SAN SEBASTIÁN (III): PERLAS, HORIZONTES LATINOS, NUEVOS DIRECTORES Y OTROS

Perlas

Atendiendo a la tradición reciente, Perlas se dispone como la sección más complaciente de San Sebastián. Con sus títulos, escogidos entre los más aclamados previamente en Cannes, Berlín o Venecia y usualmente firmados por grandes nombres, el festival trata de aportar cada año un plus de prestigio a la selección. Sin embargo, en contrapartida al ya mencionado auge de Zabaltegi-Tabakalera, la dinámica de este año devino más inesperada que en otras citas. Quizá como consecuencia directa de un nivel por debajo del habitual en Cannes, casi todos los autores consagrados que estrenaron aquí sus nuevos títulos presentaron trabajos menores en sus carreras, dejando lo mejor de la cosecha para otras obras que, a priori, prometían menos garantías. El Premio del Público para Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Martin McDonagh), una de esas agradecidas películas “de consenso” llamadas a arrasar durante la temporada, ejemplifica la confirmación de una tendencia que ya sitúa Perlas como territorio para aquel cine de calidad más abocado al circuito y coloca cualquier título menos comercial en el espacio propicio de Tabakalera. La división entre ambas categorías, tras varios años de ciertas dudas, al fin parece obedecer a un criterio transparente.

Three billboards outside Ebbing, Missouri (Martin McDonagh)

Three billboards outside Ebbing, Missouri (Martin McDonagh)

Porque la película de McDonagh, que en cualquiera de las ediciones anteriores habría superado con dificultad el nivel medio de la sección, fue esta vez, en efecto, uno de sus grandes títulos. A partir de un texto sólido, más allá del habitual desfile de sentencias ocurrentes, y las brillantes presencias de Woody Harrelson o Frances McDormand, la película resuena con cierta personalidad y evidente carisma como un encuentro del universo de los hermanos Coen de Fargo (1996) con los anteriores trabajos del autor de In Bruges (2008). Su retrato de la América profunda, divertido pero en absoluto amable, muestra sus trazos irónicos sin perjudicar una férrea lógica interna. Igualmente lúcida es Call Me By Your Name (Luca Guadagnino), la obra que inauguró la sección. Sus bellísimas imágenes recogen las virtudes y desechan las tosquedades de la filmografía previa del italiano, que hasta ahora había dado cuenta de una fértil atracción por los tótems de su país, de Antonioni a Visconti. En la crónica de la aventura veraniega entre dos chicos de clase alta, estilizada como su cine anterior –en especial la imponente pero fallida Io sono l’amore (2009)–, aunque a su vez próxima al tratamiento temporal de Linklater, al fin se nota la mano de un autor que ha conseguido dar forma a sus inquietudes. Saturada en las formas naturalistas por la fotografía de Sayombhu Mukdeeprom y las canciones del virtuoso Sufjan Stevens, deriva sin embargo en un delicado y febril relato de tensión sexual e iniciación amorosa, tan rendido por el envoltorio como entregado a la poética de los cuerpos en ebullición.

La gran noticia llegó de la mano de un debut, el del francés Xavier Legrand en Jusqu’à la garde (Custody), Mejor Director en Venecia y aquí Premio del Público a la Mejor Película Europea. Su planteamiento, que aboca al hijo de una pareja divorciada a seguir viendo al padre contra su voluntad, haría esperar otro simple alegato social. Pero el maltratador, que pronto revela su condición en gestos inequívocos, da comienzo a un angustioso acoso con el que el autor novel escruta su psicología, clave para entender un conflicto habitual en nuestra sociedad. La percepción del perseguidor como intruso en el encuadre, concepto esencial del film, nos traslada del drama cotidiano a los terrenos de un cine de terror igualmente íntimo, que esquiva cualquier truculencia formal y maneja con soltura los tiempos de la tragedia. Además de contar con la rara virtud de hacer creer en un futuro para el cine de tesis social, Legrand lanza al aire una pregunta de lo más incómoda y nos involucra en ella mediante el excelente uso del punto de vista en el tramo final. ¿Qué ocurre con el calvario de la violencia de género mientras estamos mirando hacia otro lado?

Wonderstruck (Todd Haynes)

Wonderstruck (Todd Haynes)

Con esta mera cuestión, el debutante Legrand llegó más lejos que otros autores de los que cabía esperar grandes cotas tras sus trabajos previos. Wonderstruck (Todd Haynes), lúdica adaptación de un libro de Brian Selznick que une las vidas paralelas de dos niños en el Nueva York de los años 20 y 70, destaca en un nivel superficial gracias a la esmeradísima doble recreación de época previsible en el autor de Far from heaven (2002), pero falla al querer unir todas las piezas del puzzle de forma demasiado obvia y más simplona que cándida. Contradiciendo el aire singular de algunas secuencias magistrales, termina como poco más que un entretenimiento familiar inteligente. Tampoco raya a su nivel usual el ruso Andrei Zvyagintsev en Loveless, aunque por motivos opuestos a los de Haynes. Especialista en retratar la decadencia de su país a través de gélidas atmósferas, aquí da un paso en falso por insistir en subrayar el mismo discurso, de nuevo a vueltas con el estado de emergencia de una sociedad corrupta. Si la recurrente metáfora de esas construcciones ruinosas como vestigio del pasado comunista resulta transparente, esta obra parece ser a su vez huella de otro tiempo en el que el discurso del director estaba a la altura de su majestuoso lenguaje formal, la única de sus bazas que conserva intacta. Del mismo modo, tampoco se puede acusar al francés Robert Guédiguian en la nostálgica La villa de desprenderse de sus ideales fílmicos: desde su etapa de gloria en los 80 y 90, en la que retrató con fidelidad a la clase obrera marsellesa, su carrera es una sucesión de volantazos en busca de la gloria del pasado, con la misma troupe encabezada por la magnífica Ariane Ascaride. Al volver a ponerse del lado del humanismo social, cargado de inconfundibles buenas intenciones, Guédiguian delata el inevitable paso de los años por un cine que ahora resulta más bien conservador y ni siquiera escatima un fragmento de una de sus obras ochenteras.

Del resto de películas vistas hay poco más que aplaudir que el uso audaz de sus códigos genéricos. The Florida Project (Sean Baker), mediante el choque entre una sucia textura visual y el predominio del color chillón en la fotografía, pretende mostrar un motel cercano al parque temático Disneyworld como imagen de la trastienda de esa opulencia, reflejada en los ojos de una niña. Su secuencia final, aunque no redime alguna de sus flaquezas narrativas, confiere coherencia plena a tal propuesta. Asimismo, You Were Never Really Here (Lynne Ramsay) traza un ambiguo camino acorde a la psicología del torturado protagonista interpretado por Joaquin Phoenix, en cuya naturaleza real nunca llegamos a confiar. Con esta estrategia limítrofe, la escocesa consigue llevar a su terreno físico y enfermizo un relato más bien plano. A la controvertida mother! (Darren Aronofsky), un salto sin red más aparente que concreto en sus intenciones, ni siquiera hay que concederle ese mérito, porque la notoria voluntad de transgredir tras su arbitrario caos total tiene poco de rompedor en este punto de la historia del cine. De lo opuesto peca The Big Sick (Michael Showalter), una comedia romántica interracial por momentos fresca, pero también presa de su molde y a todas luces irrelevante, como cada supuesta revolución indie que cada temporada encumbra Sundance y con el paso de los meses acaba revelando su auténtica naturaleza depredadora de taquillas. Por último, hay que mencionar el inoportuno cierre de la sección con Loving Pablo (Fernando León de Aranoa), retrato de Pablo Escobar tan errático y desganado que hizo notables por comparación a todas las películas anteriores.

Una mujer fantástica (Sebastián Lelio)

Una mujer fantástica (Sebastián Lelio)

Horizontes Latinos

El recorrido por Horizontes Latinos, otra de las apuestas fuertes de San Sebastián año tras año, volvió a confirmar el pujante estado de las cinematografías de Latinoamérica. La selección dio cabida a autores ya clásicos de esta muestra, como el chileno Sebastián Lelio, que inauguró con la estimulante Una mujer fantástica. Su nueva película es una sensible aproximación al universo descompuesto de una transexual tras perder a su amante, tan simplista en unos trazos como honda y misteriosa en otros, pero siempre digna. También confirmó una buena trayectoria el argentino afincado en Uruguay Adrián Biniez con Las olas, entrañable retrato de la inmadurez de su personaje a través de un efectivo planteamiento: mientras revive sus experiencias de antaño desde el presente, éste conserva su aspecto actual y contempla cómo todo ha cambiado desde entonces. Así, la película huye de la visión usual de la nostalgia en favor de un universo creativo de claves más personales y sinceras. El trío de autores en vías de consagración se completó con Michel Franco, que con Las hijas de Abril y de la mano de Emma Suárez firma su obra menos lúcida. El director de la notable Chronic (2015), que hasta ahora no ha podido desprenderse de los fáciles paralelismos con Michael Haneke por su inclinación hacia la perversidad, entrega una película mucho más endeble a causa de la insistencia en el impacto narrativo, si bien también pasa por ser la primera que otorga una gratificante vía de aire en su conclusión.

Junto a todas ellas, también hubo lugar para descubrimientos alentadores. Medea, de la novel costarricense Alexandra Latishev, ofrece el retrato íntimo de un personaje femenino fuerte y poliédrico (Liliana Biamonte), siempre centro de una planificación en la que a menudo aparece rodeada por otros individuos. Después de Viaje (de la aquí productora Paz Fábrega, 2015), otra película local con mirada de mujer, parece la prueba de que el cine del país centroamericano asoma con una voz propia. También La familia (Gustavo Rondón Córdova), gracias a su sincera influencia del cine social europeo, brilla con especial luz y autenticidad en un retrato callejero que se antojaría muy manido sin ella. Por momentos, el profundo impacto de su opción es tal que parece estar viendo una de las primeras películas de los hermanos Dardenne ambientada en la jungla urbana de Caracas.

Para completar la selección y demostrar su creciente heterogeneidad se proyectaron las singulares Arábia (Affonso Uchôa & Joao Dumans), una laberíntica y sensorial road movie brasileña endeudada con el cine de Pedro Costa; y Cocote (Nelson Carlo de los Santos Arias), en la que lo gratuito de un constante cambio de formato no impide apreciar su personal retrato de las diferencias de clase en la República Dominicana, otra nacionalidad sumada al amplio mosaico de la muestra. Como de costumbre, y siempre tumbando barreras, en Horizontes Latinos se dieron cita un sinfín de Américas que descubrir a través del cine.

Le semeur (Marine Francen)

Le semeur (Marine Francen)

Nuevos directores

En un programa con tantos nuevos descubrimientos procedentes de otros festivales, se antoja casi lógico que San Sebastián encuentre dificultad para componer su propia selección global de Nuev@s Director@s, confeccionada a partir de estrenos europeos, con películas que revelen miradas a tener en cuenta. Aunque todos los años hay un número de excepciones suficiente como para querer sumergirse en la selección, y a falta de ver entre otras en esta edición Matar a Jesús (Laura Mora), una de las dos películas más aclamadas con el Premio de la Juventud y una Mención Especial del Jurado, este año podemos decir sin temor a errar que poca parte de la cosecha trascenderá más allá del festival.

La ganadora de la sección Le semeur (Marine Francen) fue, atendiendo a lo visto, una triunfadora incontestable. Película dirigida, escrita, producida (Sylvie Pialat) e interpretada casi exclusivamente por mujeres, en ella la mirada hacia el pasado histórico –1852, cuando tras la victoria napoleónica los hombres se ausentaron de un pequeño pueblo francés durante dos años– adquiere un tinte diferencial. Tomando la decisión de rodar en 4:3, con una voluntad pictórica latente en gran parte de los encuadres, sólo cabe reprochar a esta ópera prima incurrir en ciertas deficiencias de guión en su tramo final, con un texto más centrado en ofrecer una narración cerrada que en pulir el interesantísimo relato humano. Con todo, el debut de la que fuera colaboradora de Michael Haneke u Olivier Assayas resulta más que estimulante y logra en parte alejarse de la corrección hegemónica en esta clase de reconstrucciones.

Al lado de sus compañeras de selección, el film de Francen brilló con mayor potencia. La china From Where We’ve Fallen (Feifei Wang), con el desconcierto como bandera y casi única virtud, y una voluntad de retratar varias Asias distintas en la misma narración –de la profunda de Jia Zhang-ke a la estilizada de Wong Kar-wai–, mostró al menos lo que puede dar de sí una sección así: ser una muestra de aprendizajes fílmicos, aunque se presenten irregulares. Su vecino taiwanés Lai Kuo-An, en A Fish Out Of Water, también pretende ser continuista con la tradición cotidiana y familiar de Edward Yang en su país, pero el noble empeño choca con sus hechuras narrativas. Completando el trío de películas orientales, la coreana The Seeds Of Violence (Lim Tae-Gue), un relato de violencia y abusos en el ejército, fue la más irrelevante de todas ellas. Tampoco el cine europeo estuvo mejor representado, con Le prix du succès (Teddy Lussi-Modeste), película convencional y plagada de clichés de la que poco hay que rescatar más allá de los nombres protagonistas (Tahar Rahim, Roschdy Zem y Maïwenn) o la británica Apostasy (Daniel Kokotajlo), aproximación al universo de una joven Testigo de Jehová que se obceca demasiado en su temática principal.

Agnès Varda recolle o premio Donostia

Agnès Varda recoge el premio Donostia

Otros

Entender San Sebastián más allá de las cinco secciones que vertebran esta crónica, a las que habría que sumar las dedicadas al cine español –ya estrenado en salas durante el año– y vasco, es inevitable para el asistente. Este mismo año, junto a un tibio incremento de las proyecciones fuera de concurso, los Premios Donostia a Ricardo Darín y Agnès Varda conllevaron la presencia en el Festival de dos películas tan esperadas como La cordillera (Santiago Mitre) y Visages, villages (Agnès Varda & JR). De esta última, inocente y encantador viaje en el que los autores dan voz y presencia en el paisaje francés a ciudadanos anónimos, lo más loable es contemplar cómo la autora sigue pensándose y filmándose a sí misma con encomiable vitalidad a sus 89 años.

En Velódromo pudo verse entre otras la fallida Fe de etarras (Borja Cobeaga), proyecto largamente perseguido por el cineasta y que finalmente vio la luz en Netflix. Ambientada en un piso franco durante el Mundial de 2010, en ella el autor de Negociador (2014), que desarrollaba un humor casi inédito en el cine español reciente, ve algo diluido su sello personal por una naturaleza televisiva en la que las gratuidades afloran por doquier. Incluso en los abismos de Culinary Zinema, sección dedicada a explorar la relación entre el cine y la gastronomía, pudo verse una obra de cierta relevancia como la divertida The Trip to Spain (Michael Winterbottom), tercera parte de la serie referencial que acompaña a Steve Coogan y Rob Brydon en largas rutas de carretera. Junto a las múltiples actividades paralelas a nueve jornadas de proyecciones, el cuadro lo completó la retrospectiva dedicada a Joseph Losey (The Prowler, 1951; The Servant, 1963), que durante octubre y noviembre podrá verse también en el Cine Doré de Madrid. Una vez más, gracias a su consabida capacidad de absorción, San Sebastián demostró que su enorme pluralidad de itinerarios es una baza muy difícil de igualar.

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