CANNES 2018 EP. 10: EL QUIJOTE, PROCESIONES, FLAMENCO, FALLAS Y OLÉ

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Cierra mañana esta edición del festival de Cannes The Man Who Killed Don Quixote (Terry Gilliam, 2018), filme que los medios pudimos ver ya hoy y que suponía todo un evento cinéfilo por ver completada la obra que le llevó 25 años realizar a su director. Hay cosa de una década ya lo había intentado en un rodaje fallido con Jean Rochefort encarnando alfamoso hidalgo y también estuvo ligado al proyecto John Hurt. Hay para los dos un homenaje en los créditos. Le da vida al final Jonathan Pryce. Por aquel entonces era Johnny Depp el Sancho de Gilliam, ahora interpretado por Adam Driver.

Hay que decir que The Man Who Killed Don Quixote no es tanto una adaptación de la novela de Miguel de Cervantes como la ficcionalización de esa filmación que no llegó a buen puerto. Driver da vida a un antiguo realizador prodigio que hace una década filmó en España una adaptación del Quijote y que, ahora dedicado a hacer anuncios, vuelve a nuestro país por casualidad y, viendo que se encuentra muy cerca del pueblo donde hizo esa primera y ambiciosa película de estudiante, decide visitarla y reencontrarse con su pasado.

El primer trecho del filme marca un tono entre cómico y melancólico en el que se alterna la filmación del pasado con la visita en el presente, confluyendo muy bien los dos mundos. Se siente como una película personal, en la que Gilliam reflexiona sobre la prostitución en el arte y sobre las ficciones como el refugio de ese necio que, muy en el fondo, aún se atreve a soñar, que es el personaje de Adam Driver. Es necesario decir aquí que las escenas que se muestran de la ficción dentro de la ficción (en blanco y negro) emulan esa filmación original de Gilliam, ante la imposibilidad de incluir las originales por una cuestión de derechos.

Este primer acto hace intuír que el filme se va a desarrollar por estimulantes terreons metanarrativos, pero nada más lejos de la realidad. Desde el momento en que el actor que encarna al Quijote, creyéndose el personaje de ficción, toma a Driver por escudero, la cinta acaba por ser una adaptación simplista de la obra de Cervantes, reproduciendo alguno de sus pasajes más célebres. No ayuda nada que, en la vuelta al presente que supone el tercer acto, Gilliam decida colocar a sus personajes en una rocambolesca fiesta en un castillo en la que mezcla las fallas con la Semana Santa y el flamenco. Los clichés matan a la película y la convierten en un carnaval en el que, por un lado, no se adapta bien El Quijote, pero tampoco se desarrolla el personaje atormendado de Driver (lo mejor del filme) como nos habría gustado. Una tremenda decepción.

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Porno lúdico y pornomiseria

Un couteau dans le couer (Yann Gonzalez, 2018) se ve con agrado y hará las delicias de las fans del giallo, pues eso es al fin y al cabo, un homenaje a Dario Argento y compañía. Vanessa Paradis interpreta a una directora de cine porno en los años setenta que realiza unas producciones homoeróticas que parecen llamar la atención del típico asesino con puñal. Uno a uno, va matando a los actores que aparecen en los filmes porno que ve, si es que ella no logra desenmascararlo antes. Se trata de un entretenimiento muy cuidado estéticamente, que copia las claves del género en cuestión, pero que se queda vacío de contenido.

Por lo menos se trata de un porno sincero y lúdico, inofensivo. El bochorno que tuvemos que pasar ayer con Capernaum (Nadim Labaki, 2018) es indescriptible. La directora libanesa cuenta la historia de dos niños que viven en la calle, con una estructura narrativa tirando de flashbacks, en la que se comienza en un juicio y se van dilucidando los hechos del pasado. No solo es la suya una mirada cosificadora de los niños y absolutamente sensacionalista, es que su manipulación emotiva no conoce límites. A veces usamos con cachondeo la expresión “con violines de fondo” para referirnos a estas obras lacrimógenas, solo que normalmente no los hay. ¡Aquí sé! El filme acaba con una apoteosis de sentimentalismo barato en la que se suceden escenas que son verdadera pornomiseria, mientras la música te perfora los oídos. Lamentable.

Frente a esta peli fascistoide, Sergei Dvortsevoy vuelve a hacer gala de la contención característica de los hermanos Dardenne en Ayka (2018), un filme que se inscribe perfectamente en ese modelo, con una mujer kazaja que vive en Moscú de forma ilegal yque intenta sobrevivir mientras se debate sobre si guardar al hijo que acaba de tener, fruto de una violación, o no. La gracia de la cinta está en el acompañamiento que se hace de la actriz, Samal Yeslyamanova, en una interpretación destacable. Ella es el filme.

Las historias de mujeres coartadas por la sociedad han sido una constante en el festival, donde se pudieron ver cintas correctas que tienen casi más interés por la visibilización de sus temas que por la apuesta cinematográfica que hacen. Es el caso de las planas Carmen y Lola (Arantxa Echevarría, 2018) y Sir (Rohena Gera, 2018), la primeira sobre el lesbianismo en el ámbito de la comunidad gitana, la segunda centrada en los imposibles matrimonios entre castas en la India.

Mañana ya se cierra el festival, en una jornada en la que nos aventuraremos a hacer alguna apuesta sobre los premios, y en la que hablaremos del último filme a competición, The Wild Pear Tree (Núria Bilge Ceylan 2018), que podremos ver en unas horas.

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