ONLY LOVERS LEFT ALIVE, de Jim Jarmusch

Only Lovers Left Alive 2

Uno de los pasatiempos favoritos de los cinéfilos, además de elaborar listas y rankings de todo lo cinematográfico posible y hacer quinielas de festivales y entregas de premios, es jugar a los what ifs: cómo hubiera sido tal película si la hubiera dirigido tal director, qué haría tal autor si se atreviese a hacer tal cosa en las antípodas de su estilo (Paco Alcázar lo sabe, y de ahí que suela recurrir a este entretenimiento en su tira cómica La industria de los sueños). A veces tenemos suerte, a algún realizador le apetece salirse de su zona de confort y se anima a plasmar en la realidad la respuesta a alguna de estas charadas. ¿Qué pasaría si Woody Allen dirigiese un musical? Ahí tenemos Everyone Says I Love You (1996). ¿Cómo sería una peli bélica de Tarantino? Pues como Inglorious Basterds (2012). ¿Puede hacer David Lynch una cosa normal? Sí, puede, tal y como demostró con The Straight Story (1999). Con la llegada a las carteleras comerciales de Only Lovers Left Alive (2013), tenemos a nuestra disposición una nueva solución a otro what if potencial: ¿cómo sería una película de vampiros dirigida por Jim Jarmusch?

Así pues, ¿cómo sería una de vampiros jarmuschianos? Pues sería como cualquier otra película de Jim Jarmusch, sólo que con personajes que beben sangre y escapan de la luz del día. Algo que no debería sorprendernos, pues en los anteriores acercamientos del director de Ohio al género –por ejemplo, al western en Dead Man (1995) o al cine criminal con Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999)– las características y clichés de cada tradición fílmica quedaban supeditadas a sus intereses particulares y su personal estética. Esto no quiere decir que se pase las convenciones por el forro, sólo que escoge muy bien a qué se adhiere, qué ignora y (lo más importante) qué aporta él a la leyenda. Así, como ha declarado en una entrevista publicada por Cuadernos de Cine, le gustaría que su sugerente uso de los guantes se incorporase al mito. (1)

Está claro que podría extirparse la vampiridad de Only Lovers Left Alive y no se alteraría mucho el (por otra parte tenue) argumento, porque este es más un filme de personajes que de historia, pero sí que se hubiesen perdido importantes matices. La decadente pareja de sensibles protagonistas podrían haber sido románticos ingleses en la campiña, chavales alienados de la Generación X en Seattle o dandis expatriados en alguna colonia, pero hubieran carecido de esa carga extra de pathos melancólico que ofrecen dos inmortales que llevan siglos de existencia y de relación a sus espaldas. Además, si Jarmusch ya es mucho de tirar de símbolos y referencias en sus cintas, recurrir a la mitología vampírica le permite alcanzar un nuevo nivel en sus dimensiones alegóricas. Especialmente cuando decide bautizar a sus no muertos como Adam y Eve (Adán y Eva), convirtiendo de facto el filme en una versión personal de la expulsión del Paraíso, siendo aquí una hermana conflictiva (la seductora Mia Wasikowska) en vez de una serpiente la que con su intromisión precipita la caída de su idílico autoexilio. Pero esta es solo una, quizás la más evidente, de las múltiples lecturas que permite esta sugerente película.

Bodas de sangre

Los detractores de la incontinencia bibliófila de Jarmusch admitirán que al menos por una vez su habitual torrente referencial aparece bien encauzado, ya que es la base de la discusión existencialista (a la manera platónica) que cruzan el deprimido y nihilista Adam (Tom Hiddleston, en sustitución del inicialmente previsto Michael Fassbender) y la más optimista Eve (una soberbia Tilda Swinton, siempre fulgurante en sus papeles de outsider). Él ha perdido la fe ante lo que considera el ocaso de la civilización, y ella tiene que convencerlo del poder redentor del arte para que no renuncie a su inmortalidad. En estos tiempos de hegemonía antiintelectual, es un gozo disfrutar del proselitismo cultural de esta obra, y ver que el único equipaje imprescindible para Eve es una maleta llena de libros, o que su música es lo que impide a Adam atravesarse el pecho con una bala de madera. ¿Quiere el Jim erudito incluir en el guión una alusión a la teoría antistratfordiana que postula que Shakespeare no fue el autor de las obras que se le atribuyen? Pues nada, lo hace de forma fluida, convirtiendo al dramaturgo isabelino Chistopher Marlowe en un secundario chupasangres que ha llegado a nuestros días (encarnado por el carismático John Hurt) para que defienda su postura en persona.

Otro de los grandes aciertos de Jarmusch es ambientar la acción entre dos ciudades muy distintas pero que comparten un presente en declive y personifican muy bien el alma de sus residentes: una Detroit post-industrial, colapsada y despoblada, con sus edificios emblemáticos en ruinas mientras intenta mantener una inquieta escena underground; y una exótica Tánger que lentamente ha dejado de ser un enclave histórico privilegiado para pensadores y bohemios y se ha ido sumiendo en la miseria magrebí. En un perfecto equilibro de opuestos, los paseos en coche por unas barriadas sin alumbrado público contrastan con los periplos a pie por los estrechos callejones iluminados del zoco, tanto visual como musicalmente: el realizador ha supervisado con esmero la banda sonora, implicando a su banda SQÜRL en el proceso de composición, y oscilando entre riffs de rock psicodélico tocado con guitarras de los años 50 y punteos del laúd más tradicional.

Puedo entender que haya quien no le vea la gracia a Only Lovers Left Alive, que la considere hueca y no sofisticada, que la vea frívola en vez de esteticista, que la estime insustancial y no hipnótica; pero yo le recomendaría que no se resista a su mordisco dionisíaco y se deje seducir por su adictivo embrujo: estamos demasiado acostumbrados a visionar películas con el hemisferio izquierdo en vez de con el derecho. Jarmusch, cuya radicalidad se ha ido transformando con los años en sutileza, es uno de los pocos directores (junto al Richard Linklater de la trilogía Before) que con su (noctámbula) puesta en escena puede convertir una larga conversación filosófica en una obra de arte. Esos planos cenitales giratorios imitando un tocadiscos con los que se abre la cinta o esos travellings subjetivos que retratan el subidón post-ingestión sanguínea pueden reclamar un lugar de honor entre la imaginería más icónica de un autor que deseó ser poeta pero acabo volviéndose cineasta (aunque cada vez está más claro que nunca dejó de serlo, solo que ahora escribe los versos con su cámara).

(1) Pinkerton, Nick (2014): “¿Jim Jarmusch. Quién quiere vivir para siempre?”, Caimán. Cuadernos de Cine 28, p. 28.

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