FESTIVAL DE CINE INTERNACIONAL DE OURENSE 2016: EL AÑO DE LA RENOVACIÓN

Si bien es cierto que el Festival de Cine Internacional de Ourense llevaba veinte ediciones atrás, esta vigésima primera edición fue también la primera de una nueva legislatura. Como un político electo, espero que me perdone el insulto, Fran Gayo llegó a los mandos del festival con una intención clara: reinventar el OUFF, poner lo de dentro hacia fuera y viceversa. Por eso, esta edición estuvo marcada por una fuerte apuesta por un cine no solo independiente, sino un cine de autor. El festival apostó por nuevas miradas firmes y novedosas en el cine, pero sin olvidar a aquellos que ya estaban allí antes. Así, teníamos a directores consagrados como Mercedes Moncada o Hugo Santiago y otras secciones que apostaban por las óperas primas en el panorama audiovisual. Pero, dejemos de hablar de generalidades y centrémonos en el cine que allí se pudo ver.

Fotografía: Daniel Gallego

Fotografía: Daniel Gallego

Si hubo un film del que no consigo dejar de hablar, ese es Santoalla (Andrew Becker e Daniel Meher, 2016). Sin duda, la película gallega por excelencia, la pieza cinematográfica que la filmografía gallega necesitaba para abarcar la totalidad de los géneros. El documental, empleando procesos más próximos a aquellas obras dedicadas a reconstruír crímenes que al documental experimetnal, consigue filmar a la perfección la identidad gallega a la vez que relata un crimen sucedido hace escasos años en el pueblo de Petón. La trama no puede ser más convencional: dos holandeses llegan a una aldea (Santa Eulalia) donde otra familia empieza a hacerle la vida imposible. Partiendo de esta base, los dos directores estadounidenses filman Galicia en la más pura expresión; pero lo mejor de todo es que lo hacen casi sin querer. La moreleja quizás sea que nos deberíamos preguntar como es que unos extranjeros sin ninguna relación con Galicia filman mejor la esencia de nuestro país que nosotros mismos. Yo sigo intentando buscar la respuesta.

Dentro de las pelícuals inolvidables de esta edición, Como de da la gana II (Ignacio Agüero, 2016) escogida mejor película dentro de la Competición Iberoamericana, guarda un espacio propio. Continuación de un cortometraje realizado hace 30 años, Agüero ‘interrumpe’ rodajes preguntando por lo cinematográfico de cada película. Si hace tres décadas la pregunta quería responder qué tipo de filmes se podían hacer en el Chile de Pinoche, hoy la pregunta trasciende y adquiere un carácter más filosófico. ¿Por qué hacer películas? ¿Cual es la necesidad? Las respuestas de los directores son siempre elaboradas explicaciones sobre la temática, la trama, los personajes; por el contrario, en un instante del metraje Agüero revisita unas imágenes con Sophie, su editora. Ella pregunta: “¿Qué es lo cinematográfico de estas imágenes?. “Los sombreros”, sentencia Agüero.

Y ahí reside todo, la belelza, la pulsión por grabar, por filmar. Y inevitablemente a la mente viene aquellas imágenes que abren Sans soleil (Chris Markes, 1983) y la voz de Florence Delay diciendo aquello de “un día pondré estas imágenes al comienzo de una película seguidas por un largo fotograma en negro. Si no ven la felicidad en la imagen, al menso verán el negro”. Quizás Agüero también tenía en mente a estes tres niños caminando ante la cámara en Islandia, o quizás Marker visitó la película durante el rodaje encarnando al Monsieur Chat, pero eso no lo sabremos nunca y ahí, ahí también reside lo cinematográfico: en evocar en el espectador cosas sin dar explicaciónes.

Me perdí. Sophie, volvemos a empezar.

 

Como me da la gana (Ignacio Agüero, 2016)

Como me da la gana (Ignacio Agüero, 2016)

Octubre-Noviembre son dos meses cargados de festivales. El Festival de Sevilla de Cine Europeo coincide casi con DocLisboa, que vienen con el camino abierto por nuestros compañeros de Curtocircuito; a su vez, éstos anticipan la llegada de L’Alternativa o el Festival de Cine de Gijón. Pero este año, entre octubre y noviembre, aparecía una nueva cita en el calendario: el Festival de Cine Internacional de Ourense. La cita, si bien nueva nueva… no es, aparecía por primera vez en el panorama estatal con la llegada de Fran Gayo, reputado programador del BAFICI. A su llegada lo siguieron una fuerte apuesta por nuevas miradas en el cine, como se podía comprobar en la sección Óperas Primas, y por el reconocimiento de aquellos ya consagrados, de ahí los focos dedicados a Mercedes Moncada, Hugo Santiago y Camilo Restrepo y el premio Cidade de Ourense a Oliver Laxe (porque si, ya podemos hablar de Laxe como un director consagrado; ¿o es qué alguien lo duda?)

Premiada como mejor ópera prima, Boone (Christopher LaMarca, 2016) es un sorprendente ejercicio de sencillez narrativa. El documental se centra en un grupo de tres amigos que deciden marcharse al campo y montar una granja de cabras persiguiendo ese utópico sueño de la vida autosuficiente, quizás siguiendo las doctrinas de John Seymour como tantos otros antes, quien sabe. La puesta en escena, sencilla, permite que el espectador se adentre en la película completamente, siendo capaz de respirar la tierra que se trabaja. Además, la no espaciación de las diferentes estaciones, permiten que invierno, verano, todo entre y salga del film como un pájaro volando en medio de una inmensa plantación. No nos damos cuenta del paso del tiempo referido a los meses. No hay días de la semana. Tan solo hay días de frío, de lluvia, de calor asfixiante y, sobre todo, días de trabajo. Una película hermosa que quizás está más próxima a ser una experiencia casi espiritual que un documental.

Boone (Christopher LaMarca, 2016)

Boone (Christopher LaMarca, 2016)

También en esta línea de filmar experiencias está María Aparicio con Las calles (2016), documental ficcionado, ficción-documentalizada o no-ficción o como cada uno le quiera llamar que recoge el trabajo de una maestra en Puerto Pirámides, Argentina, para que sea la ciudadanía la que escoja el nombre de sus calles. La película retrata un proceso real ocurrido en el pueblo argentino, un ejercicio de democracia directa que da voz a la ciudadanía no solo para decidir el nombre de las calles, sino para dibujar su propia historia, la memoria de Puerto Pirámides. La palabra es la protagonista de una película donde “las calles” son, sinceramente, lo que menos importan y donde la memoria viva es recuperada gracias al trabajo de esta maestra, Julia, y de la directora de la cinta.

También sobre la palabra construye su trabajo Angélica Lidell. Directora y actriz de teatro, se desnuda sentimentalmente ante Manuel Fernández-Valdés en Angélica [Una tragedia] (2016), documental que acompaña a la artista durante una presentación de su próxima obra. Áspera y violenta, la cámara se planta frente al escenario y se limita a conocer a Angélica a través de su trabajo en en él y en sus textos. No hay entrevistas, pero si está presente la voz en off del director que, contra la mitad del metraje, entra en la misma provocando las acciones que detonarán el final de la misma. Dentro de la película dos historias: la de una artista creando y dejando a un extraño, el director, entrar en un lugar personal y privado: el escenario; y la de un director que se enfrenta a retratar lo inretratable, a filmar y conocer sin interactuar con la protagonista.

Con menos acierto, Solange et les vivants (Ina Mihalache, 2016) intenta hacer una aproximación a la comunicación y a sus problemas. La propia directora protagoniza esta cinta interpretando a una chica que sufre de desmayos repentinos. Lo que parece empezar como una comedia absurda pronto es devorada por el absurdo que la rodea, haciendo que, pase película surrealista, a parodia sin sentido en menos de una hora. Al contrario de lo que pueda parecer por lo que escribo del trabajo de Mihalache, la película tan solo se equivoca al centrar todo el interés en Solange, haciendo que cargue con todo el peso y, por consiguiente, haciendo que nos aburramos a los veinte minutos de ella.

Por el contario, Mattress Men (Colm Quinn, 2016) graba también el absurdo de la reinvención del ‘Rey de los colchones’ dublinés cuando la crisis financiera del 2008 comienza a echar abajo su negocio. El documental, que vende una falsa imagen de ‘comedia ligera’ en el trailer, encierra en si una dura reflexión sobre los problemas diarios de aquellos que se quedaron en la calle con el estallido de la crisis. En un instante, vemos como Paul y Michael preparan un loco vídeo para ser virales en Youtube y publicitar la tienda de colchones parodiando Back to the future (Robert Zemeckis, 1985); en otro vemos como Paul lucha por mantener su matrimonio sin romperse mientras pide otra semana más al banco para poder pagar sus deudas. Hermosa, cruda y divertida, Mattress Men filma a sus protagonistas como son: humanos; olvidando así esa visión que cada vez es más habitual desde los órganos gubernamentales donde somos números en una estadística de población activa.

Para finalizar, otra de las sorpresas del festival: Lilith’s awakening (Monica Demes, 2016). Sorpresa puesto que no es habitual ver un film de vampiros en un festival de cine si no es un Sitges o similar; y sorpresa también al ver que es una mujer la que dirige esta mezcla del universo de Bram Stoker con un discurso feminista. Si bien es cierto que, a veces, la puede tropezar con algún recurso cuestionable, lo importante es el mensaje que se esconde tras la historia: la liberación de la mujer y la lucha contra un patriarcado impuesto. Discípula de David Lynch, Demes homenajea en su película el trabajo del maestro del misterio sin olvidar a otros referentes del cine como Ingmar Bergman.

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