CANNES 2018 EP. 5: LAS MUJERES REIVINDICAN LA IGUALDAD SOBRE LA ALFOMBRA ROJA

82 mujeres frente a 1688 hombres. Son las cifras de las películas seleccionadas en los 71 años de historia del festival de Cannes. En una edición en la que solo hay tres filmes en la competición oficial dirigidos por féminas, y por iniciativa del colectivo francés 5050×2020, que pretende conseguir la igualdad con 2020 como objetivo, 82 artistas del mundo del cine invadieron ayer la alfombra roja para reclamar esa igualdad, justo en la jornada en la que se proyectaba la primeira de las películas realizadas por autoras que podrá verse aquí: Les filles du soleil (Eva Husson, 2018).
Siguiendo los criterios de Frémaux y su equipo, reclamemos un poco de calidad, por favor. Este filme, en que una periodista va al Kurdistán para cubrir la defensa del territorio por aguerridas milicianas ante el avance de las tropas del Estado Islámico (nunca mencionado, son extremistas de los que el filme no explica qué buscan) no puede si no considerarse un acto de propaganda, como bromea una de las milicianas cuando conoce a la periodista: “¿por qué quieres escribir sobre nosotras, porque somos un símbolo para la propaganda marxista y feminista?” Pues eso es el filme, un panfleto sin profundidad alguna que tiene lugar en el Kurdistán como podía ocurrir en Katmandú.
Se trata de usar a estas mujeres a modo de reivindicación soft de la resistencia femenina, que no feminista. ¿Y lo del marxismo? Supongo que se permiten mencionarlo porque, total, ya está muerto, y a quién le importa. Obra instrumentalizante que trata sin ningún respeto a las mujeres que están dando su vida en una guerra que ya dura demasiado, su representación fashion en esta superprodución con una Golshifteh Farahani a la que no se le mueve el rímmel ni aunque le caiga enrima una bomba nuclear no las ayuda en nada. ¿Es este el espírito feminista que el festival quiere mostrar? Más allá de buscar titulares con color, no parece ésta la mejor selección para la causa. Puesta al lado de la foto de las 82, canta un poco.

Actualización del neorrealismo
Sin estridencias, sin voluntad de dar lecciones a nadie, Alice Rohrwacher ofrece una clase magistral de cine en Lazzaro felice (2018). Por fin una película que toma los riesgos necesarios para estar considerada en el palmarés. Y si no rasca algo del jurado que preside Cate Blanchett, algo va mal en este mundo. Escribimos esto desde el desconcierto de un pase que tenemos fresco y del que aún no sabemos por completo qué pensar. Nos gusta, puede incluso que sea genial. Lo cierto es que nos ha descolocado y, tirando solo de intuición y sin muchas armas intelectuales para defenderla, salimos con la sensación de que se trata de una de esas películas que va a ir ganando con los días, cuando la durmamos.
Cuenta la historia de Lazzaro, un chico que sirve en una plantación de tabaco para una marquesa explotadora, en una región rural del Lazio. Uno creería estar ante un filme de época, pero pronto comienza a oler que algo extraño ocurre. No contaremos más del argumento, pues sería estropear el filme, solo diremos que se inscribe en una línea de realismo mágico y que, bebiendo de las bases estéticas y temáticas del neorrealismo, logra actualizarlo de forma inteligente. Contar cómo lo hace sería, de nuevo, estropear el filme. Tened fe en mí. Lazzaro representa precisamente la bondad de quien ha logrado liberarse del instinto de poder y, con sus acciones cotidianas, realiza milagros. Las cínicas que tengan algún problema con la espiritualidad podrán tacharla de reaccionaria o bienpensante. Nosotros, por ese motivo, la consideramos luminosa. Lazzaro felice es una revelación, un filme raro y cándido, de personalidad desbordante y gran calidez, con el que nos reímos y emocionamos. Ese filme que esperábamos, por fin.

¿Imágenes honestas o falsarias?
Ha sido una buena jornada, en la que también pudimos ver lo último del iraní Jafar Panahi, Three Faces (2018). El filme parte de una premisa poderosísima. Comienza con la grabación con móvil de una chica que pide ayuda a la actriz Behnaz Jafari, conocida internacionalmente por sus participaciones en los filmes de Abbas Kiarostami. Vive en una pequeña aldea en la que consideran la actuación algo de saltimbanquis y, como no la dejan estudiar interpretación, decide suicidarse. Ella y Panahi se acercan a la localidad para ver qué es lo que ocurre y si no se trata todo de un engaño.
Así, la primera parte de la película se inscribe en la tradición de la road-movie documental, con la actriz y el director haciendo de sí mismos y preguntándose sobre la veracidad de la muerte que ven en el móvil. Obviamente, no es una secuencia real por cómo está filmada, pero podría tratarse de la reconstrucción de un evento real encontrado n Internet que Panahi hace, o incluso un instrumento narrativo que le ofrece a Jafari para que interprete. Es una película en la que todo puede pasar y que no suelta nunca a la audiencia, jugando con sus suposiciones. Trata obviamente del estatuto de la imagen como documento, y lo hace de un modo ejemplar.
Con el misterio de la chica ya resolto, el segundo tramo del filme acaba por ser una clara ficción de corte social que pone el dedo en el ojo una vez más. Panahi denuncia el papel concedido a la mujer en la sociedad iraníy, de paso, lanza un dardo contra los intentos de su gobierno por prohibir la libertad de pensamiento en el arte. Recordemos que no puede salir de su país por hacer filmes contrarrevolucionarios, por eso juega a no hacer filmes. Esto son las imágenes grabadas de un viaje. Sin poder expresarse hoy aquí, a la espera de que en el futuro esto pueda cambiar y visitar el extranjero, lo representaron todas esas mujeres que reclaman igualdad, la mesma que él desea en su filme.







