CURTOCIRCUITO 2017: TEDDY WILLIAMS, FILMAR O FILMAR

Eduardo_Williams_2016_Locarno_Film_festival-1024x683-700x467Un año más Curtocircuito acerca a un cineasta emergente la posibilidad de mostrar su cine dentro de una retrospectiva encuadrada dentro da la sección Púlsar. Teddy Williams (Buenos Aires, 1987), premiado en la sección Cineasti del presente del Festival de Locarno, acercará a Compostela sus trabajos que ya pasaron por festivales como Cannes o FIDMarseille. Un cine extraño en el que la cámara adopta una inquietud constante, un movimiento eterno, que llevó a Williams a ser considerado uno de los referentes del cine latinoamericano.

Las películas de Teddy Williams se mueven por una línea no trazada, una senda sin transitar que se abre camino entre los edificios derribados y la jungla. Solemos etiquetar de no-ficción aquellas películas que, usando herramientas de la ficción, construyen un documental; pero, ¿cómo denominaríamos a aquella ficción que se construye con las herramientas del documental? No-no-ficción? O si-ficción? El nombre, como casi siempre, es lo de menos; es la situación, la de encontrarnos ante un cine inclasificable, la que despierta nuestro interés y es lo que nos mueve en este descubrimiento siempre con la pregunta en la mente: ¿qué estamos viendo?

Por ejemplo, Toi quen roi (2014) nace del viaje que Williams hace a Vietnam, donde entra en contacto con un grupo de jóvenes que hacen parkour. Esta premisa, la de filmar esta coreografía acróbatica sobre los restos de lo que sería una urbanización, acaba convirtíendose en una película sobre la vida, la rutina, el trabajo de estos jóvenes. Una ficción documentalizada que reflexiona sobre la camaradería entre amigos, sobre la precariedad laboral, pero también sobre la ecología y sobre nuestra marca en el planeta. Todo envuelto en un aura extraño que, en parte influída por la distorsión que el lente de la cámara aplica a la imagen, parece acercarse también a formatos como la ciencia ficción.

Toi quen roi (Teddy Williams, 2014)

Toi quen roi (Teddy Williams, 2014)

En estes filmes la sinopsis poco ayuda al espectador, y es que se abren a un universo extraño donde parece no existir ninguna ley. Los protagonistas, casi siempre masculinos y rondando los veinte años, caminan sin rumbo intentando buscar el destino hacia el cual se dirigen. Exactamente el mismo proceso que el espectador vive: seguir a la película, sea cual sea el lugar al que nos lleve. Se trata no de una situación de confianza con el director, sino de una suerte de encantamiento que nos obliga a movernos con la película sin perder el paso.

De todas formas, el caminar de los personajes a veces parece interrumpirse, desviarse en otra línea temporal, como si la anterior escena, ocurrida hace minutos, hubiese sucedido hace horas. El tiempo, en estas películas, se distorsiona abriendo una brecha dentro de la propia película. Es el caso de Pude ver un puma (2011), donde después de que un amigo caiga en la casa en la que todos están reunidos, dos amigos salen en busca de ayuda. Durante la caminata por el extraño y cautivador paisaje de Villa Epecuén, las conversaciones se van desviando del tema original de esa salida para, finalmente, trazar un nuevo e indeterminado camino. Aquí, el tiempo que viven los personajes en esta odisea fantasmagórica parece el de siglos, un período suficientemente largo como para pensar que el retorno es aún más largo que la llega a ese destino desconocido. Incluso podríamos decir que la película, como los personajes, procrastina de si misma, se distrae de su finalidad primera para dejarse llevar por las exploraciones que la evolución de la historia ofrece.

Pude ver un puma (Teddy Williams, 2011)

Pude ver un puma (Teddy Williams, 2011)

También los personajes de El auge del humano (2016), ópera prima y único largometrake del director, parecen atravesar el tiempo y el espacio permitiendo cruzar desde Argentina a Mozambique y, desde allí a Filipinas. A pesar de los cambios de espacio, los personajes permanecen constantes. No en tanto a que sean los mismos actores los que están aquí y allá, sino que lo que significan eses personajes, la juventud, la precariedad laboral, la interconectividad a través de Internet, todo esto permanece en las diferentes realidades que Williams explora aquí. El propio director ha explicado que esta voluntad de explorar tres espacios diferentes culturalmente partía de la curiosidad por ver como era la vida allí; una vez allí, entendió que en realidad, aunque diferente, era la misma: las mismas preocupaciones, las mismas relacions. El auge del humano es quizá el trabajo más humanista del director. Una especie de alegato a favor de una juventud global pero distinta que se mueve constamente, de un punto hacia otro, tratando de buscar su lugar en el mundo y, si es posible, conexión wifi.

Internet juega en el cine de Williams un rol muy importante. No como un protagonista o como hilo conductor de la acción, sino como elemento descriptivo que permite esa conexión intrahumana. Una conexión que, como ocurre con la navegación por la red, a veces se desvía de si misma y procrastina, pero que es necesaria como el oxígeno. Sin ningún tipo de crítica oculta o mensaje paternalista, Teddy Williams dibuja a sus personajes enganchadas a la red, en constante búsqueda por un móvil o un ordenador. Pasar la tarde en un parque o cerca de un kiosko es una decisión que se toma no en función del espacio, sino de la posibilidad de coger, aunque sea poco, una red wifi abierta.

Es necesario terminar señalando la premisa que parece guiar la actividad de Teddy Williams: filmar o filmar. No cabe la posibilidad de detenerse o de echarse atrás por la escaseza de medios o los problemas de producción; rodar es la única opción para mantenerse en este camino, sin destino conocido. Moviéndose en un mundo precarizado como el que habitan sus personajes, Williams opta por no autocompadecerse de la escaseza de medios, sino que la aprovecha para usarla en sus películas. Es la astucia y el ingenio los que permiten planos como ese ascenso hacia los cielos en el final de Toi quen roi o la maravillosa transición entre la primera y la segunda parte de El auge del humano. En las brechas del sistema, allí donde queda libertad y atrevimiento por experimentar entre formatos y jugar al surrealismo, Williams se mueve como pez en el agua filmando unos trabajos que, aunque pueden resultar densos o difíciles en un primer momento, acaban por permanecer en la memoria del espectador.

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