Festival de Cine de Sitges 2024

Oddity, de Damian McCarthy
Como todos los años, el pasado mes de octubre se celebró el encuentro anual más importante para los fans del cine fantástico y de terror. Estamos hablando del Festival de Cine Fantástico de Sitges, un encuentro al que una servidora lleva asistiendo durante varios años seguidos con sumo rigor, como si de un acto religioso se tratase. Sin embargo, la experiencia de allegarse a un festival de este calibre como crítica de cine siendo una absoluta fan del género significa dejar de lado la pasión y el fervor de la experiencia en pos de la objetividad —si es que eso existe o se puede llegar a conseguir— para centrarnos en la revisión de los filmes allí proyectados.
Acudir al Festival de Sitges se traduce en un constante estímulo de la mano de las arriesgadas propuestas y nuevas voces que nos traen desde distintos lugares del mundo. La realidad es que en el cine de terror se encuentra la mayor diversificación de historias, puesta en escena e ideas narrativas de entre todos los géneros cinematográficos. Comúnmente suele ser denostado, pensando que es una cosa menor a la que no merece la pena prestar atención, y el cliché de un público freak que disfruta con el sufrimiento ajeno aleja a muchos entendidos y cinéfilos curiosos. Nada más lejos de la realidad. Si acudimos a cualquier lista de las mejores películas de la historia de cualquier periódico o revista de crítica especializada, consolidada y seria, encontraremos multitud de títulos de cine de terror y es que, de una forma u otra, casi todos los directores/as a los/as que admiramos recurren constantemente a elementos clásicos de su puesta en escena para narrar otras historias. En cierto modo, la mirada desde el género nos permite tratar temas relevantes calando de una forma mucho menos dogmática en la sociedad y en el público, resultando incluso interesante para los que opinan diferente. Y es que es bien sabido que de poco sirve predicar para conversos. Los dramas de los que venimos acostumbradas en otro tipo de festivales y contextos, de temática social y/o narrativas desoladoras, también pueden estar filtrados por la sangre, los gritos y las motosierras, sin ser por ello menos formales y valiosos.
Para estructurar esta entrada, hemos querido dividir las películas en bloques, agrupadas por su temática dentro de la medida de lo posible. Es difícil categorizar propuestas tan dispares, pero haremos un esfuerzo por “confrontarlas” sobre el papel virtual, tirando de hilos similares entre ellas para formular un corpus con el que organizar estas pequeñas reseñas.
MUÑECOS, MONSTRUOS Y VERDADES OCULTAS
Comenzamos nuestra aventura por el festival con la película Oddity, segunda película de Damian McCarthy. El director nos presenta a Darcy, una médium invidente de luto por la trágica muerte de su hermana, que visita a su cuñado con un regalo muy especial. Nuestra protagonista está dispuesta a descubrir lo que en realidad ocurrió esa fatídica noche y la historia se despliega poco a poco, revelándose cada vez más perturbadora. Llevábamos tiempo escuchando críticas positivas de los fans del terror que se reportaban desde Estados Unidos y podemos confirmar que se trata de una película redonda. Pocos problemas se le pueden achacar: la historia es concisa y concreta, los efectos prácticos son reseñables y los jumpscares no resultan predecibles ni innecesarios. Al mismo tiempo, quizás es justamente eso lo que hace que la película me guste, pero que no me entusiasme. Ninguna sorpresa que perdure en el tiempo y alguna sobreexplicación a cámara a mi parecer algo innecesaria y condescendiente con el público avispado; hace tiempo que el lenguaje cinematográfico está asumido y no necesitamos que se remonten secuencias al final de las películas para recordar algo que ha pasado hace menos de una hora, especialmente en cintas tan cortas como esta. Dicho esto, la secuencia de arranque resulta realmente inolvidable, como un excelente ejercicio de construcción de tensión y expectativas en el espectador, ansioso por descubrir qué habrá pasado realmente. Valdrá la pena mantener en el radar a este director que se estrena en el festival con un ejercicio de terror pequeño pero contundente.
Confieso que Cuckoo (Tilman Singer) me decepciona, y no porque sea una película horrible, sino porque creo que no termina de encontrar su tono. Hay muchas películas escondidas dentro de Cuckoo y el director parece no saber elegir cuál quiere contar. Una adolescente apesadumbrada viaja con su padre, su madrastra y su hermana a los Alpes alemanes, encontrándose allí con retorcidos experimentos que tienen lugar en un balneario la mar de extraño y que puede que tengan que ver con ella más de lo que imagina. Ni una sólida Hunter Schafer, ni el cameo patrio de Greta Fernández, ni el carisma del resto de personajes consiguen salvar esta historia. La explicación llega tarde y cuando llega lo hace de manera demasiado explícita, haciendo pensar que el espectador es estúpido, por haber divagado durante lo que dura la película sin demasiada información y encontrársela de golpe en una patosa resolución desnortada. Los espacios semejan backrooms laberínticos y pintorescos por los que una se pregunta si ya ha pasado alguna vez y vislumbramos la pretensión de emular un estilo similar al del David Lynch de Twin Peaks (1990) o Mulholland Drive (2001), tratando cada habitación de una forma totalmente pulcra a nivel estético. Imitar al maestro o pretender acercarse a él es tarea complicada y el interés por la trama se diluye conforme avanza. Ningún personaje parece importar porque no conseguimos conectar con ninguno de ellos y aunque se vislumbran ideas interesantes pinceladas a brocha gorda, el director no consigue que todas acaben de funcionar de manera cohesionada entre ellas. Es una película fallida a la que la caracterización de “el ente” hace un flaco favor, pudiendo incluso llegar a causar alguna que otra risilla involuntaria.

Cucko, de Tilman Singer
BODY HORROR, MUTILACIONES Y MUTACIONES
Entramos de lleno en la favorita de todo el mundo, el ojito derecho de mamá y papá, el sueño de toda potencial cineasta en la sala del Auditori Meliá entre las que, por supuesto, me incluyo. A Elisabeth, una actriz de Hollywood venida a menos, la despiden de su trabajo en televisión con la excusa de su edad cuando se le presenta la oportunidad de comenzar de cero, reseteando su aspecto y su vida, inyectándose una misteriosa sustancia de un color alarmante con la promesa de un nuevo despertar. La creatividad en The Substance (Coralie Fargeat) es tal que resulta difícil compararla con cualquier otra cosa. Interesa la puesta en escena, el tema a tratar, la forma en la que se ruedan los cuerpos (y los no cuerpos), la limpieza (y la suciedad) de los encuadres y la recuperación de una actriz a la que Hollywood había dado la espalda. Quién iba a decir que precisamente de su espalda nacería, nunca mejor dicho, esta maravilla. Coralie Fargeat y Julia Ducournau han venido para quedarse y surfear la ola tras el nuevo extremismo francés y es que su cine dialoga de una forma apabullante, tanto entre ellas como con el público. Es fascinante ver cómo pasan los días y la gente sigue hablando de la película y es apasionante ver a gente ajena al género acudir masivamente a las salas llevadas por el boca a boca y por los titulares de la excelente campaña de marketing que se ha llevado a cabo por redes. El terror es epidérmico, todo pasa a flor de piel, y perdura el miedo a formar parte de una masa de mujeres que han sido denostadas por la sociedad y con las que todas podemos identificarnos de una forma u otra. Porque incluso el público femenino más joven puede proyectar en estos dos personajes una terrorífica visión de futuro. Si ahora no eres Elisabeth, puede que seas Sue, pero como bien dice el lema de la película: “there is no she and you, you are one”. Dos caras de la misma moneda que conviven y existen con necesidad de la otra, inseparables e indivisibles. El yo, el superyó y el ello juegan a turnarse y a hacer acto de presencia en los momentos más inoportunos, haciendo de esta experiencia audiovisual un viaje —con final… ¿feliz?— del que es difícil olvidarse.
Llegaba el encuentro más esperado por muchos de los visitantes del festival, el estreno de la tercera entrega de Terrifier (Damien Leone). Para aquellos y aquellas que no hayan visto las anteriores películas, preferimos no desvelar demasiado, únicamente destacaremos la trascendencia cultural que el personaje de Art the Clown parece tener ya a día de hoy. Esta hipótesis se confirmaba con las hordas de fans ataviados con máscaras y merchandising que pululaban por Sitges y aplaudían con entusiasmo cada una de las palabras del director y los gestos del actor que encarna al payaso, David Howard Thornton, al presentar la película. Llegadas a este punto, encuentro que el lore agota completamente la saga y la motivación principal que es el disfrute del gore y el carisma —si es que puede decirse así— del antagonista me ha llegado a cansar y he bostezado varias veces pese a las vísceras esparcidas por toda la pantalla. Siento que las actrices se toman en serio la película y que esta no les devuelve nada a cambio. Aun así, resulta curioso ver cómo poco a poco se van rompiendo las barreras de lo permitido en pantalla. Cada vez son más los cineastas estadounidenses que se atreven a ficcionar actos de violencia explícita contra niños pese a la corrección de las críticas que se han visto hacia aquellos que se han atrevido a ello. En lo que al cine se refiere, matar, violar y humillar a las mujeres nunca ha resultado un inconveniente; sin embargo, si se trataba de infantes, el problema estaba asegurado. No parecen escenas planteadas de forma caprichosa sin previo aviso; ya el tráiler prometía altas dosis de crueldad infantil, advirtiendo a los estómagos más débiles de lo que estaba por venir. Aun así, si ese fuese el único “problema” de la cinta, me daría por satisfecha. No obstante, el esfuerzo se diluye en una serie de imágenes sangrientas sin demasiada dirección narrativa. Terrifier 3 parece, más bien, una compilación de gamberradas y jugarretas de Art the Clown enmarcadas en un contexto festivo. Un conjunto de escenas a las que la tijera les ha pasado factura —varias muertes relevantes ocurren off screen sin ningún tipo de explicación coherente— pero con las que el público más fanático quedará más que satisfecho.

Terrifier 3, de Damien Leone
TRADICIONES, SUPERSTICIONES Y CONDENAS
En 2015, el subgénero de folk horror remontaba con fuerza con la aparición de Robert Eggers en la esfera pública y su primera película, The Witch. El interés por historias en las que la herencia cultural y los clanes con antepasados conocedores de rituales de rancio abolengo crecía indiscutiblemente con la multitud de películas que aprovechaban el tirón de una moda que llegaba para quedarse. Es agradecido el subgénero, pues su ambientación y diseño de producción resultan interesantes tanto a pequeña como a gran escala. Además, su valor cultural y sociológico es innegable, reviviendo historias de tradición oral que de otra forma podrían llegar a perderse. Filmar para poner en valor lo que es nuestro y nos pertenece. Eso es justo lo que ha hecho el coreano Jang Jae-hyun en su película Exhuma. Un grupo pintoresco de geománticos se dedica a desenterrar y reubicar las tumbas de familias que se confiesan acechadas tras la muerte de un ser querido. En este particular caso se topan con una familia rica cuyos miembros están sufriendo una enfermedad desconocida. A partir de ahí todo se tuerce y se complica. La última parte del filme entra más pesada que la primera, en la que la intriga me llegaba y me llevaba, como un torrente de información y datos pintorescos sobre mitología coreana de la que el espectador ha de ser mínimamente conocedor para terminar de conectar con todo el entramado de la historia. Como pasa en muchos filmes, la aparición de “el ente” o “el enemigo” hace que se precipite la trama y que ya no haya sorpresa a la que aferrarse. Y esto, en una película tan larga, hace perder significativamente el interés. Se siente como si una buena idea y conceptos asociados se cocinasen a fuego lento, pero que finalmente se van diluyendo hacia el final cuando el clímax no luce como tal. Una pena, porque veo potencial y cierta puesta en escena similar a la de un primerizo Bon Joon-ho en el desarrollo de su aclamada Memories of Murder (2003). Estaremos atentas a cómo prosigue la carrera del director.
La ganadora del festival de este año, The Devil’s Bath (Severin Fiala, Veronika Franz), me ha parecido realmente terrorífica, y no por la aparición de seres sobrenaturales, entidades maléficas o el mismísimo Satanás personificado en una cabra —como ocurría en la anteriormente mencionada The Witch, película con la que se ha pecado de compararla— sino por la espantosa realidad que retrata. Tras casarse, Agnes, una mujer austríaca del siglo XVIII, comienza a sentir cómo la vida que le espera no es de su agrado, y sin saber reconocer los motivos de su desazón, comienza a tener pensamientos intrusivos verdaderamente terribles y macabros. Es duro llegar a un desenlace tan seco y encontrarte con un desesperanzador mensaje a toda pantalla como cierre final que confiesa la motivación del crimen cometido por nuestra protagonista. No habrá paz para las inocentes, y no hay vía de escape en esta historia, ni en la de las otras 400 mujeres —como mínimo— que han tomado la misma decisión para así librarse —o al menos intentarlo— del sufrimiento terrenal. Es triste asociar esta narrativa, aparentemente lejana e inconcebible, con un presente en el que los avances médicos son evidentes y ningún cabello atravesando la nuca servirá para curar la depresión. El sonido retumba, las imágenes calan y ese desgarrador llanto final tardará mucho tiempo en borrarse de mi memoria. Hacía tiempo que no me sentía tan removida, y resulta fascinante la forma en la que el dúo a los mandos consigue hacerlo prescindiendo de mecanismos lacrimógenos. Desde luego dejará poso. Lo sé. Es palpable el cariño que le tienen los cineastas a las mujeres protagonistas de sus historias y resulta aterrador escuchar algunos comentarios de la gente abandonando la sala al final de la película, confesando que no han sentido nada y hasta les ha llegado a aburrir. El tema aquí tratado está más vigente que nunca y es que la credibilidad de las mujeres se pone en entredicho a diario, tal y como le pasa a Agnes en la cinta y a los cientos de coetáneas que han tenido que sufrir su misma desdicha.

The Devil’s Bath, de Severin Fiala & Veronika Franz
LA OVEJA NEGRA
Abriendo un nuevo melón y, a riesgo de parecer moralista, diré que Strange Darling (J.T. Mollner) es una película tremendamente problemática. Una enigmática mujer se cita con un apuesto joven para una cita nocturna en un motel de carretera. No se conocen con anterioridad y aunque la atracción es más que evidente, ninguno de los dos habría adivinado como terminaría la aventura. Poco más se puede decir acerca del argumento de la película sin caer en spoilers y es que Strange Darling ni siquiera arranca con una presentación de personajes al uso que nos sitúe en un espacio-tiempo narrativamente lineal y coherente. Además de un pedante mensaje a toda pantalla con el que comienza la película, presumiendo de haber sido rodada enteramente en 35 mm —como si a día de hoy no estuviésemos viviendo una vuelta del celuloide—, la puesta en escena y el juego con cámara me interesan bien poco. La estructura capitular parece, más bien, una forma de homenaje caprichoso a Quentin Tarantino más que una necesidad para que los giros de tuerca se resuelvan de forma efectiva. Pero, como decía al principio, la película roza lo incorrecto, golpeando al espectador —y sobre todo a la espectadora— con una revelación fuera de lugar. Todos los mecanismos son tramposos y la conclusión a la que se llega carece de verosimilitud en el mundo patriarcal en el que nos ha tocado vivir. El director parece completamente ajeno a esta realidad y desarrolla los personajes tergiversando los clichés, jugando con peligrosas falsas acusaciones e incluso haciendo mofa del personaje femenino que empatiza con la protagonista en cierto punto de la película por su evidente perfil de víctima. No podemos decir mucho más sin desvelar hacia qué camino pedregoso vira la trama, aunque tampoco invitaría a nadie a descubrirlo por sí mismo.
ENFERMEDADES SELECTIVAS EN EL FIN DEL MUNDO
Llegamos al ocaso del festival, esta vez de la mano de Destry Allyn Spielberg, hija del laureado Steven Spielberg, y su ópera prima Please don’t feed the children. Esta será la última vez que me referiré a ella aportando este dato porque es obvio que debemos darles a las mujeres cineastas su propia voz y su propio espacio sin importar antecedentes previos. La directora nos transporta a un posible futuro distópico en el que una enfermedad ataca mortalmente a los adultos, mientras parece que los niños son los responsables de su transmisión y, por ello, están siendo perseguidos y capturados por las autoridades. La trama se centra en un grupo de adolescentes nómadas que viven escondidos del sistema y en su encontronazo con un personaje adulto femenino que hará de sus días un infierno. La explicación del conflicto pandémico se da en los primeros minutos de película, empleando material de archivo y planos cortos —que restan un gran valor de producción— en lo que parece la presentación de una zona en cuarentena. No lo identificamos del todo, ya que enseguida pasamos a conocer a nuestro grupo protagonista y a seguirles en la camioneta hasta la casa de la antagonista. El uso de lentes anamórficas y el abuso del flare, la dirección de actores de unos niños a los que no les ha quedado más remedio que abandonar precozmente la infancia y un diseño de producción cargado de detalles recuerda enormemente a la filmografía del progenitor. Sin embargo, la joven directora decide ir un paso más allá, ejerciendo violencia explícita contra los niños, embadurnándolos de sangre, haciéndoles empuñar armas e incluso matando a unos cuantos, algo que parecería imposible en la mente del padre. Aplaudimos la valentía a la hora de construir este tipo de tramas en las que el realismo se ve mermado en muchas ocasiones por la (auto)censura en los momentos más macabros y polémicos. La película me ha parecido correcta. Los niños y niñas que integran la plantilla principal se han arriesgado mucho y es indudable la conexión que hay entre ellos, así como la cantidad de referencias que la directora ha plasmado, llegando incluso a rozar lo obvio. A veces parece una “película de escuela” debido a una planificación en cámara excesivamente clásica. Destry Allyn Spielberg coloca el dispositivo en lugares en los que el truco se revela demasiado rápido, haciendo bastante previsible lo que va a ocurrir a continuación: unos jumpscares de manual que se desinflan sin tan siquiera haber ocurrido.
Pasamos ahora a una de las propuestas nacionales más esperadas de esta edición del festival de la mano del director de El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019), anteriormente premiada en este festival con la mayor de las condecoraciones. Rich Flu presenta un virus mortal que únicamente afecta a los ricos y las situaciones que derivan de esta crisis sanitaria a nivel mundial. Veo y entiendo la obsesión del director por contar historias acerca de las clases sociales y apoyar la lucha de la trabajadora, pero la forma se pierde completamente a mitad de película. Lo que comienza como una distopía —¿o utopía?— en la que los ricos enferman, con el desecho de sus pertenencias como única salvación, se convierte en un relato moralista y extraño en el que el director da la vuelta a la situación colocándoles de una forma condescendiente en una especie de patera con rumbo a África. Víctimas y victimarios. Verdugos convertidos en inocentes. Los destinos invertidos, lo nunca visto. Nada más desagradable que ver a las personas más pudientes del mundo, filmadas con la benevolencia y ternura de una mirada que parece compadecerse de ellos en los últimos 45 minutos de metraje. El público de Sitges aplaudía cada una de las muertes y desgracias de estos “pobres” desdichados, y conforme nos acercábamos al final, el ánimo decrecía en la sala. Por supuesto que tienen corazón. Pues claro que pertenecemos a la misma especie. Y desde luego tenemos algo en común. Pero si la visión del cineasta parte de una inicial repulsión hacia esta casta, no entiendo el viaje documental antropológico y rural del último fragmento, sobre todo para romper de nuevo la coherencia con un plano final sostenido de una sonrisa que, en vez de brillar, se mantiene impasible hasta los títulos de crédito.

Please don’t feed the children, de Destry Allyn Spielberg
EXTRAÑAS HUIDAS Y PERSECUCIONES DISPARATADAS
Reconozco que Cloud, del gran Kiyoshi Kurosawa, ha sido la disrupción de mis expectativas, porque habiendo revisado recientemente Cure (1997), me esperaba un thriller más serio por parte del director, sin ápices de humor. Puede que la experiencia cinematográfica se haya estropeado en el momento del visionado, aunque, pensándolo en perspectiva, he conseguido apreciarla más con el paso del tiempo. En la película conocemos a Yoshii, un hombre que se gana la vida con la compraventa de objetos por Internet y se verá involucrado en una persecución de la que él es, en el fondo, el culpable. Personalmente, no acabo de conectar demasiado con este tipo de comedia y aquí se revela una historia con gags satíricos acerca de una sociedad volcada en la virtualidad y la preferencia del contacto online frente al cara a cara. La historia se mofa de las conexiones digitales y pone en evidencia los problemas de la inmediatez digital; comprar desde la comodidad del sofá de tu casa te puede salir muy caro. El tono me resulta algo complejo. Es difícil entrar del todo porque no llegamos a empatizar nunca con el personaje principal, que tiene algún que otro gesto desagradable con su pareja —mujer que termina siendo un bochornoso y casposo estereotipo de gold digger— y que maneja a su antojo a su empleado. Se agradece la forma seca en la que se presenta la violencia, que funciona como contrapunto al surrealismo de la trama, aunque si lo que esperamos es una vuelta al thriller más denso y oscuro, no estamos en el lugar correcto. Esto es otra cosa, no por ello peor.
Por último, pero no por ello menos importante, nos gustaría reseñar el trabajo de Rodrigo Cortés en su nueva película, Escape. Producida por el mismísimo Martin Scorsese, se trata de una adaptación libre de la novela homónima de Enrique Rubio. Un espléndido Mario Casas interpreta a N —aunque prefiere que se refieran a él mediante su número de DNI—, un hombre traumado por un acontecimiento pasado que ansía deshacerse de su libertad y ser internado de forma voluntaria en prisión lo antes posible. La historia recoge sus aventuras y cada uno de los pasos que sigue para intentar conseguir su cometido de una vez por todas. La película me ha sorprendido gratamente. El director arrancaba la presentación pidiéndonos que no esperásemos nada de ella, que era mejor así, ir en blanco ante lo que pudiera pasar. Antes de comenzar la proyección, algunos comentarios críticos hacia Casas se escuchaban detrás de mí por parte de un sector masculino cargado de prejuicios. Pronto se darían cuenta de que tendrían que repensarse. Es irreverente el tono en el que el actor abandona su hogar para adentrarse en una fuga construida a la inversa en la que unos carismáticos personajes secundarios —a destacar el implacable juez encarnado por José Sacristán— pretenden impedírselo a toda costa. ¿Qué tiene que hacer un hombre honrado para que lo encarcelen? Al fin y al cabo, si es su deseo, ¿por qué impedírselo? Me ha enternecido, me ha sorprendido y me ha hecho reír. Mención especial a los títulos de crédito de la cinta, que llenaban a todo color la pantalla al inicio de la película, dejando entrever el indescriptible pero fresco tono de lo que estábamos a punto de presenciar. También a la banda sonora de Víctor Reyes y el propio director que, emulando la banda sonora de 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968), emplearon juguetes para niños —tal como podemos ver en los making of de la película en el canal de YouTube de la distribuidora— para llevar a cabo el cometido y “desafinar” aún más a Casas.
En definitiva, una edición cargada de sorpresas, títulos antagónicos en temáticas y tonalidades y una montaña rusa de emociones que esperamos poder seguir viviendo cada año. Volver a Sitges se siente como volver a casa después de una temporada fuera. Es un lugar mágico que no frecuento durante el año, pero que cada octubre, al bajar del tren y pisar la estación, siento que de alguna forma nos pertenece a las fanáticas del género. Es un icono inolvidable para quien haya podido disfrutar de la experiencia y es una tradición obligada aplaudir cada vez que, al arranque de las películas, aparece la cartela del mítico King Kong atacando a los aviones que sobrevuelan el cielo de la ciudad, enmarcado por la reconocible silueta de la iglesia de la villa. ¡Larga vida al festival y larga vida al cine de terror!

Escape, de Rodrigo Cortés








