NOVOS CINEMAS 2019: EL AMOR DE LOS PEQUEÑOS

Fotografía: David Cruces

Desde su nacimiento hace cuatro ediciones hasta hoy, Novos Cinemas se consolidó como un festival donde el amor por el cine traspasa las pantallas. El equipo de programación, conformado por Suso Novás y Ángel Santos, escoge con cuidado una selección de primeros o segundos largometrajes para dar cuenta de lo que fue el año. Una selección que, aunque de forma involuntaria, habla entre sí sobre crisis existenciales, crisis amorosas, el colonialismo del turismo, o la necesidad de inventarnos dramas para no lidiar con nuestros problemas reales. Decimos que el amor traspasa las pantallas porque el festival se alarga al otro lado de la parrilla de programación y se extiende en las conversaciones en los bares entre críticos, espectadores, cineastas…

Me parece apropiado comenzar señalando estas sinergias (palabra de la que gustan mucho los señores que ostentan el poder) porque este fue un año en el que se habló mucho del “gran festival de Galicia” y de su, o no, necesidad. Frente a estas reivindicaciones de un capitalismo cultural con el que no comulgo, quiero reivindicar a los festivales pequeños. Festivales hechos casi como artesanía, trabajados durante meses y meses (primero en la cabeza, luego en el Excel, y después en las salas de cine); festivales, en definitiva, donde uno tiene la sensación de formar parte de éste, porque la programación dialoga de tú a tú: de amante del cine a amante del cine. Así que, reivindiquemos el amor de los pequeños frente a frialdad de los gigantes.

Sección Oficial

Si hubo una temática que estuvo presente en muchos de los filmes de la Sección Oficial de esta IV edición de Novos Cinemas, esta fue la crisis. La crisis entendida como un momento de cambio en la vida, en el amor, o en el modelo económico. Once años después del colapso de la economía, la crisis sigue siendo uno de los motores que nos mueve para hacer cine, para denunciar las situaciones vividas o para canalizar la frustración de no ser culpables del contexto que nos vino heredado.

Bait (Mark Jenkin, 2019)

El británico Mark Jenkin se centra en Bait (2019) en el colapso de las economías tradicionales en este thriller negro. La historia, que tiene por protagonista a un marinero sin navío, es la de un paisano que mira como su vida cambia drásticamente: el antiguo hogar familiar es ahora un Bed&Breakfast regentado por una familia de foráneos inversores, la antigua embarcación pesquera de su padre es ahora un catamarán donde su hermano pasea a turistas y limpia los vómitos de las despedidas de solteros. Este pueblo de Cornwall podría ser cualquier pueblo de la costa gallega, y el marinero, podría ser cualquiera de nosotros, que observamos como los lugares en los que atesorábamos recuerdos se van convirtiendo en albergues de peregrinos. Bait conjuga esta historia con la que no implicarse es imposible, con una técnica impecable donde combina la grabación con la Bolex con un montaje que va y viene, generando así una extrañeza onírica que quiere recordar a la de algunos filmes más propios del surrealismo del siglo pasado. Como un puñetazo directo al estómago, la película te golpea desde la primera imagen en una caída en espiral donde los días pasan uno tras otro sin, aparentemente, pasar nada.

También con una estética muy cuidada, Anna Sofie Hartmann se acerca de forma tangencial a la crisis laboral en Giraffe (2019). La construcción de un túnel que conectará Dinamarca y Alemania supone la expropiación de terrenos agrícolas y la demolición de grandes hectáreas de vida. Dara es la etnóloga encargada de documentar todo aquello que será derribado para dejar paso al progreso; lejos de su casa, y absorta en su trabajo, un día conoce a Lucek, un emigrante polaco que trabaja poniendo fibra óptica. La historia, como decía, tangencialmente, trata la crisis de quien se ve en el deber de dejar el hogar para encontrar trabajo y el vacío que la distancia crea. Fuera de la zona de confort, desnudados ante una realidad que empiezan a conocer, el amor surge entre Lucek y Dara, que comienzan a compartir las noches de verano. Destaca el trabajo de Hartmann con la simetría, permitiendo jugar con el espacio y con los objetos que en él se encuentran (espejos, paredes) para dejar paso a la pausa, al silencio, dejando que el espacio hable por sí mismo.

Radicalmente diferente a las dos anteriores, Lost Holiday (Thomas y Michael Matthews, 2019) se acercan a través de la comedia a la mid-life crisis de los 30. La aceleración de la vida derivada del rampante capitalismo adelantó la crisis de los 40 una década, siendo ahora la barrera de los 30 años un tránsito que provoca muchas noches de insomnio (las del que firma este texto incluidas). Esta comedia-thriller aprovecha un episodio vital tan esencial como la vuelta al hogar familiar en navidad como escenario para formular todas esas cuestiones propias de la indecisión vital. Disfrazado bajo el misterio de la desaparición de una mujer y las frecuentes visitas de los protagonistas a los paraísos artificiales, Lost Holiday propone una reflexión nada graciosa sobre el futuro de una generación presionada para mantener una vida laboral exitosa, una vida amorosa exitosa… El filme, fresco y divertido, se acerca a veces a comedias como The Big Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998) donde los gags se suceden unos a los otros, sin embargo, lo que permanece al finalizar de la película es un sabor agridulce al verse reflejado en la pantalla. Quizás la comedia sea el método más apropiado para hablar de los temas que de los no queremos hablar.

Lost Holiday (Thomas e Michael Matthews, 2019)

También sobre las crisis de la vida habla Ne croyez surtout palas que je hurle (Frank Beauvais, 2019), una obra agotadora en la que la voz tiene todo el protagonismo. Ne croyez… recapitula la crisis existencial por la que pasó el director en el 2016, cuando decidió abandonar su hogar en una aldea de la Alsacia y mudarse a París. Este diario filmado adopta la forma del vídeo ensayo para acompañar un monólogo rápido donde el cineasta narra de forma compulsiva sus pensamientos. La cinta agota al espectador, pero no en el mal sentido, ya que solo a través de este agotamiento que nos produce intentar captar la inmensidad que Beauvais nos transmite podemos comprender el agotamiento vivido por el propio director. La sensación que produce es la de una suerte de Síndrome de Stendhal, sobrepasando la capacidad que tenemos para asimilar una obra de una hermosura que se nos hace, y debe ser, inaccesible, a pesar de estar delante de nosotros.

Latexos

Los Latexos del Novos Cinemas se hicieron sentir fuerte a través de diferentes obras que coincidían en apuestas visuales y temáticas muy dispares. Desde el arrebato cinematográfico de Actos de Primavera (Adrián García Prado, 2019) hasta el documental casi-Wisemaniano de Las facultades (Eloísa Solaas, 2019), esta sección sigue siendo el refugio para obras que luchan por encontrar un espacio propio. Películas con una fuerte carga personal por parte de los cineastas que, como en el caso de La educación sentimental (Jorge Juárez, 2019), desnudan el propio proceso de la filmación para trascender una historia de crisis de pareja/vida, deben ser mimadas por los festivales de cine: no todo deben ser grandes nombres o clippings de prensa, también es necesario que los festivales sigan siendo esas incubadoras en las que los cineastas se encuentren cómodos y queridos para poder crecer.

Enero (Ione Atenea, 2019)

Con todo, entre todos los latidos, hubo uno que sonó con mucha más fuerza: Enero. Ione Atenea filma a sus abuelas, dos mujeres viudas que siguen muy ligadas al pasado a través de un duelo del que parecen no separarse. Ione hace un esfuerzo por, a través de su voz, que interpela constantemente desde la cámara a estas mujeres, hacer avanzar la memoria y construir nuevos recuerdos. Enero podría caer en los clichés del documental familiar más tradicional y apelar a un sentimentalismo simple; sin embargo, apuesta por filmar los espacios y los tiempos de la intimidad entre abuelas y nieta. Unas abuelas que no comprenden el proceso de filmación, pero que se entregan a él porque es el medio a través del que conectar con su nieta. La película, llena de planos de manos arrugadas cogiendo, tocando, muestran que no hay una voluntad por olvidar el pasado, sino que precisamente este es necesario para comprender el momento actual. Con una excepcional fotografía y un sonido trabajado hasta el detalle, hay que destacar el excelente trabajo en conseguir captar los mínimos sonidos que puede provocar una mano jugando entre las sábanas de la cama, Enero es una cápsula del tiempo, un ejercicio de memoria personal para la propia directora que consigue atesorar esas conversaciones sobre algo tan genérico y tópico como la vida y que, a la vez, son quizás los más hermosos que uno puede guardar de una abuela.

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