SAN SEBASTIÁN (II): HERMOSA JUVENTUD

Buena parte de las divisiones que han surgido en el reciente Festival de San Sebastián contaron con la juventud como pilar de sus debates. A la presencia en el certamen de un Jurado Joven numeroso y heterogéneo, cuyas puntuaciones delatan una ausencia general de aprecio hacia el cine arriesgado o con cierto carácter de búsqueda –títulos variopintos como La idea de un lago, Summer Lights o La larga noche de Francisco Sanctis apenas sobrepasaron su aprobado– en beneficio de una serie de películas mucho más formulaicas y conservadoras, hay que añadir un hecho significativo: la mayoría de títulos que fueron capaces de suscitar adhesiones o rechazos radicales se sumergen de lleno en el retrato de una franja de edad confusa, cada vez más extensa e indefinida. En la naturaleza de obras radicalmente opuestas hemos podido apreciar una serie de guiños, dotados de diversas sensibilidades, hacia los modos en que los jóvenes enfrentan sus inquietudes en una serie de marcos igualmente cambiantes. Además de los que ya tratamos aquí, hay varios ejemplos de peso.

I.

En La reconquista, Jonás Trueba aísla a sus protagonistas del marco social acuciante para sumergirlos en un Madrid anacrónico, de castañas asadas y largos paseos en moto, que refleja su anclaje en un lejano primer amor cuya huella reaparece. Las cuitas de Manuela y Olmo, construidas a través de referencias y gestos simbólicos de asumida carga emocional, pueden ser interpeladas con el clásico reproche que ha recibido el cine del responsable de Los ilusos (2013). Elitistas y extrañamente prematuros, sus diseños corren el riesgo de ser vistos como el reciclaje mal encajado de un arquetipo habitual del cine francés en lugar de como lo que realmente son, la respuesta a una inquietud profunda que ha convertido su estilo en uno de los más singulares dentro de la reciente cinematografía española. Un sentido plano secuencia, cuya ejecución quiebra la película en dos tiempos de un modo no muy lejano a las primeras obras de Mia Hansen-Løve, parece completar una búsqueda rumiada por el director desde sus primeros trabajos y se erige como el corazón de la que hasta ahora es su película con una realización más madura, de ecos narrativos ampliados por la hermosísima fotografía de Santiago Racaj y la melancólica canción de autor del donostiarra Rafael Berrio.

Fotograma de La Reconquista

Fotograma de La Reconquista

II.

Porto también habla de una juventud sombría y herida por el transcurso del tiempo. El primer largometraje de ficción de Gabe Klinger, cuyo documental Double Play (2014) reunió a Benning y Linklater, evidencia el embrión de un talento para la puesta en escena que no oculta sus referentes más inmediatos, ya sea en el entrañable retrato kaurismäkiano de los espacios de la ciudad portuguesa o en el tránsito del personaje compuesto por el fallecido Anton Yelchin, que evoca los inicios del aquí productor Jim Jarmusch. El suyo se muestra no sólo como un cine de paisajes afectados, sino también de cuerpos definidos por la luz, concretado en una poderosa escena de sexo a la manera de Vendredi soir (Claire Denis, 2002). Así, su película termina revelándose como el reflejo visual de un estado de ánimo desgarrado, que late a través de la mezcla de formatos analógicos para transmitir algo tan sencillo y recurrente como el encuentro decisivo entre dos extraños. A pesar de sus conversaciones, relamidas y excesivas, es una de las mejores propuestas estéticas que han podido verse en San Sebastián.

III.

Pensar en la coexistencia espacio-temporal de los personajes de Jonás Trueba con los del cortometraje La disco resplandece (Chema García Ibarra, 2016), que sitúa una España rancia y desnortada como escenario de los movimientos de una adolescencia carente de complejos, resulta un acto tan inspirador y casi violento como el choque que proponen las imágenes de este último. Surgido del encargo de elaborar un relato humano sobre las relaciones actuales entre Turquía y Armenia, su trabajo liga a golpe de improbabilidad las consecuencias del genocidio con el fresco de una generación que respira a ritmo de trap. Escasos directores han acreditado comprenderla tan bien, eludiendo juicios y clichés.

Fotograma de La disco resplandece

Fotograma de La disco resplandece

IV.

Miles Joris-Peyrafitte, director de As You Are, tiene tan sólo veintitrés años, pero viendo su película podrían parecer trece o cincuenta. Procedente de Sundance, el espíritu grunge de su trabajo mira aleatoriamente hacia los años noventa, con referencias a Nirvana –cuyos temas ni siquiera suenan, quizá por cuestión de derechos– y la muerte de Kurt Cobain como detonante de una de las paradas más delirantes del trayecto. Sin frenos, el desastroso relato de una relación homosexual marcada por la incomprensión parte de una realización ostentosa para instalarse en un terreno más que trillado. El director de la polaca Playground, otro discurso sobre la criminalidad adolescente visto en esta edición, respondió con orgullo a los abandonos del público aseverando que muestra la violencia “como algo insoportable”. Tamaña boutade sintetiza la gratuidad de ambas obras, que coinciden tanto en mostrar una inclinación por la obra de Gus Van Sant como en su nefasta asimilación de la misma.

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