RÓTTERDAM DÍA 2: FUCK FACEBOOK, FUCK AMERICA, THIS IS SERBIA!
Lo bueno de empezar el día con una película explícita es que con la perspectiva que te da la noche, tras ocho horas de visionados y una cena en un chino, es que puedes apartar de tu mente la primera impresión y ver las cosas con frialdad. Y así, relajándome del trajín audiovisual con un té verde, me aventuro a escribir mis primeras líneas sobre cine desde Rótterdam, y con amor.
Clip podría definirse como la adolescencia vista a través del móvil de una chica inquieta y con mucha prisa por disfrutar de los placeres de la vida. Empujada al abismo por la enfermedad terminal de su padre, la bella y alocada Jasna (una versión todavía más hundida del personaje principal que pudimos ver en Fish Tank de la británica Andrea Arnold) se desliza por una espiral de sexo, drogas y un tipo de música que no me atrevo a definir y que va desde la canción tradicional balcánica hasta el electrofolk serbio discotequero, pasando por (éste sí) un cursi pop universal. Pero la película no tiene nada de cursi, y es cruda como la vida misma.
La directora Maja Milos describe una juventud serbia descontrolada, desbocada y contestataria a la vez que decadente. Los padres brillan por su ausencia, las calles parecen abandonadas y sucias al igual que las aulas de los institutos. Se trata de una visita a una casa de niños huérfanos y enfermos, metáfora que se materializa en una posterior visita de la protagonista a un centro de acogida para chiquillos. Para contarlo, Milos escoge esa cámara de bolsillo que hoy en día llevamos todos encima y que aporta, con sus característicos planos subjetivos, una violencia a las escenas más descarnadas (algunas se remiten al porno casero que suele aparecer con la etiqueta “mi ex” en los portales de libre visionado). Las imágenes del móvil se alternan con tomas que sitúan la acción, que nos dejan ver desde fuera el patetismo de algunas situaciones mediante un distanciamiento que sirve a la vez de respiro. Un álbum de recortes vitales en el que comparten espacio una felación interrumpida en un baño sucio del instituto (que me hizo recordar el arranque de Batalla en el cielo del mexicano Carlos Reygadas), un polvo violento en el interior de un edificio en obras, eyaculaciones, posados eróticos, momentos íntimos, miradas robadas, la tos del padre enfermo, libros de texto y un momento de debilidad con forma de primer plano en el que el llanto corta la respiración de la protagonista cuando un “te quiero, haría cualquier cosa por ti” no le es correspondido. Se trata de una película desinhibida, tanto que su lema pone título a la crónica de hoy, y que comparte línea (salvando las distancias) más con Brilliantlove de Ashley Horner que con 9 Songs de Winterbottom. Todas ellas capaces de provocar excitación sexual, repulsa y al mismo tiempo llevarte al borde de las lágrimas con repentinos y extraños momentos de ternura como puede ser un beso de amor ensangrentado.
Si esta oda al libertinaje es el ying, A fish, la opera prima del todavía estudiante de dirección cinematográfica Park Hong-Min sería el yang. Antes de comentar la película voy a compartir con el lector una anécdota. Llego a la sala y lo primero que hago es interesarme por conseguir unas gafas 3D para ver esta película. Me dicen que no hay, pero que llegarán a tiempo o “eso esperan”. Así que busco una butaca y me siento. Cinco minutos después llegan con ellas y las reparten para, acto seguido, proceder a realizar una prueba en la que tenemos que confirmarles que son las adecuadas (al parecer no todo el cine en tres dimensiones puede verse de forma óptima con el mismo tipo de anteojos). “Todo OK” dice alguien en el fondo. Después de los cinco primeros minutos sigo viendo borroso y lo mismo el 50 por ciento de los asistentes. Murmullos, chasquidos de dedos y algún aplauso. Total que sale un compañero a interesarse por el tema, vuelve y nos dice (atención porque esto puede servir para evitar ridículos innecesarios en el futuro) “las tenemos puestas al revés, hay que darles la vuelta”. Ahora ya vemos bien, y sigo con una breve crítica.
El surcoreano recurre al 3D para narrar un viaje a las profundidades del subconsciente de una mujer poseída por el espíritu de su difunto marido. Una cinta de tintes existencialistas en la que se contraponen la creencia en la vida después de la muerte y el escepticismo. La tecnología más que como herramienta narrativa (yo creo que no aporta nada salvo excentricidad) sirve en este caso de metáfora multidimensional construyendo una trama dividida en tres niveles: (1) Un limbo habitado por una pareja de pescadores que dialogan sobre la probabilidad de que los peces tengan o no capacidad de pensamiento (por su puesto el protagonista es el pez y por extensión el espectador), (2) la realidad del fantasma y (3) el proceso de recuperación de la viuda mediante ritos ancestrales. Mientras que para el limbo el director escoge planos más largos, desprovistos de movimiento y aderezados con una perpetua neblina, para el personaje del marido se decanta por una realización que tiene paralelismos con las películas del cine negro, y reserva las escenas con más luz para los ritos por los que pasa la chica. La obra contiene personajes insólitos (sobre todo el del detective privado que revela al prota el paradero de su mujer y le lleva a ella), diálogos complejos y abundantes (incluso el pez habla en algún momento) y se define en un montaje complicado y desafiante que constantemente recurre a los espejos (como elemento físico y a la vez metafórico) para engañar y hacer dudar al espectador, o en mi caso, causarle dolor de cabeza.
Y paro de hablar de la Tiger Competition, me dejo Sentimental Animal del chino Wu Quan para otro día y dedico unas líneas a la nueva y estimulante película de Andrés Duque que espero abordar con mayor profundidad más adelante una vez concluido el IFFR. Ensayo final para Utopía es el título de una obra que describe el estilo definitivo de un autor. Duque habla de su anterior película Color perro que huye como una declaración de intenciones y la intención no es otra que hacer cine sin reglas, sin formalismos, de forma visceral. Para ello recurre a una gran colección de imágenes: planos del propio director en su viaje a Mozambique, producción audiovisual de la filmoteca de este mismo país (muy difíciles de conseguir previo interrogatorio de sus gestores), experimentos con frames congelados en los que las personas aparecen vibrando a más de medio metro del suelo, y las más íntimas, los últimos momentos compartidos con su padre enfermo en Venezuela, por quién tuvo que abandonar África y a cuya memoria dedica la película. Este es el material, el discurso nace sin racionalizar, sin pensar. “La interpretación viene después” dice Andrés quien hace el amor (pese a estar triste) a un metraje en su mayor parte grabado con la cámara de un iPhone. Porque es este metraje sin editar (y aparentemente no editable), el que le hace vibrar a él y a su nueva obra. Mañana más.










