Play-Doc 2024: Secciones competitivas

Salvaxe Salvaxe, de Emilio Fonseca e Xiana do Teixeiro

Salvaxe Salvaxe, de Emilio Fonseca e Xiana do Teixeiro

La última edición del Festival Internacional de Cine de Tui — Play-Doc, marcó un número redondo para el evento: la vigésima edición del encuentro de cine documental abrió sus puertas entre el 1 y el 5 de mayo en la capital del bajo Miño. Este aniversario trajo consigo un recuerdo de los orígenes del festival que impregnó toda la programación, con obras que recorrieron la profundidad de la memoria. Ya sea a través de la evocación de los pensamientos o de imágenes de archivo, nuestras cineastas decidieron hilar sus obras a través de los espacios de la mente.

Quizás el título de la competición gallega que más se alejó de la memoria también nos llevó a la reinterpretación de una parte de ella. Después de deleitar al público y la crítica de la 27.ª edición del Festival de Málaga, Salvaxe Salvaxe (2023) conquistó también Play-Doc de la mano de Emilio Fonseca y Xiana do Teixeiro, que demuestran con fuerza una nueva forma de hacer cine documental de naturaleza. Podríamos añadir etiquetas, pues a la hora de revolucionar, esta obra lo hace de manera impecable: vegana, sostenible e innovadora. La capacidad de experimentar en la forma de contar cómo habita la fauna en los montes gallegos y portugueses es magistral y cautivadora, pero también presenta potencial de concienciar. Un narrador silencioso nos explica las circunstancias materiales de los animales, mientras que nuestro oído afina las percepciones del ambiente. Efectivamente, el lobo ibérico no vive en una burbuja de protección a kilómetros de una carretera. Escucha, como tú y como yo, desde las ventanas de nuestros hogares, la moto o el quad que acelera en la noche.

Las imágenes de cámaras espía camufladas en los árboles nos muestran la vida nocturna de la fauna salvaje, pero también la presencia humana durante el día en los mismos lugares que habitan los primeros. Estas imágenes se mezclan con la interpretación imaginaria de cómo pueden sentir la noche el lobo, el zorro o el jabalí a través de líneas virtuales que recrean lo que nuestros sentidos no pueden percibir en la oscuridad, con un arte que añade frescura al metraje y con una estética comprensible y eficiente. El mensaje político es directo e hiriente en el ego humano: no habitamos lugares diferentes y, a partir de esta premisa, tenemos que tener clara nuestra posición y huella.

De ganadora a ganadora, Bruno Arias presentó en el festival de Tui la que fue galardonada como mejor película documental en la última edición de los Premios Maestro Mateo, Os espazos en branco (2023), una pieza que va mucho más allá de una obra documental biográfica sobre la poeta Xela Arias, ofreciendo un repaso por el vacío de lo desconocido que queda cuando conoces a tu familia solo a través del registro de su obra. Sin embargo, ¿qué existe de la Xela, tía de Bruno? Pues un espacio en blanco en la memoria del propio director. A través de entrevistas y de ahondar en el seno de su propia familia, el cineasta trata de mostrar las dudas, tanto del recuerdo, como de la propia viabilidad de la obra. El film se acerca de tal manera a la propia visión de Bruno, que parece que vamos descubriendo con él las imprecisiones de la investigación, la crudeza de algunas realidades y, como veremos en otras obras de la categoría, la importancia del metraje familiar que parece cubrir los vacíos de un niño que aún no producía memoria en el momento del fallecimiento de la poetisa.

Puede que toda visión documental trate de acercarse a las realidades que el propio lenguaje del medio no deja palpar con claridad, pero se agradece enormemente la sinceridad en este tipo de obras, donde las entrevistas no se cortan para agradar lo estético del verbo, evitando que la visión del creador y las ganas de llegar a una verdad soñada acaben forzando una narrativa ficcionada. De hecho, la propia pieza ya tiene este lugar ficcionado donde parece descargarse la tensión de la verdad, un no-lugar que pertenece a la poesía y a la evocación de la propia Xela. Evocaciones interpretadas por Lidia Veiga, Sheyla Fariña y Melania Cruz que nos ayudan a calmar la frustración de una investigación que no parece llegar a un final. Le llamamos investigación, pero es más un viaje de conocimiento propio para el director y su familia, una interpretación intimista de la realidad diaria de la poeta y sus relaciones familiares.

O auto das ánimas, de Pablo Lago Dantas

O auto das ánimas, de Pablo Lago Dantas

Las relaciones familiares buscadas por Bruno Arias se proyectan desde la pérdida, pero el primer largometraje de Pablo Lago Dantas, O auto das ánimas (2024), es la constatación de esta idea a través de lo que pervive en una realidad que queda lejos de nuestro día a día. Una obra documental íntima sobre la vida de un ser querido, pero también una revisión de los inicios del director. Pablo Lago, que trabajó principalmente como director de fotografía, con la ayuda de Diana Toucedo en la producción, demuestra polivalencia con su ópera prima y deja impresa la huella en una calidad de imagen excelente, en los planos detalle de escenas de lo cotidiano y en la presencia en pantalla de su abuela Alicia, digna de cualquier premio de academia.

Más allá de su fuerza como proyecto personal donde la intimidad de la familia se entreteje con un acontecimiento anual como es la elaboración de aguardiente, hay dos personajes protagonistas que parecen omitir la presencia de la cámara, haciendo que el documental cobre significado propio. Tanto la abuela del director, Alicia Alján, como uno de los trabajadores de la elaboración de aguardiente, Santiago Eiroa, sirven como hilo conductor de la presencialidad diaria en el mundo rural gallego. Las conversaciones trascendentalistas durante una partida de cartas, sobre la existencia de un sentido de la vida o de la mano de Dios en el devenir interior, remarcan la idea que da título a la pieza. Más allá del valor religioso, en este tipo de conversaciones existe una mecánica que, desde la mirada agnóstica o atea, incluso si está atravesada por la obvia cultura cristiana, se desvanece en la velocidad de la memoria de los tiempos modernos. Existe una herramienta psicológica que se pierde en estas filosofías y que el propio Lago expresa como injusta: ¿por qué quien cree en una realidad después de la muerte está más tranquilo que aquel que siente la lógica terrenal como única vía intelectual? Se pierden las memorias colectivas del rural y las mecánicas de luto que ayudaban no solo a sobrellevar la pérdida, sino a enfrentarse al sentido de la vida y de la muerte, paliando —en parte— el vacío existencialista.

Desde la memoria a través de Alicia, conectamos con la idea llevada a la pantalla por Inés Pintor en la petición de su propia abuela Encarna, Queimar cando morra (2023). Tras su fallecimiento el pasado 2020, la familia encontró un paquete con recuerdos y una nota que ponía “Quemad a mi muerte, padrenuestro y al fuego”. Antes de cumplir la petición, Inés decide recorrer todos estos recuerdos haciendo una analítica tanto íntima como social, pues Encarna fue una mujer de su tiempo y la realidad individual se ve reflejada junto con la realidad colectiva de las mujeres del siglo XX. Desde la función social invisibilizada de la mujer como trabajadora del hogar a tiempo completo, a la figura como apoyo sensible y pétreo para el resto de la familia. Una idea de fuerte carácter feminista que también se muestra en 12 de maio de 1937 (2023), de Mar Caldas, donde a partir del fusilamiento de su abuelo, José Caldas, todo el peso familiar sobre la pérdida y la represión fue depositado en su abuela. Tras recoger el Premio del Público en la 19.ª Mostra Internacional de Cinema Etnográfico de Santiago de Compostela (MICE) del pasado marzo, este documental de archivo atraviesa las fatídicas consecuencias de la Guerra Civil para la familia de la directora, que nos narra con su voz el contexto de represión. 

Mientras obras como las de Inés Pintor o Mar Caldas demuestran la importancia de volver a la memoria a través de los elementos que nos dejan los allegados, Ana Pico decide darle voz directa a su tía abuela a través de Segunda II (2023) con una dignificación imperial. Las imágenes de Segunda como emperatriz romana aportan un humor a la obra que está presente también en las propias palabras de la mujer, que no duda en recorrer su vida hablando sobre la emigración, el poder de decisión y la importancia de una existencia próxima a los seres queridos, aun estando lejos de ellos. La idiosincrasia gallega se deja entrever también en los espacios donde la cámara queda en un segundo plano, grabando las conversaciones en la mesa a la hora de comer o en las reflexiones de la propia Segunda.

Segunda II, de Anita Pico

Segunda II, de Anita Pico

Ciertamente, en esta edición del festival pudimos ver puntos de vista variados desde las diferentes perspectivas gallegas, desde la rural a la urbana, retratando las realidades y filosofías (principalmente) a partir de la figura de la mujer. Es el caso de Aurora (2023), una pieza dirigida por Area Erina que nos acerca la figura de su vecina Aurora, una mujer nonagenaria a la que decidió grabar en sus visitas periódicas durante más de 10 años. Obra sensible que dialoga con una realidad que desaparecerá en los siguientes lustros y que representa la necesidad y valor de este tipo de piezas. El film, como los que acabamos de comentar, habla directamente entre las diferencias generacionales de dos personas y sus puntos de encuentro, pero en este caso mucho más acentuados debido a que Aurora vive sola en su pequeña casa, llevando una vida de austeridad absoluta. El gallego de la protagonista representa una riqueza etnográfica incuestionable que, junto con las conversaciones que mantiene con la directora, crean un ambiente único, hermoso de escuchar y que nos transporta a la convivencia generacional que veíamos en el resto de obras. Durante más de una década crece una pieza en paralelo a su propia creadora, desde estudiante hasta directora. El metraje atraviesa puntos clave que podemos percibir a través del empleo de la cámara como tercera protagonista, herramienta articuladora de la convivencia con Aurora.

Es interesante ver cómo Aurora parece vivir en una isla anacrónica rodeada de nuevas construcciones y chalés, mientras su mundo sigue intacto, dialogando directamente con Corre o vento (2023), de Paula Fuentes y Guillermo Carrera, que nos llevan hasta Vilar do Courel, aldea que sufre la voraz despoblación y, como en la anterior, la inminente desaparición de un modo de vida. Mezclando la ficción y el documental, la pieza desfila en una línea que nos lleva a otras obras del audiovisual gallego reciente como Trinta lumes (2018) de Diana Toucedo o Arraianos (2012) de Eloy Enciso, donde nos apartamos del documental para poder abstraernos en lo teatral.

Una narradora nos guía en un recorrido por la memoria del pueblo, por recuerdos que una vez habitaron como personas un lugar alegre, activo y arraigado en lo tradicional. Nos muestran fotos de archivo de la aldea y una historia de reencuentro familiar mientras se alternan imágenes oníricas de profundo alcance estético donde el fondo, negro opaco, funciona como escenario teatral para que las últimas habitantes puedan proyectar sus pensamientos. El miedo invisible a la desaparición, ya sea por desconexión con el mundo moderno o por elementos incontrolables para las vecinas, las mantiene unidas a las imágenes como última prueba de existencia; una existencia que entró en un limbo después de que un incendio asediara el lugar en julio de 2022.

La importancia documental no recae solo en la capacidad de mantener viva la memoria, sino en el poder político que puede tener a la hora de paralizar el abandono y desinterés de puntos de gran importancia social y cultural para la tierra gallega. Que el enxebrismo patrimonial no sirva solo como herramienta turística, pues nuestro patrimonio tangible e intangible está al borde de la desaparición. Ana Amado y Lois Patiño nos traen Lavadoiro (2023) como obra poética de reivindicación tangible de una arquitectura popular en vías de extinción como son los lavaderos, pero también de la importancia social intangible que hila con la reivindicación feminista que veíamos en otras obras de la sección gallega. Desde el nacimiento de un río en lo alto del monte, la poética obra desciende por las corrientes de las aguas, mostrándonos el peso de una figura arquitectónica omnipresente en las aldeas para el día a día de las mujeres gallegas. De nuevo, el duro trabajo invisibilizado de la figura femenina se ve mezclado con la importancia de un lugar de reunión y de escape de la presión del hogar. La música y las imágenes de las manos trabajando las telas se ven inmersas en el ritmo alegórico del poema visual.

Lavadoiro, de Ana Amado e Lois Patiño

Lavadoiro, de Ana Amado e Lois Patiño

Como acabamos de ver, la memoria y el recuerdo los podemos encontrar en un archivo físico, pero también en el almacén inmaterial de nuestras mentes y, tanto Hugo Amoedo con Pechar caixas, abrir caixas (2023), como Daniel Pérez Silva con Viaxar aos teus recordos é buscar pelexa (2023), parecen tenerlo claro. Ambas piezas son cartas íntimas, escritas desde la comprensión de uno mismo y que parecen conversar con la sensibilidad de la capacidad de amar.

Hugo Amoedo divide su obra en dos partes que parecen no encajar en una primera interpretación. Por un lado, la mudanza del escritor gallego Xavier Queipo, narrada por él y grabada por Hugo, se aventura en un momento de enorme sensibilidad y recuerdo de tres décadas afincado en Bruselas. En la segunda mitad, el propio Hugo permanece en tierras extranjeras junto con su hijo Luca, preguntándose si en algún momento volverá a la tierra que lo vio a crecer. Dos cartas para dos momentos que cierran un círculo y que hablan de la realidad de la diáspora gallega. Mientras tanto, Daniel Pérez Silva escribe —o reescribe— una carta en forma de imágenes dirigida a su madre, directora de los recuerdos de su infancia, a través de una cámara digital, a principios de los 2000. Las imágenes de archivo dialogan a pantalla partida con las actuales grabadas por el propio Daniel, al mismo tiempo que podemos ver cómo la felicidad nostálgica rompe con el inevitable paso del tiempo: duro, crudo e injusto. Volver a la memoria grabada mientras ponemos enfrente la pérdida de la misma a través de la enfermedad que sufre el abuelo de Daniel, nos hace valorar el recuerdo como el bien inmaterial que están reivindicando nuestras cineastas, al igual que hizo Xacio Baño con su corto Anacos por el 2012.

El mismo director que hablaba de la pérdida de la memoria hace más de una década presentó en esta edición del Play-Doc lo que él mismo denominó como díptico. Por una parte, el corto ganador del Premio Galiza en el Festival Curtocircuíto 2023, Non te vexo (2023), un trabajo de búsqueda e interpretación de archivo; por otra, Platónico, platónica (2024), con el que pretende investigar la memoria desde las nuevas posibilidades tecnológicas. La primera busca la mirada atenta del que observa: nosotros. Una madre se esconde bajo una tela estampada para que su bebé permanezca tranquilo y así poder sacarle las primeras fotografías: la importancia del recuerdo. Una foto aparece incompleta con un recorte intencionado, la pérdida activa del recuerdo. O la manipulación inconsciente del recuerdo al no pasar por completo los carretes analógicos, creando un tiempo entre dos instantes. La memoria parece tener un peso en los formatos que empleamos. ¿Cuántos GBs pesan nuestros recuerdos? El director nos deja las piezas de un rompecabezas imposible de completar, mientras que a través de imágenes de arte pixelada reflexiona sobre la fugacidad de la imagen en la actualidad.

También como reflexión actual crea la segunda pieza, en confrontación con la primera, huyendo en un primer momento de la búsqueda en el archivo y preguntándole directamente a una inteligencia artificial por el significado del amor. A partir de esta pregunta, una serie de imágenes que se mueven entre la curiosidad y el terror comienzan a desfilar en la pantalla. Pero, ¿cómo de posible es responder a una pregunta tan abstracta? La respuesta es, de hecho, inexacta; requiere imágenes de todos los amores posibles para responderla, una tarea que por el momento ni la inteligencia artificial ni toda la memoria de nuestros móviles pueden recrear, encontrando apenas una respuesta parcial en nuestros propios pensamientos.

Non te vexo, de Xacio Baño

Non te vexo, de Xacio Baño

La competición internacional del festival no se quedó atrás con respecto a su aproximación a la memoria, presentando una selección de films que emergen como un recordatorio-homenaje a la figura de Jean-Luc Godard, fallecido el pasado 2022 y cuya última obra, Film annonce du film qui n’existera jamais: «Drôles de guerres» (2023), fue reconstruida por Fabrice Aragno, Nicole Brenez y Jean Paul Bataggia en memoria del director de la nouvelle vague. El film se presenta como una recopilación collage de los pensamientos y notas del propio director, con una idea que se había asentado hacía décadas en su cabeza y que tuvo recorrido en la memoria del francés hasta sus últimos momentos. Planteada como una pieza para Yves Saint Laurent, Drôles de guerres intentaría ser un repaso crítico sobre los conflictos bélicos, incluyendo pensamientos sobre la reciente guerra de Ucrania. Resulta curioso como la pieza de Godard muestra un proceso artístico muy semejante a la primera obra proyectada de esta sección, Cinema before 1300 (2023), de Jerome Hiler, que recoge la idea de crear cine a partir de imágenes fijas y una narración explicativa notoriamente menos “filmificada” que la del cineasta francés, pero que, a su vez, recrea a través de vidrieras góticas cómo pudieron entenderse las historias en movimiento en el pasado.

Los ganadores de la sección fueron Enrico Ghezzi y Alessandro Gagliardo con su Gli ultimi giorni dell’umanità (2022), obra experimental dividida en actos y que nos remite, como el hilo del propio festival, a la memoria íntima a través de cómo entendemos la imagen proyectada y el recuerdo de la misma. ¿Cómo de importante es el mirar? ¿Sabemos realmente hacerlo? Durante más de tres horas de metraje, con alternancia rítmica en el montaje e hipnótica en su contenido simbólico, los directores presentan imágenes recurrentes: de su vida familiar, de su cultura, de la sociedad, de la identidad, del mirar. Las imágenes de la intimidad grabadas con una cámara digital nos acercan a los creadores y a su día a día, mientras que las imágenes de las películas nos abstraen de lo conocido. Una pieza vertebra la tensión del montaje, los ojos como única vía de disfrute total del séptimo arte y el miedo de perderlos a través de metrajes como X: The Man with the X-Ray Eyes (1963), de Roger Corman, que parecen remitirnos a Dziga Vertov y la materialidad de la herramienta.

El caos, la tranquilidad, la velocidad o la pausa se alternan magistralmente con momentos de elocuencia cósmica y diálogos entre la observación experimental tecnológica de José Val del Omar en Fuego en Castilla (1960), con el acompañamiento de música trap y el monólogo de la obra teatral homónima de Karl Kraus de 1918. En conjunto, una obra sensorial que trasciende la pantalla con el poder de penetrar el concepto del tiempo en el metraje.

Al igual que Jean-Claude Rousseau, recurrente cineasta en el encuentro gallego, que investiga el tiempo en su Où sont tous mes amants? (2024), corto que nos transporta a un breve paseo por el bosque y que se llevó la mención especial del evento. La idea de la obra camina de la mano del recuerdo en la vejez, un camino de ida y vuelta que nos sumerge en la idea del pensamiento y de la memoria activa. Quizás esta idea sintetizada se investigue más en profundidad en la pieza de Paul Vecchiali Bonjour la langue (2023), donde un hijo se encuentra después de mucho tiempo con su padre. Frente al pensamiento interno de Rousseau, Vecchiali aborda su film con un diálogo continuado de fuerte intensidad lleno de reproches, recuerdos y sentimientos de culpabilidad. Si la intimidad hasta ahora se transmitía mediante las imágenes, en esta ocasión va a ser una alegoría sentimental que permea en la conversación, acercando poco a poco las diferencias entre los dos familiares y terminando en el hilo inseparable de la comunicación.

Où sont tous mes amants?, de Jean-Claude Rousseau

Où sont tous mes amants?, de Jean-Claude Rousseau

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