pedro Rodrigues se desplaza con armoniosa soltura de la ventana al televisor, del televisor al tocadiscos o del tocadiscos a la cama, siempre “colgado” del teléfono.

El uso de las paredes o del suelo como pantallas de proyección favorecen el trasiego de lo interior a lo exterior, de lo espiritual a lo físico, del drama personal al drama colectivo, con el omnipresente fuego como forma y fondo, como elemento de incesante poder destructor, purificador y revitalizador: desde que el Ave Fénix es Ave Fénix, “o que arde cura”.

Los escombros de los dieciocho edificios calcinados aquella aciaga jornada en el Chiado encuentran su eco entre las ruinas del corazón despojado de nuestro protagonista. Pero, al igual que el histórico barrio lisboeta ha logrado gozar de una nueva y floreciente vida (tras el proyecto urbanístico liderado por el gran Álvaro Siza), también este antihéroe tendrá la oportunidad de resucitar de sus cenizas y comenzar de cero, “sem merdas”.

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