RÓTTERDAM DÍA 3: LOS NIÑOS NO SOMOS TONTOS… LOS YAKUZA SÍ.

Treinta minutos, ese es el tiempo que me lleva recorrer la distancia desde mi piso hasta el Pathé, el multicine donde se proyectan las películas para la prensa y los delegados de industria por las mañanas. Es una media hora que atesoro y que me sirve de preparación antes de los visionados. Sigo un ritual fijo, como si fuese el supersticioso pateador de un equipo de fútbol americano, y que consiste en un café en la estación central y un croissant. Luego un cigarro y estoy listo para lo que venga.

Hoy la primera proyección en mi agenda ha sido mucho más ligera que la de ayer. De jueves a domingo es un road trip familiar visto a través de los ojos de una niña que es testigo de la ruptura definitiva de sus padres. Esta película, respaldada en su producción por la Cinéfondation de Cannes y el Hubert Bals Fund de Rótterdam, es el primer largometraje de la chilena Dominga Sotomayor. La realizadora vuelve sobre sus pasos para revisar un tema que ya había tratado en el corto Videogame, en el que un niño se distrae con un videojuego mientras sus progenitores deciden como repartirse la casa y su contenido. El largo arranca con un portentoso plano secuencia estático de cuatro minutos.

Merece espacio, y quizá más líneas, el buen trabajo de Sotomayor a la hora de economizar en el número de cortes y de sacar el mayor partido posible a la composición de los planos y a su ritmo interno. Un montaje sintético que cada vez cobra más fuerza entre los creadores independientes contemporáneos, como por ejemplo Play del sueco Ruben Östlund, y que Aleksandr Sokurov llevó al extremo en El Arca Rusa en 2002. Esta cualidad la aprovecha la directora en diferentes ocasiones a lo largo de la película para situarnos en un primer plano junto a la niña, nuestro personaje de la empatía. Lucía, y por lo tanto nosotros, verá desde la distancia como sus padres pelean, hacen el amor, se vuelven a pelear y se separan.

El trayecto lo realizamos en coche, y utilizo la primera persona del plural porque los espectadores también vamos en el asiento de atrás con los niños. Un espacio que es suficiente para mostrar todo lo que se quiere mostrar: las nucas de mamá y papá mientras conducen, las vistas desde la ventanilla, la sombra del turismo reflejada sobre el asfalto o una panorámica a través de la luna trasera. A veces todos salen del vehículo, y nosotros nos quedamos dentro, espiándoles. El contrapunto cómico y fresco a la tristeza interior de la avispada Lucía, lo pone el personaje del hermano pequeño. Un conjunto de clichés en sí mismo, este chavalín hiperactivo será el altavoz que repita sin parar “quiero ir a la playa” o la típica “¿falta mucho?”. El actor lo hace genial.

Otro cafecito y otro cigarrito (para qué mentir, ha sido más de uno) y me meto al pase de It looks pretty from the distance. La pareja de realizadores noveles Anka y Wilhelm Sasnal, ambos con un pesado bagaje en el arte visual, construyen una película cien por cien contemplativa y ausente de diálogos, para pintar un cuadro abstracto sobre una comunidad rural polaca que hace justicia al concepto del feísmo. ¡Bruno Dumont! escuché decir a uno de los asistentes. Me da la impresión de que se refería a esos personajes de apariencia (a veces) repulsiva que te dejan mal cuerpo tanto por su apariencia (mugrientos y animalescos) como por su interior corrupto colmado de defectos humanos tipo envidia, desidia o egoísmo. Dejando de lado este argumento y pasando a aspectos más formales, algunos planos me hicieron recordar Iceberg, del salmantino Gabriel Velázquez, a quién se lo he comentado al final de la jornada mientras devorábamos una cena en un restaurante indonesio. Los planos de los Sasnal en el bosque, junto al río, desde lejos sobre la casa familiar (donde todo huele a incesto y demencia) se recrean en los detalles y no exponen una acción concreta, un hilo, una historia, sino que te dejan mirar como a un voyeur lo que sucede en este hábitat. He de decir que Iceberg es una pieza muchísimo más lograda que la cinta polaca, y que demuestra una madurez propia de un director que se ha encontrado a si mismo en la cuenta de la vencida, es decir a la tercera. En el caso de los representantes de Polonia en la Tiger Competition, es cierto lo que dice el título de su obra: todo es más bonito desde la distancia.

Casi sin tiempo para descansar entre una película y otra me dirijo al Jurriaanse Zaal con la esperanza de que Tokyo Playboy Club me anime un poco la tarde. Y no me defrauda. Con una introducción hilarante, un segundo acto nutrido de parodia sobre el cine yakuza (quizá algo reiterativo y largo), y un desenlace romántico a su manera, Okuda Yosuke construye una comedia gangsteril que roza el absurdo. Podría tratarse de un homenaje a Seijun Suzuki, hombre que renovó el género en los años 60 con Branded to Kill y Tokyo Drifter, pero ya son palabras mayores.

El protagonista, Katsutoshi, deja su trabajo tras una pelea con un extravagante vecino que termina con la cabeza rota, para refugiarse en el prostíbulo de su viejo amigo Seikichi. El gerente del Playboy Club, personificación de la avaricia, contrae una deuda con una familia rival de Tokyo (versión japonesa de Los tres chiflados) a causa de los arranques de violencia de su auto-invitado. El filmmaker nipón envuelve a sus personajes con luces de neón y farolillos de colores mediante el movimiento de la cámara por las estrechas calles de este barrio de la capital japonesa. Gustoso por los planos generales, la sangre fucsia, y con un alejamiento de la clásica violencia explícita tipo Ichi the killerdel mismísimo Takashi Miike, el director logra una película casi redonda que pone de buen humor y que continúa con la línea que se había marcado con la tercera parte de la trilogía Hot as Hell. En el catálogo dicen de él que en determinados momentos se parece a un Tarantino sin glamour, yo creo que no es para tanto. Brindo con un par de chupitos de Jameson, junto a Ga y Manuel por esta tercera jornada de cine en Rótterdam.

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